Tempranamente hastiado

Dulzura americana (2016) de Andrea Arnold


Por Jonás Derbez

Tempranamente hastiado

Dulzura americana (2016) de Andrea Arnold


Por Jonás Derbez

 

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Esto es una crónica donde nada está pasando, suelto una bocana de humo hacia el techo, las bocinas de mi computadora están al tope, la canción no importa, cambiará en cualquier momento. En la cocina el agua hierve y aquí mis sienes tienen comezón, en la cocina el agua hierve anunciando que puedo preparar el Nescafé pero aún no quiero levantarme, estoy puesto aquí en mi cabeza para hablar de mi generación o fumar en el intento. Hablar de mi generación y no ser una naive canción de The Who. Hablar de mi generación siendo parte de ella. Hablar siendo consciente de mi desconcentración, mi desinterés, mi falta de palabras y el desaliento de mi analista. Todo esto gira alrededor de una película, una que vi, naturalmente. Primero hablaré de mi infancia un poco, crecí en íntima relación con la televisión de mi sala. Eso es todo. Dulzura Americana (American Honey, 2016), en 162 minutos mina el petróleo de mi generación que sin pedirlo fue denominada millenial, y, Peter Pan Generation, etc. siempre etc. Andrea Arnold y la gran fotografía en las manos maraqueras de Robbie Ryan implantan en la mente impermeable del espectador de cine el sentimiento común, global y empático de todos los nacidos del ochentaitantos para acá, de todos los tristes y agresivos (más tristes que agresivos) compañeros míos, hablo queridos lectores del “hastío” el “nuevo mal de René” la bandera del siglo XXI, mi siglo, el siglo de la inmediatez y la impaciencia, del voraz consumo de tecnología (detalle que el mundo de Arnold niega) donde todo lo real deviene en espectáculo, donde todo contacto es líquido, fugaz, virtual o inexistente; el siglo del desapego sentimental, amoroso y político; del individualismo arrasador y la necesidad de estar siempre entretenido o enervado. O eso es lo que entiendo de lo que dicen, ellos que no sé quiénes son, de lo que soy yo y todos mis amigos. Un, dos, tres por ellos. «I like to make money get turnt» corean todos los integrantes de la van blanca que recorre Estados Unidos vendiendo revistas de casa en casa ofreciendo una especie de libertad, la libertad de estar siempre en el camino, a los vendedores que escapan de ser “losers” en su pueblo natal. Star, la melancólica heroína de esta road movie, recoge desperdicios comestibles de un basurero junto con sus hermanitos hasta que encuentra su escapatoria en una docena de adolescentes errantes liderados por Riley Keough, casi mafiosa en bikini de la bandera confederada y así se esfuma dejando a los niños, su casa en los suburbios pobres poco frecuentados por Hollywood y un padre incestuoso, y demás elementos de una realidad rancia y etc. Pero esto no es una reseña; así que hablaré de mí de nuevo. Cuando era niño veía sin parar televisión. Ahora, mil años después armado con smartphone, computadora, internet y las horas que mi intermitente vida de “nini” cosecha, paso el día entero deambulando de un aparato al otro; desenfundando el celular a cada trino que escucho, el cual viene de todas partes, de todos los bolsillos y esquizofrénico pienso que es el mío y me entusiasma levemente; mirando de forma estroboscópica e insaciable retazos falseados, engrandecidos de la vida de alguien más, seguramente igual de miserable que la de cualquier otro, como yo, espectador entusiasta de Facebook; devorando en plataformas virtuales de paga o gratuitas maratónicas horas de series y películas completamente desechables embalsamadoras y anestésicas; topándome accidentalmente y no tanto con basta publicidad hecha a mi medida la cual de vez en vez disfruto; escondiendo el ruido crudo de la calle que transito con mis audífonos de botón bien incrustados susurrándome en las orejas; persiguiendo sueños sin sueño; deseando alguna especie de redención, botón de auxilio o de eject como en las caricaturas; aburrido, arduamente aburrido como cuando de niño cambiaba de canal en la televisión sin encontrar nada, dándole la vuelta completa a la ruleta de imágenes y siguiendo la búsqueda vacía, rehusando salir de aquella sala y renunciar al televisor. Fui a la cocina, me preparé el Nescafé y me arrepentí al primer sorbo, así que lo fondeé sin muchos rodeos. El hastío es un concepto que viene acompañado, todo aquel que esté angelicalmente aburrido y no pase de los treinta lo sabe. El hastío es un motivo, una urticaria, un desmayo incompleto. El hastío es una invitación a la huida o un síndrome de abstinencia, el hastío es una revelación que no se otorga. El hastío es demandar a gritos silencios, por que bien sabemos que nadie escucha, salvación. Star motivada por el hastío, huye y busca huir, para de esa forma “encontrar un lugar” a la mitad del bosque, lejos del mundo que no sede una mano y de una vida que no es “buena, ni noble, ni sagrada” y sólo le hace falta un poco dinero para comprar su redención. La redención, lo digo de primera mano, cada día es más cara. Star se sumerge lentamente en una laguna llena de luciérnagas, una laguna de suicidas, se hunde, se queda ahí y emerge rebautizada, en el mismo mundo de mierda, pero renacida. Y yo salgo de la sala de cine, incómodo, tal cual es nacer, incómodo.