Postales de la memoria

Forastero (2015) de Lucía Ferreyra


Por Eduardo Cruz 

Postales de la memoria

Forastero (2015) de Lucía Ferreyra


Por Eduardo Cruz 

 

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El cine, desde sus albores, ha cargado con la responsabilidad de preservar la memoria, como si la imagen filmada tuviera la cualidad irrefutable de capturar la verdad del tiempo; su espíritu. La llegada de la super 8 y las cámaras caseras permitió convertir la intimidad familiar en algo digno de documentarse; presentaciones escolares, viajes y fiestas familiares se filmaban para revisitarse después. Así nos convertíamos a nosotros mismos en protagonistas de nuestras historias y la frontera entre la realidad y la ficción comenzó a difuminarse.

Forastero (2015), opera primera de la argentina Lucía Ferreyra, vuelve sobre esa idea. Es una película sobre la memoria. Su estructura narrativa, si acaso podemos llamarle así es circular, se construye de momentos elegidos casi al azar que conforman la experiencia de un viaje; el retorno al lugar querido. Nicolás lleva a Jaime, su amigo desde la adolescencia, a conocer el pueblo en el que solía pasar los veranos cuando niño. Su familia tenía una casa ahí pero ahora que ha sido vendida, él debe volver como un visitantes más. Es ahora un forastero en sus recuerdos. En algún momento, sin esperarlo, se encuentra también con Anita, compañera de aventuras de aquellos veranos y que pertenece a esos recuerdos a los que Nico no está seguro de querer volver. Entre los tres se crea un lazo. Van y vienen por el pueblo y la playa, repasan historias antiguas para convertirlas en nuevas, mientras que un cuarto personaje, el hotel abandonando, monumento al pasado, símbolo y punto neurálgico de un pueblo atrapado en su historia, los vigila como ellos a él, para llenar los vacíos con anécdotas agotadas pero que como las olas, regresan de vez en vez.

Hay una constante tensión, un aire de fragilidad que inunda cada toma, como si los recuerdos pudieran romperse. Los diálogos en la película son fragmentos de conversaciones ya empezadas: historias locales, códigos que solo ellos entienden, nombres y lugares que no vemos porque pertenecen al universo referencial del que participan los personajes; nos asomamos a una intimidad compartida. Los secretos no se dicen solo se insinúan. Los silencios pesan. Toda la cinta está llena de imágenes que parecen salidas de otros tiempos y no solo por el hecho de estar filmadas en 16 mm, sino porque también las voces –acierto del diseño sonoro– nos llegan desde la distancia, siempre lejanas. Como evocadas. Y esta idea se condensa en una escena: de madrugada a la orilla de la playa los tres chicos caminan. Borrachos y divertidos charlan de algo que pronto dejamos de comprender, el viento se lleva las palabras, y como si de un recuerdo borroso se tratara, al atravesar la cerca que los separa de mar, la oscuridad se los traga.  

Pareciera que algo está sucediendo en el cine argentino. Un rumor que poco a poco se torna en grito. La revaloración de lo íntimo y el encumbramiento de la singularidad son parte de ello. Es imposible no notar la influencia de otros cineastas de su país en el trabajo de Lucía Ferreyra. La forma en que la directora y guionista retrata la amistad masculina sin prejuicios ni estereotipos, recuerda al mundo de mujeres que puebla las películas de Matías Piñeiro, y el “formato” manada es algo que Eduardo Williams ha convertido en su marca personal. Y sin embargo Ferreyra se erige, en medio de esta mezcolanza de sus connacionales, como una nueva y certera voz. rebosante de autenticidad. Su cinta da la impresión de que si de cada viaje se pudiera guardar una postal en forma de cine, serían parecidas a esta.