Perdidas en la traducción

Hermia y Helena (2016) de Matías Piñeiro


Por Eduardo Cruz 

Perdidas en la traducción

Hermia y Helena/em> (2016) de Matías Piñeiro


Por Eduardo Cruz 

 

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El lenguaje hablado, más allá de ser una herramienta de comunicación, es parte esencial en la construcción del pensamiento del individuo, ya que aprendemos a ver y pensar el mundo a través de él. Vivir en un país y hablar su idioma determina nuestro lugar para percibir lo real. En este sentido, el acto de traducción se erige como una danza entre dos formas de existir: ambivalencia y contradicción. Ser y estar pueden o no significar lo mismo y en ese limbo entre dos lenguas –inglés y español; Shakespeare y Cervantes– es que transita casi literalmente la nueva película del realizador argentino Matías Piñeiro: Hermia y Helena (2016), séptima en su filmografía y cuarta de su serie de musas shakespeareanas.

Camila es una directora de teatro argentina que viaja a Nueva York con el propósito de realizar una traducción del original al español de Sueño de una noche de verano. Se nos muestra como una persona con ideas y objetivos claros; sabe muy bien a qué va a los Estados Unidos y lo que necesita para conseguirlo. La película navega entre su último día en Buenos Aires y los primeros tres meses de su estancia en la universidad, develándose de a poco que los acontecimientos de aquella última tarde, en algún momento tiempo presente de la narración pero convertidos en recuerdos con el correr del metraje, cuestionan los nuevos eventos, poniendo el futuro en el pasado. Es así que, como si habitara una torre de Babel de un piso, la protagonista vive en una dicotomía: entre Estados Unidos y Argentina, entre el cosquilleo de un nuevo romance y el novio que la espera en casa, pero sobre todo, entre el teatro y la vida. Así Camila se trascribe a sí misma, la distancia geográfica que la separa de su versión porteña le permite ser quien siempre dijo no ser y hacer lo que juraba no haría, desdoblándose. Estableciendo la contradicción como una forma de traducción, un ser otro, una multiplicidad de posibilidades. Camila es al mismo tiempo dos Camilas, una en español y otra en inglés. Es ahora una interpretación de sí misma, o al menos de la que creía ser y mejor aún, sin dejar de serlo.

Y tal vez es éste el verdadero cuestionamiento de la cinta; ¿Qué significa traducir una vida?¿Qué resulta de pasar de una forma de pensamiento a otra? ¿Cómo vivir en medio? La pregunta no es ociosa, pareciera que Camila es además una forma de traducción/alterego del mismo Piñeiro, una búsqueda. La repetición insistente de la forma a lo largo de su filmografía anuncia un posible objetivo. El cineasta argentino configura una constelación de traducciones que reafirman sus intereses expresivos. En Sarmiento y Shakespeare ha encontrado las palabras para describir sus inquietudes, ha convertido el teatro en cine y a los hombres en mujeres. Su cine pone de manifiesto que lo que se dice y lo que se hace puede no ser lo mismo pero no por ello necesariamente lo contrario. El estilo de Piñeiro es como un viaje, a la vuelta de cada esquina puede suceder algo inesperado y parece perfeccionarlo con cada película; la cámara a momentos coreográfica en relación a sus actrices, juega a ser entre subjetiva y no; es lúdica, y sin problema abre brechas temporales o conecta pasado y futuro con apenas movimientos. Traduce una ciudad en otra con solo transparencias, y le basta fotografiar un par de estaciones de tren y el uso del sonido acusmático para hacernos pensar en un aeropuerto, como una caja de juegos. Piñeiro representa a un cine que usa la más absoluta perfección técnica para hablar de nada, o de lo que parece nada y que sin embargo nos mueve a todos. Es imposible no ver conexiones secretas con el cine de Hong Sang Soo, Jacques Rivette o Miguel Gomes, traducidas aquí por su mirada.  

Tal vez, su mayor logro es la traducción/reflejo que hace de su generación. Los seres que habitan su cine son adultos-jóvenes de clase media, bohemios e ilustrados con confusiones sentimentales, pero sobre todo argentinos que no obstante, hacen eco en seres de latitudes opuestas como podrían ser los estadounidenses. Tiene aquí su retrato una generación hiper-conectada, con uniformidad de intereses, que pareciera sincronizar al mundo mientras pretende ignorarlo. Y sin embargo, el inconveniente de la traducción es que no deja de ser en parte un engaño. Jamás una lengua podrá decir lo que otra con la exactitud que implica su contexto y en algún momento sería inevitable decantarse por una versión. En la búsqueda de similitudes se resaltan también las diferencias y en ocasiones el peso de éstas es tan grande que nos hace caer de un solo lado. Al final de la cinta, pareciera que Camila –y probablemente también Piñeiro– ha elegido un camino, dejando en el aire una pregunta clara, ¿Cuál es el siguiente paso?