Rostros del desgarro

La libertad del diablo (2017) de Everardo González


Por Rafael Guilhem 

Rostros del desgarro

La libertad del diablo (2017) de Everardo González


Por Rafael Guilhem 

 

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«Duele más tener a un familiar desaparecido que a un muerto», afirma con voz temblorosa un señor cuyo testimonio, se suma al de más de 300 mil personas que han sufrido las consecuencias de la llamada “guerra contra el narcotráfico”, iniciada en México hace más de diez años por el entonces presidente Felipe Calderón. Un joven sicario que mató por primera vez a los 14 años, la madre que reconoció los tenis de sus hijos en una fosa, el policía que torturó extrajudicialmente, las hijas de una madre desaparecida; víctimas y victimarios que van hilvanando -con desgarro-, el relato polifónico de La libertad del diablo; película más reciente del realizador Everardo González.

De las noticias y las estadísticas, se pasa a historias íntimas de la gente de a pie. Cubiertas con máscaras color piel -que muestran más al ocultar-, las personas narran su historia con la mirada antes que con las palabras; con sonidos y silencios antes que con información. Lo anterior no es menor, se corresponde con la forma cinematográfica de la cinta que, al igual que otras películas nacionales como La tempestad de Tatiana Huezo o Las letras de Pablo Chavarría, están habitadas por una intuición: la violencia en México es ahora una atmósfera. Hay relaciones de poder, intereses y grupos, pero sobre todo, un aura infernal que ya no nos permite respirar igual.

La música siempre insistente y reverberante, termina siendo un réquiem propio de los nuevos paisajes funerarios en un país que gravita más cerca de la muerte y el infierno. Las máscaras, parecidas a las usadas por la gente que sufre quemaduras, cubren los rostros heridos a medio paso entre enunciarse y desaparecer; una condición de trazos fantasmales alejados del vivir o morir, pero cercanos a la vida que muere.

Ante un panorama inescapable, La libertad del diablo resquebraja las formas bajo las que a diario se representan los hechos, y elabora una comprensión de los sujetos que sobrepasa cualquier acercamiento enjuiciador. No hay buenos y malos, hay personas absorbidas por un entorno de profundas desigualdades sociales. En ese sentido es que Everardo González interviene la mirada bajo una perspectiva ética, es decir, con un permanente diálogo de reflexión al respecto de la distancia y sensibilidad con que se filma.

La renovación del cine mexicano no está en encontrar otros temas sino en formular otros modos de trabajar los mismos temas. La libertad del diablo, es una puerta para instaurar nuevas preguntas sobre la violencia en México, al mismo tiempo que un espacio de comunión para hacer presentes los miles de rostros que están desaparecidos y aún al día de hoy, nos siguen faltando.