¡Viva Clara! La potencia del montaje

Aquarius (2016) de Kleber Mendoça Filho


Por Eduardo Cruz 

¡Viva Clara! La potencia del montaje

Aquarius (2016) de Kleber Mendoça Filho


Por Eduardo Cruz 

 

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Aquarius (2016), el nuevo trabajo del brasileño Kleber Mendonça Filho, es una película compleja que apunta y dispara en muchas direcciones. En un primer nivel trata sobre los daños colaterales de la gentrificación, epidemia actual de las grandes ciudades. También es un tratado sobre la dignidad en la vida adulta a partir del retrato de una mujer que, no obstante su edad, tiene la capacidad plena de seguir viviendo de forma independiente y se reúsa a ser reducida a un estorbo. Asimismo, es una película que cuestiona la posición del individuo frente al poder, en este caso al de las grandes corporaciones –a la manera de David y Goliat–, y en ese sentido es un ensayo sobre la desigualdad; haciendo énfasis en la voracidad de las clases altas y en lo poco que importa la gente de abajo. Hay constantemente un discurso sobre esto a lo largo del metraje; los pobres no valen igual, no mueren igual, se les puede comprar. Pero más allá, en el fondo, es una reflexión sobre el tiempo, sobre su paso en nuestros cuerpos y las huellas que deja. El tiempo es el tema central del filme, aquel en donde confluyen todos los anteriores y el único en el que Clara (Sonia Braga), su protagonista, parece ser plenamente consciente del papel que en él juega. Ella es el resultado de todo lo que ha vivido: es vieja, viuda y está mutilada pero más viva que todos a su alrededor.

El inicio, en tres actos, es ya una declaración de intenciones a todas maneras; en primer lugar nos presenta una serie de fotografías en blanco y negro que muestran la belleza de Recife antaño, con apenas edificios y gente. Límpido. Inmediatamente se plantea una dialéctica entre el pasado y el presente. Una contienda que parece, en principio, coincidir con la idea generalizada de que lo mejor siempre ha pasado ya. Después conocemos a una joven Clara en 1980, recién recuperada del cáncer y celebrando junto a su familia el 70 aniversario de la tía Lucia, figura central del pasado y el futuro. Un momento concreto que, sin embargo, nos muestra el universo personal del personaje principal. En medio de esta celebración a la vida ocurre una elipsis de más de 30 años que nos trae al presente. Toda la vida de Clara se queda condensada ahí, fuera de campo. Y no es una decisión menor ya que es todo lo ocurrido y no visto en medio de ésta transición lo que Clara defenderá con tanto ahínco durante el resto de la cinta. Y porque pese a lo que podría esperarse, el filme rehúye de los flashbacks en su narrativa, y deja que el tiempo se cuele en ella a través de los objetos y la música.

El primer gran objeto que la cinta aborda es “Aquarius”, el antiguo edificio cuya privilegiada ubicación en la ciudad lo coloca en la mira de una enorme empresa constructora que tiene en sus manos un jugoso trato para erigir un nuevo, mejor y más grande edificio en su lugar: “Novo Aquarius”. La única razón que detiene el inicio de dichos planes es Clara, quien se niega a vender su apartamento sin importar la cantidad económica que se le ofrezca o la presión moral que se ejerza sobre ella. Clara, por su parte, es ahora una mujer sexagenaria que no está dispuesta a ser relegada ni dejar que el resto tome decisiones en su nombre. Atesora los buenos recuerdos en aquel apartamento como la música atrapada en sus vinilos: «es un mensaje en una botella», dice. Para ella, los lugares ya no son sólo físicos, se han convertido en espacios de la memoria y dejado huellas en su cuerpo. Su negativa absoluta a vender el inmueble tiene que ver con una experiencia intensa de la vida en ese lugar y no con la materialidad del espacio. Clara tiene una forma análoga de vivir, vive el tiempo a través de su cuerpo. Y en esa línea, más objetos van haciendo su aparición; vinilos, álbumes fotográficos, libros, muebles e incluso canciones que en su reencuentro con Clara evocan fantasmas del pasado. En ellos la vida perdura. Hay una reverberación constante de lo vivido.

Más allá de la narrativa el montaje del filme es notable, contándonos siempre algo por anticipado. Por un lado, hay una especie de montaje interno, secuencias sin cortes que nos permiten conocer la atmosfera total del barrio o al principal enemigo mientras Clara duerme, colocando cada elemento en el mismo plano de interés. El ingenioso uso de los zoom in y zoom out sugieren que aunque conozcamos sólo una historia particular, es algo que ocurre en una dimensión general. ¿Cuánto importa una sola persona cuando se vive en una gran ciudad? Lo lejano y lo cercano se cuentan al mismo tiempo, la individualidad es solo parte de un todo más grande. Por otro lado, en momentos, la cinta se construye a través de montaje de relación, hay una serie de asociaciones sugeridas mas allá de las necesarias para la narrativa, pequeños insertos que trastocan los significados. Hay una constante sensación de lo inminente que alcanza su cúspide hacia el final. De esto también surge un intercambio crucial que apenas se asoma, como un pase de estafeta, entre Lucia, Clara y Julia (la joven novia del sobrino) cuyas similitudes van más allá de la extensión de sus nombres. Como un secreto entre ellas a partir de sus decisiones y de sus modos de vida. Clara es el pasado y el futuro, al mismo tiempo, de Lucia y Julia; en ella se condensa lo que ha sucedido y lo que está por venir.

Aquarius es un cine de resistencia en varios sentidos; a las grandes corporaciones, a las diferencias sociales, resistencia en la forma cinematográfica incluso, pero sobretodo, resistencia al paso del tiempo. No con la intención de preservar la juventud sino, por el contrario, en encontrarle una razón a cada momento. La verdadera revancha frente a la vida parece ser demostrarle que se está vivo.