Masculinidad en crisis

El cliente (2016) de Asghar Farhadi


Por Eduardo Cruz 

Masculinidad en crisis

El cliente (2016) de Asghar Farhadi


Por Eduardo Cruz 

 

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La violencia sexual es un asunto omnipresente que atraviesa cada ámbito de la estructura social. Y aunque aparezca cada día en los diarios y conozcamos las estadísticas al respecto nada nos prepara para enfrentarnos a ella de manera personal. Incluso si el acontecimiento sólo nos alcanza de forma indirecta, al estar relacionados afectivamente con la victima o la persona que abusa, se ponen a prueba nuestras posturas al respecto. En medio de la ceguera moral en la que vivimos es difícil asimilar que un acto así se haya perpetrado tan cerca nuestro y nos sentimos lastimados también, tanto que en ocasiones es posible que nos adjudiquemos el agravio. Aunque la enunciación misma de la pregunta sea ya debatible, es inevitable hacer el cuestionamiento: ¿A quién le corresponde decidir como castigar al violador?

En El cliente (Forushande, 2016) Asghar Farhadi nos propone un caso específico. Emad y Rana son un matrimonio joven asentado en Teherán que de un día a otro se ve obligado a mudarse de apartamento. A través de un amigo encuentran un piso que se alinea a sus posibilidades e intereses, pero recién instalados, una serie de coincidencias funestas desembocan en una violenta agresión contra ella, que además termina por abrir una brecha entre la pareja. Mientras Rana intenta reintegrase a sus actividades cotidianas lidiando con el estrés post-traumático, Emad se obsesiona con el misterioso agresor y partiendo de las pocas pistas que aparecen en la escena del crimen, persigue sus huellas hasta encontrarlo.

En principio pareciera que Emad tiene suficiente justificación para proceder de tal forma pues su cruzada, en todo caso en nombre de su esposa, podría considerarse incluso la respuesta adecuada en esta situación. Pero apenas nos asomamos en sus motivaciones surge la interrogante, muchas veces ignorada, sobre el papel que juega el ego masculino herido en el impulso detrás de sus actos. ¿O cómo comprender entonces que Emad decida seguir y llevar su venganza hasta las últimas consecuencias incluso en contra de los ruegos de Rana, la verdadera víctima? El sentido común dictaría que la mujer atracada debiera ser la única con la capacidad moral para decidir el castigo merecido por su violador, pero si las personas a su alrededor no creen correcto su juicio, tal desdén a su capacidad de decisión, ¿no es otro atraco a su individualidad? El film no nos ofrece respuestas, solo plantea las preguntas.

En ese sentido, la película se emparenta con otras cintas recientes –aunque de geografías disímiles– como La patota de Santiago Mitre o Elle de Paul Verhoeven, en donde sus mujeres protagonistas son plenamente conscientes de su sentir, incluso en situaciones extremas, y toman decisiones complicadas con aplomo a pesar de tener que enfrentar también la postura en contra de quienes las rodean. Sin embargo, a diferencia de los otros, Farhadi opta por no reproducir el acto violento. En El cliente el abuso está resuelto prodigiosamente con una elipsis y a partir de entonces la puesta en escena en general nos obliga a centrarnos en la dimensión moral de sus consecuencias. El cine de Farhadi es siempre interesante no sólo porque nos muestra una cara de Irán que no acostumbramos ver en los noticieros, sino también porque aunque él insista en que no hace cine político, sus personajes, y en particular los femeninos, son actos políticos en sí mismos con todas sus contradicciones incluidas.