Hay fuego en el mar

Fuocoammare (2016) de Gianfranco Rosi


Por Ivonne Villalón 

Hay fuego en el mar

Fuocoammare (2016) de Gianfranco Rosi


Por Ivonne Villalón 

 

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«No se puede salir a pescar… el tiempo no es bueno», le dice la abuela a su nieto. Poco tardará una canción en llegar desde la radio local a los oídos a consolar a los pescadores apaciguados de la isla.

Ya vendrán mejores días en Lampedusa, isla italiana casi imperceptible en los mapas y apenas poblada, pero crucial trampolín de África a Europa, razón que la convierte en el ideal desembarco de miles de inmigrantes provenientes de un sur negro, empobrecido y en guerra. Son tiempos aciagos, tiempos de muros, de huidas forzadas y de fobias renovadas, de otredades y de derechas. Acá y allá. ¿Cómo ser testigos? ¿Cómo mirar en y más allá de la vorágine del espectáculo trágico-bélico que la normaliza y abona a la creciente impotencia de la imagen para actuar?

En estas latitudes de tragedias e interrogantes, existe el cine de Gianfranco Rosi. En Debajo del nivel del mar (2000) seguía a indigentes a través del desierto californiano; en El sicario, habitación 164 (2010) extraía una confesión súper detallada de un matón en la frontera norte de México; y Sacro GRA (2013) constaba de un rarísimo mosaico de historias de los conductores de un periférico italiano. En su cuarto largometraje, Fuego en el mar (Fuocoammare, Italia-Francia, 2016), el guionista-director-fotógrafo se centra en las oleadas de refugiados en este borde entre Europa y África. El suyo es un cine urgente y marginal para hablar desde ahí también sobre lo marginal, lo periférico, lo no visto ni aceptado. De ahí que se desenvuelva formalmente en la liminalidad del docuficción minimalista hasta que elabore casi obsesivamente sobre geografías y subjetividades fronterizas, periféricas y excluidas.

Dos arcos narrativos sirven de guía a este premiado documental. Samuelle, un simpatiquísimo y narigón niñito que caza de día aves con las que de noche dialoga, es el faro emocional que ilumina la cotidianidad de los lugareños de la isla. Pietro Bartollo, doctor a la vez de él y de cientos de inmigrantes africanos, es voz de la conciencia y de humanidad que nos conecta con una desgracia de carne y hueso. Ambos son fundamentales para la cúspide del filme: el momento en que la atrocidad se devela. De ahí desciende al paroxismo del duelo y sólo resta el silencio. En los 25 minutos de cierre las palabras prescinden de sí mismas —se guardan, se ahogan y se rinden; la imagen da vida a la muerte.

Entremedio lo que se juega es lo cotidiano en instantes que componen estas existencias a través de planos fijos autónomos. Yendo y viniendo de la íntima crónica, al reportaje cuasi-sociológico y al ensamble lírico nos adentramos a los muros locales. Ahí están las casas con tareas escolares, el quehacer doméstico en bordados, tendidos perfectos de cama y café o fetuccini de marel y hasta el cancionero en la radio. A la sombra están el fútbol entre naciones africanas, los albergues-cárceles que cobijan un mosaico de rezos, cantos supervivientes, trámites migratorios y consultas médicas. Acorralados por el imponente mar, a su alrededor gira la vida de los lugareños: los unos van de pesca y los otros van al rescate de otras embarcaciones que traen consigo viajantes asfixiados, famélicos, deshidratados o quemados por combustible. Con suerte, los vivos llorarán tras haber acariciado una y mil veces la muerte. Decenas, vencidos por ésta permanecerán inertes, apilados y anónimos. Del mosaico cotidiano, que oscila entre la solidaridad distante y un involucramiento estoico, lo relevante es entender cómo transcurre la vida antes y durante la catástrofe humanitaria. Son realidades paralelas que coexisten, pero rara vez se intersectan. ¿Se saben ahí?

La canción que le da nombre al filme, muy en contra de su propia ligereza, rememora otra tragedia: un barco llamado La Madalena, al ser bombardeado por un avión británico en la Segunda Guerra Mundial, se esparció en fuego invadiendo toda la isla, llevándose tras de sí́ la vida de muchos de sus habitantes. A través de la música, Rosi sutilmente enlaza la gran guerra con las olas de muerte y éxodo actuales. Aludir a las aparentemente superadas xenofobias y nacionalismos es un trago amargo para Europa. Sin embargo, los barcos sobrecargados, las fugas forzadas, el testimonio, el estruendo del plomo, el refugio y la muerte son ineludibles. En este sentido, el suyo es un cine urgente.

Se desbordan el cuadro, nos sobrecogen, hilando una estructura de documental mucho más poética y emocional que argumental e informativa. Y es que navegamos realidades singulares contiguas y simultáneas sin juicio alguno respecto al otro. Elabora sobre la apertura —tanto de interpretaciones como de interrogantes que terminan sin cerrar, sin responderse— la imagen de Rosi crea una película política pero jamás ideológica. No hay horizontes, pero sí luces. No se trata de verdades, quejas o argumentos, ni de ese típico maniqueísmo entre isleños y los recién llegados. Atestigua, en cambio, resistiendo la catástrofe y la vorágine de la noticia y del espectáculo atroz de los medios. Abdica a la queja y el amarillismo, logrando uno de los retratos más bellos, pero no por ello no menos shockeantes de la crisis migratoria europea.

Casi como cuando Orfeo desciende hacia el Hades por Eurídice, siendo el arte el poder que abre la noche y en quien recae la posibilidad de restaurar su vida: fuego en el mar. La oscuridad de altamar en guerra es irrumpida por la voz del superviviente que rapea su camino. Arde la vida en el vientre de aquella viajante embarazada, que aterrizó por ambos. Quema la furia por ver el lucro y el tráfico de los necesitados, segregados también ahí en clases sociales y niveles que determinan las posibilidades de vida. Doce días de encierro, sed, hambre y quemazón de gasolina. Pero brilla sin cegar la hospitalidad que existe en tanto gestos frágiles, erráticos e insuficientes. Vienen a mi mente la franca y estoica ternura de Dr. Bartollo, el autobús que irónicamente porta el nombre de Misericordia, el deseo y el pasado que motivan esas odiseas interfronterizas. Es precisamente frente a la crisis que Gianfranco Rosi deja surgir imágenes poética-políticas condolientes con la pérdida y a la vez pescan la vitalidad que perdura en ese mar. Veo en ello, junto con Didi-Huberman, una labor crucial que «ilumina por el modo en el que el antes reencuentra al ahora para liberar constelaciones ricas de futuro.”[1] poner referencia texto Hay fuego en el mar.

Lampedusa es una isla de pescadores. De él viven y de él aceptan lo que venga. ¿Qué no es esta la lección de Fuocoammare? ¿No apunta al proverbial y remoto gesto de generosidad que hay en los pescadores acostumbrados a acoger lo que sea que el imperio marino ofrezca? 

FUENTES:
[1] Georges Didi-Huberman, La supervivencia de las luciérnagas, Madrid, Abada Editores, 2009.