El reflejo de las musas

La academia de las musas (2015) de José Luis Guerín


Por Eduardo Cruz 

El reflejo de las musas

La academia de las musas (2015) de José Luis Guerín


Por Eduardo Cruz 

 

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«La música y las musas se entienden como el principio de la civilización» señala al inicio del film Raffaele Pinto, filólogo italiano, en medio de una de las lecciones que ofrece en la Universidad de Barcelona para un grupo de estudio enfocado en indagar sobre la naturaleza del amor (romántico), la pasión y el deseo a través de la figura de las musas en la mitología y en la historia de la literatura. Dicha declaración, alude además, a su forma de relacionarse con las mujeres. Para él, reconocido intelectual, la misión primera de las mujeres es la de convertir a los hombres en poetas, y con ello, ofrecer al mundo la posibilidad de alcanzar lo bello.

La academia de la musas (2015) es un film que se describe a sí mismo como ejercicio pedagógico; filmado por José Luis Guerín, explora las fronteras del documental para contarnos una disimulada ficción convertida después en un melodrama pasional de proporciones “dantescas”, escrito a partir de las experiencias de sus protagonistas: el ya mencionado Raffaele Pinto, su estoica esposa, y algunas de sus más destacadas alumnas —mujeres con las que sostiene relaciones amorosas de diferentes carices que surgen, como no podía ser de otra forma, a partir de las querellas y dudas generadas en clase—. Su estructura, a manera de bitácora o diario personal, nos deja conocer el desarrollo paulatino de las relaciones interpersonales de este pequeño grupo de personas alrededor del profesor, y se divide entre los momentos en las clases (debates abiertos de intenciones socráticas); y los momentos entre clases (confesiones y pensamientos respecto de sus sentires fuera y dentro de la universidad). Todas escenas filmadas con la sencillez de una producción menor, pero resueltas con el ingenio acostumbrado de Guerín.

La cámara busca los rostros y la cinta se construye casi por completo de primeros planos y diálogos agudos; estudia los gestos y la veracidad de las palabras enunciadas, encendidos debates teóricos que traspasan las emociones de sus elocuentes participantes: «Somos prisioneros del lenguaje». Evidenciando una forma de usar el decir para justificar el hacer, Pinto pregona toda esta ideología literaria —los relatos de Francesca y Dante, Eloísa y Abelardo, Ginebra y Lancelot—, porque sirve para justificar(se) las relaciones adúlteras con sus alumnas, argumentos progresistas del machismo intelectual que piensa heroico el abandono propio de una mujer en pos de propiciar al hombre el camino para descubrir lo sublime. En ese sentido, otro elemento sobresaliente dentro del film es el uso de reflejos y transparencias que simulan un efecto de doble exposición en algunas escenas. Ya sea dentro de un auto, o través de una ventana, los reflejos encuadran al mismo tiempo el exterior y el interior, generando interesantes yuxtaposiciones. Recurso que amplía el espacio sin sacrificar su atención puntual al rostro.

Así el film elabora una disertación sobre las relaciones amorosas actuales, idealizadas a partir de siglos de tradición literaria —«No existe amor sin literatura»—, y construidas ineludiblemente a partir de los roles clásicos asignados al hombre y la mujer, sin distinción del contexto. Todos los personajes forman parte de un ambiente académico en donde, por ejemplo, las conversaciones se pueden mantener en hasta tres idiomas distintos sin necesidad de traducción y que sin embargo, no logran escapar de las convenciones sexistas en sus relaciones diarias. Raffaele Pinto representa aquí, tal vez de manera inconsciente, al acartonado y conveniente machismo que inunda la esfera intelectual.