Se respira el miedo

Tempestad (2016) de Tatiana Huezo


Por Eduardo Cruz 

Se respira el miedo

Tempestad (2016) de Tatiana Huezo


Por Eduardo Cruz 

 

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El horror en México nos ha rebasado. Se ha impregnado en el ambiente. Si hacemos caso a las cifras oficiales internacionales se estima que la cantidad de muertos y desaparecidos a causa de la guerra contra el narcotráfico nos coloca en el escalofriante segundo puesto al país más violento en el mundo. La crueldad es la noticia diaria. El infierno se sucede frente a nuestros ojos todos los días. Ante esto, al cine nacional actual le corresponde volver a la pregunta que antaño se hicieran los cineastas alemanes: ¿Cómo se filma el horror?

En Tempestad (2016), Tatiana Huezo ensaya una posibilidad. Nos presenta las historias de dos mujeres, Miriam y Adela, cuyas experiencias personales con el crimen organizado y la impunidad que inunda el sistema judicial sirven para exponer el estado de descomposición social en el que vive el país entero. Miriam es una madre soltera que de un día a otro es detenida junto con un grupo de compañeros de trabajo y trasladada al penal de Matamoros para cumplir una condena por cargos contra el tráfico de personas. Es una “pagadora”, le dice su abogado de oficio, de manera azarosa le corresponde a ella pagar por los crímenes de alguien más y no hay mucho que se pueda hacer al respecto. En el otro lado está Adela, una madre cuya hija desapareció diez años atrás, y que ahora permanece oculta, pues su insistencia en la búsqueda la llevó a encontrar nexos entre el secuestro de su hija y la policía local, y éstos la tienen amenazada de muerte. Su estructura, entrelaza las voces de cada una mientras recorremos las carreteras del país, del norte al sur —un recorrido similar, aunque inverso, al de los cientos de migrantes centroamericanos que intentan llegar a los Estados Unidos—, territorio de carteles, un campo minado difícil de sortear. Sus angustiantes relatos evidencian un aparente tocar fondo sin una luz posible en el porvenir. En ese sentido, Tempestad es una película sobre el miedo, sensación que poco a poco nos ahoga a todos, que nos anestesia, y que pareciera no ser solo consecuencia sino también la causa del silencio: «Tanto miedo, se trata de eso» sentencia Miriam tras narrar su vida en el penal. En algún momento, en medio de un retén bajo la lluvia, un retrato de policías cubiertos con impermeables negros se revela como un augurio de muerte. La escena es tan sutil como aterradora.

El trabajo de Huezo es notable por su sensibilidad en el acercamiento a situaciones cruentas. Alejada de las convenciones del documental y de cintas en las que la representación de la violencia es lo importante, rehuyendo así de las imágenes amarillistas, Tempestad apela a la evocación del vacío que la violencia produce y a la generación de empatía. En la cinta es el paisaje, siempre a punto de estallar, el que expresa toda la desolación que permanece silenciada, invisible. Su cine, ya desde El lugar más pequeño (2012), prescinde de sostenerse exclusivamente en los testimonios —éstos son solo el hilo narrativo— para permitir a las voces, disociadas de los labios y perdidas entre las imágenes del entorno, convertirse en la expresión del sentir general.

El filme es una denuncia directa, un grito desesperado, pero no por ello menos consciente de sus posibilidades cinematográficas; la fotografía de Ernesto Pardo, por ejemplo, es indisociable de esta captura de gritos ahogados. Y se erige, junto a La libertad del Diablo de Everardo González, como una de las apuestas más interesantes dentro del auge del documental político que vive el cine mexicano. Cintas como la que nos ocupa hoy resultan urgentes para, entre todos, comenzar a pensar una forma de salir, o al menos de estar preparados, ante la llegada de la tormenta que está a punto de caer furiosa sobre nuestras cabezas.