Su hermosura anochecida

La casa es negra (1962) de Forugh Farrojzad


Por Rafael Guilhem 

Su hermosura anochecida

La casa es negra (1962) de Forugh Farrojzad


Por Rafael Guilhem 


 

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Hablo desde lo hondo de la noche.
Desde el extremo de la oscuridad
y desde el fondo de la noche hablo.
Si vienes a mi casa, trae para mí una lámpara
y una ventana para ver la dicha
de la calle que bulle.

Forugh Farrojzad, El regalo

Si las palabras de este poema fueran una descripción de Forugh Farrojzad sobre lo que es el cine, atenderían con gran precisión su mirada y el temblor de sus preocupaciones. ¿Cómo ver desde el interior de la noche, desde una ventana y con una lámpara? Son cuestiones físicas que no dejan de ser poéticas. Objetos, fenómenos y moldes que responden a un formato de la indagación y un sitio para la contemplación. Ella, por su posición de mujer replegada a la oscuridad, desarrolló con virtud la visión nocturna, la de entender con exactitud cómo perderse en los senderos de esa negritud. Desde su poesía, Forugh Farrojzad desgarra los lugares de encierro, como condenas donde la búsqueda de belleza implica una cierta libertad: los vórtices de «una jaula de pájaros llena de lamentos», los recuerdos de «un cuarto tan grande como la soledad», un amanecer donde «toda mi existencia es un verso oscuro» y la hermosura anochecida de un leprosario en las afueras de Tabriz (al noroeste de Irán) en La casa es negra (Khaneh siah ast, 1962), su única película, que subyace como una de las más profundas de la historia secreta del cine y que es, como dice Jonathan Rosenbaum, «una de las pocas fusiones logradas de poesía literaria y poesía cinematográfica».[1]

Tendida entre los versos recitados por la suave voz de la propia Farrojzad, pasajes del Corán y las imágenes y sonidos tan materiales y documentales, esta obra de corta duración posee una atmósfera aural, entre el sueño y la más rocosa realidad; como un viento que une un cierto espíritu de invisibilidad con los objetos que afecta tangiblemente a su paso. Esta sensación se percibe pensando antes que nada en sus sonidos: susurros, silbatos, tambores, flautas, aplausos, cantos de aves, bullicio y por supuesto, silencios. Si nos detenemos únicamente en la escucha, podemos encontrar un ritmo, un montaje que reorganiza la realidad con la misma fragilidad que la poesía alimenta sus palabras de lo indecible. Lo que otorga esta poesía cinematográfica es la densidad de un mundo, la apertura de una existencia irreductible, y por tanto, el territorio de cualquier cuerpo, que aunque permanezca desterrado, posee una presencia y una vida. Esa es la perfección de la obra cinematográfica de Farrojzad: constituir que, aun en el encierro y en la oscuridad, las cosas no desaparecen. En ese sentido La casa es negra antecede no sólo los salones de clase en las cintas de Kiarostami, por sus pizarrones y dimensiones infantiles del juego, también obras tan enigmáticas como L’ ordre (1973) de Jean-Daniel Pollet, desarrollada en un leprosario en la isla griega Spinalonga, que se acerca al otro mediante la opacidad de la poesía, esa línea que te acerca y te separa en un mismo gesto. Una isla, un leprosario o una jaula son los confines de una humanidad que sofoca su reflejo.

Hacia el final de La casa es negra, la comunidad va caminando hacia la cámara mientras ésta retrocede. Las personas se detienen, y las puertas del leprosario comienzan a cerrarse frente a nosotros, dejándonos fuera. Este motivo de la puerta que nos aparta de los acontecimientos de la película, ha sido retransmitido innumerables veces en el cine. Pedro Costa lo explicó con un gran sentido en una conferencia dictada en Tokio[2], donde habla de las puertas como el límite hacia lo que se puede ver o no. Una puerta te dice: «ya no puedes mirar más», o bien, «no alcanza la mirada para lo que sigue, debes quedarte fuera». Es la separación entre el cine y la vida. Porque ese acto, dice el realizador lusitano, es el que te permite ver de verdad, no identificarte y verte a ti mismo en la película, sino ver realmente lo que se presenta en la película. Es «el cine como el arte de lo que falta». Esa ramificación emerge en La casa es negra, una película de lecturas ilimitadas, pero de una sustancia intensamente concentrada, donde lo que permanece, es que la luz no siempre muestra lo más importante. 

FUENTES:

[1] Jonathan Rosenbaum y Mehrnaz Saeed-Vafa, Abbas Kiarostami, Argentina, Los ríos editorial, 2012, p. 16.
[2] Se puede consultar la conferencia transcrita y traducida en: Con los ojos abiertos.