Martirologio

Las hijas de Abril (2017) de Michel Franco


Por Rafael Guilhem 

Martirologio

Las hijas de Abril (2017) de Michel Franco


Por Rafael Guilhem 

 

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Las hijas de abril (2017) es una película de relativa importancia para el cine mexicano, por constituir una especie de sismógrafo del estado actual del medio. Hay que ser enfáticos en el matiz: habla de lo que es la cinematografía nacional, pero no de lo que significa vivir en México.

Esto sucede en principio, porque la vocación de las películas de Michel Franco es de carácter mitológico. Es decir, son relatos que se orientan a la resolución de conflictos mediante un cuerpo de personajes de perfil trascendente, que carecen de una trama sociocultural, y en ese sentido, reúnen una serie de evidencias simbólicas que sustentan una aparente naturaleza humana universal. Un personaje es más que un personaje, es una alegoría aleccionadora.

Por la inevitable condición del cine de producirse —como pronunciara Walter Benjamin— en el acto de su reproductibilidad técnica, es necesario partir de los elementos tangibles que ocupan un espacio y una visibilidad en el mundo que, en Las hijas de abril, se trata tanto de Puerto Vallarta como de la colonia Condesa en la Ciudad de México. La cuestión es que, por los indicios mitológicos, el contexto es poco importante para Franco, y como sinónimo de neutralidad, decide situar el relato en una posición social privilegiada: bellas casas de playa, dueños de hoteles, motos de regalo, y una madre española que viaja de aquí para allá sin obstáculo alguno. El problema no reside en retratar un sector de la clase alta, el problema central, es que no hay una conciencia de lo que se está filmando, ni cómo se está haciendo. Lo que en verdad tiene un gran peso social, político y económico, para Franco no son más que coordenadas indiferentes donde vislumbrar un resplandor primigenio que, por el hecho de ser narrado, ya no puede ser tal.

Este es el motivo por el que, en el ya muy anunciado parentesco fílmico de Franco con Michael Haneke, el cineasta mexicano plantea una maldad humana desprovista de cualquier condición que la produzca. Esto no sólo hace a Las hijas de abril un filme unidimensional, también lo proyecta hacia una oleada de determinismos sin escapatoria, que lejos de ser propios de la humanidad, son construidos en continuos giros forzados por un interés en tambalear la moral de quien observa. A diferencia de un cineasta como Philippe Grandrieux, por ejemplo, que se acerca a su mundo sin conocerlo del todo, y que entiende que en el secreto se funda la complejidad, Michel Franco tiene muy claro el panorama; los intereses, objetivos, afectos, relaciones y tabúes, con los que juega a su gusto, mostrando tan solo aquello que parece llevar a los personajes a situaciones límite (incestos obligados, acoso escolar, etc.), cuando lo que hay detrás, es la búsqueda de una moraleja subrayada con violencia. Lo que en sus preguntas apunta a una exploración, en sus respuestas se afronta como un artilugio para shockear al espectador. De eso resulta que, mientras Granadrieux interviene la realidad, Franco siempre va detrás de ella.

Filmar no debería estar tan relacionado con retransmitir un problema y explotarlo lumínicamente. Aunque en la base del cine se encuentra el acto de mostrar, no siempre resulta la solución más perspicaz para trabajar sobre el conflicto, por el contrario, puede ser tan solo una forma de hacer explícito lo que tan sólo necesita extender su sombra.