(01) R. Bresson / Matar a una sombra

Los ángeles del pecado (1943) de Robert Bresson


Por Eduardo Cruz 

(01) R. Bresson / Matar a una sombra

Los ángeles del pecado (1943) de Robert Bresson


Por Eduardo Cruz 

 

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Si oíste la palabra por la que Dios
te une a un ser, no escuches las otras palabras.
Son sólo un eco de la primera.

Catalina de Siena

La vocación, cuando es descubierta, tiene el poder de cambiar definitivamente el rumbo de una vida. En el caso de las personas adeptas a la fe cristiana, dicen, se manifiesta como fuerza de la naturaleza, un impulso irreprimible que los lleva a desafiar los órdenes establecidos, siempre al servicio de una causa superior. Conocidos son los casos del rey Luis IX de Francia, que por influjo divino acostumbraba lavar los pies a los mendigos o el de Juana de Arco, joven campesina elevada a líder militar en el nombre de dios, ambos convertidos luego en santos.

Como ningún otro, el cine de Robert Bresson es un cine sobre el poder de la vocación y sus consecuencias, uno de los temas centrales en su obra ya desde el amanecer de su carrera. En Los ángeles del pecado (Les anges du péché, 1943), su opera prima, el llamado a la santidad recae sobre Anne-Marie, joven de clase acomodada que decide internarse en un convento dominico dedicado a la rehabilitación de mujeres recién liberadas de prisión, abandonando así su condición privilegiada para, pese al ruego de su madre, tomar los hábitos como cualquier otra “descarriada” y dedicar su vida al rescate de otras mujeres. La aparición de Thérèse, mujer engañada, presa a pesar de ser inocente y en búsqueda de una venganza definitiva, que acepta internarse pero sólo bajo sus propios términos, desata la pasión de Anne-Marie y justifica sus decisiones. Entre ellas se crea una relación antagónica, pues mientras la primera pretende esconderse y pasar desapercibida dentro del convento, Anne-Marie la convierte en el blanco público de su devoción, convencida de haber encontrado su camino en la redención de Thérèse. La realidad sobre las motivaciones de Anne-Marie queda ambigua, poco iluminada, pero lo que sí está a la luz son sus apasionadas acciones.

La comparación no es vaga pues en esencia Los ángeles del pecado es un filme sobre la luz y la oscuridad, a nivel moral en el fondo y físico en la forma. La cinta se construye entre siluetas, sombras y claro oscuros. Filmado casi por completo en interiores —tal vez debido a su contexto temporal—, expande sus posibilidades espaciales/narrativas a partir del uso preciso de la luz. Es por eso que la cárcel y el convento, ambos sitios de reclusión, aparecen sin embargo como lugares opuestos, de castigo y de libertad respectivamente. Lo mismo que Thérèse y Anne-Marie; mientras Thérèse se nos muestra desde las tinieblas, llena de rencor, Anne-Marie aparece casi siempre iluminada, impoluta, denotando la superioridad moral de sus actos. Hay además en este juego de proyecciones un intercambio: a medida que el conflicto avanza y Anne-Marie pierde los favores de la madre superiora, la oscuridad la absorbe. «El azar no existe, todo en la vida es signo» enuncia, mandato que alumbra su espíritu y que la lleva también, cual cervatillo en la carretera, a su fin, convirtiendo su esfuerzo en sacrificio, y convenciendo a la congregación que su voluntad respondía a intereses más grandes que sólo su orgullo personal. La notable toma que cierra el film, casi un preámbulo, contiene todo el drama en las manos de Thérèse, ahora iluminada en su totalidad, por dentro y por fuera, transformada y redimida gracias a Anne-Marie, lista para purgar su alma por los pecados cometidos.  

En este primer filme, que realiza con ya más de 40 años, Bresson comienza a delinear algunos apuntes respecto de su posterior estudio sobre la relación del sujeto frente al azar y la fuerzas secretas que modelan sus decisiones. En este caso la noción de vocación aparece en un sentido optimista, potencia que ayuda a encontrar el camino.