Anarquía en lo cotidiano

Paterson (2016) de Jim Jarmusch


Por Eduardo Cruz 

Anarquía en lo cotidiano

Paterson (2016) de Jim Jarmusch


Por Eduardo Cruz 

 

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Toda la vida de un hombre, es una sucesión de momentos.
Si uno entiende el momento presente, no habrá nada más que hacer,
Y nada más a lo que aspirar.

Paterson es un tipo simple, con rutinas y placeres sencillos. Todo en él pareciera soso: su desayuno habitual, la forma en la que viste, los textos que escribe e incluso sus chistes. Chofer de autobús durante el día, pasa las horas atendiendo conversaciones a su alrededor al mismo tiempo que su voz interna ensaya una y otra vez los detalles que observa. Pero por las noches Paterson es un poeta empedernido aunque anónimo, que encuentra su inspiración en los pequeños acontecimientos vividos. Su obra, compleja a pesar de la naturalidad que simula, captura su encanto por la vida. Por otro lado, Paterson es también el nombre de la ciudad en la que vive y del río local al que acude para almorzar, es el título de uno de los libros del poeta William Carlos Williams, su héroe personal, y la inscripción en la ruta del autobús que conduce. Paterson, en la nueva película de Jim Jarmusch, pareciera ser sinónimo de lo ordinario.

Pero la cinta no lo es tanto, Paterson (2016) es un film construido desde la más profunda rebeldía y que como el resto de la obra de su realizador, parte de una calculada sencillez formal. Con estructura de calendario, Jarmusch nos deja conocer la vida de Paterson, su personaje, durante una semana entera, mostrándonos el acontecer diario de él y su pareja, elaborando a partir de la repetición una rutina de la que emerge un estudio de lo cotidiano y, por ende, de lo íntimo. La existencia del joven poeta y de su novia se revelan como una cándida espera por nada. Conformes con lo que han logrado, sus intereses devienen en cuestiones no materiales, y cada uno en una dirección propia, apunta por satisfacer placeres interiores. De ahí el carácter anárquico y rebelde implícito en sus acciones —aunque ellos lo ignoren del todo—, que auténticamente libres de ambiciones productivas en el sentido económico, son más un ejercicio de autoconocimiento, lo mismo que la poesía.

Es por eso que la pasión secreta de Paterson sirve no solo para explicar su carácter y para ordenar su experiencia en el mundo, sino también para entender el filme en su totalidad, cuya composición emula desde el ritmo del montaje el de las palabras repetidas en los poemas que su protagonista escribe. Hay en la repetición, la aparición inevitable de lo extraordinario dentro de lo ordinario —como las numerosas parejas de gemelos que desfilan a lo largo del film, o el mismo Paterson entre Patersons— y que robustece la indagación de su autor sobre lo cotidiano.

El epígrafe que inaugura este texto, corresponde a un fragmento de otra de sus cintas: Ghost Dog: The way of the Samurai (1999) con la que Paterson comparte no sólo ritmo o algunos recursos formales, sino también la comprensión del mundo de sus protagonistas. Paterson tiene además una sensible apreciación del tiempo: se mantiene totalmente alerta de lo que sucede y de lo que sus sentidos pueden captar. Es por ello que hay en la dimensión sonora construida por Jarmusch una cualidad que hechiza. El sonido es convertido en los ojos de Paterson para poder así, abarcar el mundo. Escucha conversaciones ajenas pero no para indagar en los significados sino para percibir el compás, la candencia de las voces involucradas, los susurros de cada movimiento, las estridencias de la ciudad. Los insertos en el montaje operan como pequeños fragmentos de audio que construyen el paisaje sonoro. Paterson escruta su entorno con la curiosidad del niño, comprendiendo así la vida. Tal vez sea por eso que le resulte tan fácil vivirla.