Andrey Tarkovski:

topografías de lo poético


Por Jessica Romero

Andrey Tarkovski:

topografías de lo poético


Por Jessica Romero

 

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I


Hay algunos aspectos de la vida humana que
sólo pueden ser representados fielmente por medio de la poesía.

Andrey Tarkovski

Expresar la visión del mundo conlleva a explorar la complejidad y la profundidad de los fenómenos de la vida donde surgen relaciones impalpables de lo real. Dar vida a una imagen, pensar en imágenes, es expresar los múltiples movimientos del espíritu que no han sido aún parte del presente de la humanidad. En este sentido, en el cine, el artista es un explorador de la vida que capta las líneas que bosquejan el sentido más íntimo del ser; sentido que no puede ser expresado más que a través de lo poético. Lo poético del cine indaga territorios inexplorados, trazando una topografía donde se desvanecen las percepciones simplistas, artificiales y uniformes de la realidad a través de la magia de la lente capaz de captar lo que el ojo a “simple vista” no puede ver.

La poética del cine explora espacios y tiempos donde se generan sensaciones y pensamientos inexistentes. Es entonces que la espacio-temporalidad de las imágenes emerge como un territorio vacío que en el cine adquiere la forma de paisaje y, bajo la lente de Andrey Tarkovski, se expresa como lo poético. Tarkovski lleva a la pantalla lo elemental: la ráfaga de otoño, el momento del invierno, crespúsculos y amaneceres siempre deviniendo, nunca semejantes, ya que, ante todo, no son más que diferenciales de la realidad.

«La poesía es una conciencia del mundo, un modo de relacionarse con la realidad, de modo que la poesía devenga una filosofía que oriente la vida.»[1]

Las imágenes poéticas de Tarkovski, imágenes-mundo colmadas de dignidad y soberanía, cautivan sensaciones y, a la vez, pensamientos. Un pensar poético que converge con la filosofía y el pensamiento y, como apunta Martín Heidegger, donde la poesía es la única capaz de experimentar lo inexpresado por medio de un pensar lúcido.[2]

La infancia de Iván (Ivánovo detstvo, 1962), primer largometraje de Tarkovski basado en el cuento de Vladimir Bogómolov, recrea de un modo no literario la verdadera atmósfera de la guerra, impregnando las imágenes de una sensación de vacuidad que domina el paisaje. Así, el paisaje funge como un tejido del mundo, despertando asociaciones poéticas que trazan una trama de lo sensible donde convergen los incidentes de la memoria, los sueños y el pensamiento, suspendiendo el transcurso habitual del tiempo. A través de esta convergencia, Tarkovski logra la revelación y expresión del mundo interior de los personajes, pero también, su mundo exterior. Efectuación de mundo, topografía que deviene como un aliento, donde inspirar-respirar se conjugan en un eco que inspira la presencia de una imagen. Imagen lírica que expresa lo que piensan, cómo lo piensan y aquello sobre lo que piensan los personajes. Acto de conmoción, donde surge un vínculo pensante-sintiente entre el espectador y el director, como apunta Tarkovski:

La alternativa no es ofrecer al público una conclusión final sin que haya esfuerzo alguno de su parte (…) ¿cómo podría importarle, cuando no ha compartido con el autor el dolor y la alegría de dar vida a una imagen? [3]

El paisaje expresa esa infinita lucha donde la vida se recrea a sí misma. El paisaje se piensa, se siente, no se limita a una descripción visual, sino que va más allá, al infinito, como un signo sensible de la vida. Imágenes líricas, donde el paisaje introduce los sonidos de la vida. Sugestión poética que actúa como un eco, un susurro, un suspiro del paisaje.

II


¿Leonardo o Bach significan algo en términos funcionales?
No: no significan nada más allá de lo que en sí significan,
y esta es la medida de su autonomía.
Ven el mundo como si lo viesen por primera vez,
sin experiencia alguna que los sojuzgue.
Ven al mundo con la independencia de alguien recién llegado a él.
Andrey Tarkovski

Andrey Rubliov (1966), segundo largometraje de Andrey Tarkovski dividido en serie de episodios fragmentarios que operan en forma de cuentos, no sigue una estructura lógica convencional, sino una lógica poética marcada por la necesidad creativa de Rubliov. En este sentido, el director profundiza en la naturaleza del genio poético del gran pintor ruso, al explorar en su mentalidad, su imaginación y su creatividad artística. Bajo esta estructura poética, el paisaje es testigo de las intimidades y devenires de Rubliov, haciéndonos sentir la presencia de su espíritu, la atmósfera que conformó sus relaciones con el mundo, su visión de mundo.

En Andrey Rubliov, Tarkovski logra la manifestación visual de las contradicciones y complejidades de la vida y el arte. El director, a través del paisaje, más que una verdad histórica, arqueológica o etnográfica, expresa una verdad fisiológica[4] donde se conjugan tanto valores netamente visuales como táctiles, introduciendo una perspectiva diferida que nos hace ver de otro modo, sentir de otro modo: desde un modo espiritual y humano; retorno a los inicios donde deviene el libre flujo de la vida. Así, fuera del monasterio, el paisaje nos conduce al pensamiento del afuera donde Rubliov se enfrenta a una realidad extraña, inesperada, podría decirse incluso, monstruosa. Confrontación con la vida, con el destino, que desvanece la idea del bien y enaltece, en cambio, la idea de amor.

El paisaje devela una fenomenología espiritual colmada por sensaciones y pensamientos que encarnan la imagen del mundo real. Imagen encarnada que expresa la vida misma hasta en sus manifestaciones más simples.

«No podemos comprender el universo en su totalidad, pero la imagen poética es capaz de expresar esa totalidad.»[5]

El paisaje nos conmueve al accionar afecciones, reminiscencias, sueños e imaginarios, confrontándonos con la aparición de un tiempo primigenio que nos hace resurgir como humanidad. Imagen encarnada, presencia y ausencia a la vez, que es como la impronta de lo divino, mágico y sagrado de la existencia. Presencia de lo divino que, como apunta Heidegger en ¿Y para qué poetas?, es expresado sólo a través de la poesía:

«Ser poeta en tiempos de penuria significa: cantando, prestar atención al rastro de los dioses huidos.»[6]

Para Tarkovski, los sueños, los recuerdos y las fantasías son fenómenos vitales que siguen una lógica poética a partir de la vida. Estos fenómenos vitales trazan una topología poética. Realización plástica donde la hierba húmeda, los caballos mojados por la lluvia, los rayos del sol, los rastros de la lluvia, no son una colección de trucos cinematográficos, sino manifestaciones de la vida operando en diferentes planos de la realidad, como la última escena de La infancia de Iván, filmada junto al agua, donde la playa converge con el último sueño-recuerdo de Iván donde se devela su vida, y a la vez, su muerte. El paisaje manifiesta estructuras estéticas existentes y cambiantes en el tiempo que siguen la fidelidad de la vida. En este sentido, para Tarkovski la pureza del cine consiste en transmitir hechos singulares y reales.

«Si el tiempo aparece en el cine como hechos, estos hechos se dan como una simple y directa observación; el elemento básico del cine, el que lo conforma hasta su raíz misma, es la observación.»[7]

A través de la imagen-observación[8], Tarkovski expresa un punto de encuentro que devela la correspondencia e interacción entre lo poético, el pensamiento, lo espiritual y lo humano.

El espejo (Zerkalo, 1974), articulación poética que trata los fundamentos de la vida con libertad, por medio del paisaje nos introduce en lo que podríamos denominar una observación en estado puro, que capta con precisión y exactitud el poder de la poesía y la magia de las imágenes. El paisaje, observación directa de la vida, sin palabras, expresa el transcurso de un fenómeno en el tiempo. Así, los momentos de espera del personaje femenino; espera donde transitan las alternancias entre la esperanza y desesperanza ante la incertidumbre de la llegada de su esposo. Espera que se expresa como un fragmento de vida, sin saber el rumbo que seguirá. Espera que es atravesada intempestivamente por el encuentro casual entre esta mujer y un desconocido, donde la ráfaga de viento irrumpe inesperadamente, rompiendo la linealidad y falsedad del encuentro, surgiendo, en cambio, lo fortuito y azaroso que crea un vínculo entre los personajes al expresar la vida tal como es, encarnarla, expresando su multiplicidad como un fenómeno distintivo. La topología poética recrea un fenómeno, reconstruye la estructura viva, las conexiones y relaciones internas y externas del mundo que rodean a los personajes, haciendo hincapié en el hecho de que el hombre se encuentra inminentemente ligado con el pasado y el futuro. El espejo muestra la convergencia entre los recuerdos de infancia, los sueños y las afecciones de la vida, al exponer las relaciones entre los padres y los hijos, pero también, los recuerdos de la vieja casa de infancia que conducen a un regreso al pasado como un acto que afecta la vida en su totalidad.

III


La lluvia, el fuego, el agua, la nieve, el rocío, el viento a ras del suelo,
todo esto forma parte del mundo material en que vivimos;
yo hasta diría que forma parte de la verdad de nuestras vidas.
Andrey Tarkovski

El paisaje nos adentra en el mundo como realmente es; su olor, su profundidad nos hace sentir en el cuerpo, en la carne y en la piel una impresión estética inmediata y emotiva que no busca finalidad alguna, sino la consumación que nos hace perder el aliento. Tarkovski crea su propio mundo, tal como lo siente y lo ve. En Stalker (1979), el director nos sumerge en una dimensión espacio-temporal que revela la vida en su continuidad donde se revela el tiempo y el paso del tiempo. Mediante “La zona”, extraña llanura azarosa, camino que lleva a un escritor y un científico al encuentro del misterio, los secretos, la magia y los deseos a través de una travesía poética de sensaciones y pensamientos primigenios, divinos, sagrados.

«El largo camino hasta esta poesía es, en sí mismo, un camino que pregunta poéticamente.»[9]

Así, “La zona”, lugar para pensarse a sí mismos, verse a sí mismos, resalta lo esencialmente humano y eterno en cada uno, la capacidad de amar y la belleza de la que somos parte. Tal como expresa Tarkovski, “La zona” no simboliza nada, es la vida. Búsqueda y experimentación.

«La búsqueda como proceso (…) tiene la misma relación con la obra terminada, que el vagar en un bosque con una cesta en busca de hongos tiene con la cesta ya llena de hongos cuando uno los encontró. Sólo lo último —la cesta llena— es una obra de arte: el contenido es real e incondicional (…)»[10]

Experimentación como posibilidad de vagar, errar, explorar lo inesperado y lo desconocido. Así, en Nostalgia (Nostalghia, 1983), el autor en lugar de situarse en los paisajes emblemáticos de Italia, conduce nuestra mirada a unas ruinas, aparentemente surgidas de la nada, donde a través de paisajes ajenos a Rusia delinea el retrato de un hombre incapaz de encontrar el equilibrio entre él mismo y el mundo. Las ruinas, fragmentos de una civilización de lo que fue, de lo es y lo que será, traza la búsqueda del hombre por encontrar la plenitud de la existencia, de la armonía con el mundo. Nostalgia plasma el estado mental de un poeta que viaja a Italia para reunir material de un compositor ruso sobre el que está escribiendo un libreto de ópera. Las ruinas, fragmentos de realidad, son el punto de ruptura y, a la vez, encuentro con él mismo, con otro país, con otra lengua. Contrariedad que transmite un estado mental. En este sentido, el paisaje traza esa topografía de desorientación, cúmulo de impresiones que atraviesan al personaje principal ante la imposibilidad de comunicar sus experiencias e incorporarlas a su memoria, a su pasado, a sus recuerdos. El paisaje devela el encuentro con lo otro, otro mundo, otra cultura que expresa nuestra finitud sobre la tierra. En Nostalgia, ante el aparecer de las colinas toscanas junto a la campiña rusa, Tarkovski nos introduce en un espectáculo totalmente sombrío que expresa la ruptura de la continuidad, donde esas cosas inherentemente unidas han sido separadas por la mano del hombre, por el progreso, por la civilización.

El paisaje nos envuelve como algo vivo. El paisaje se constituye en un extraño punto de contraste entre lo empírico y la realidad, develando una totalidad poética en la que todos los sucesos se encuentran íntimamente ligados. Para Tarkovski, pensar la existencia humana a través de imágenes visuales tiene más peso que las palabras, conduciéndonos a otros modos de pensar y sentir. En El Sacrificio (Offret, 1986), el autor nos sitúa en un punto de encuentro donde convergen tres actos: el sacrificio, la fe y la existencia. Búsqueda de equilibrio del que se desprende el amor como acto de entrega total, lejos de cualquier interés egoísta o material. En el filme, el amor abre un espacio donde la realidad se hace profundamente presente. Como afirma Tarkovski, El Sacrificio es una parábola poética de un hombre que rompe con las ataduras, sometido tan sólo por el amor. Así, Alexander rompe con su familia, con su vida, incluso con su lenguaje. Punto explosivo a partir del cual se manifiesta la ruptura con el mundo y sus leyes, pero a la vez, devela el milagro y los misterios de la vida que impugnan las leyes del mundo materialista. El paisaje muestra que no hay división entre el bien y el mal, sino tan sólo una totalidad poética que capta un fragmento de mundo. Así, en las escenas de inicio y fin, la siembra y regado del árbol es un acto de fe y de amor. Es poesía que se materializa en imágenes, afectándonos profundamente, transformando las ideas acerca del mundo. 


FUENTES:
[1] Andrey Tarkovski, Esculpir el tiempo, México, Universidad Nacional Autónoma de México, UNAM, 2013, p. 25.
[2] Martín Heidegger, Caminos de bosque, Madrid, Alianza, 1998, p. 145.
[3] Andrey Tarkovski, op. cit., p. 25.
[4] Ibíd., p. 88.
[5] Ibíd., p. 116.
[6] Martín Heidegger, op. cit., p. 244.
[7] Andrey Tarkovski, op. cit., p. 75.
[8] Ibid., p.84.
[9] Martín Heidegger, op. cit., p. 246.
[10] Andrey Tarkovski, op. cit., p. 111.