La humanidad que no existe

Dunkerque (2017) de Christopher Nolan


Por Samuel Lagunas 

La humanidad que no existe

Dunkerque (2017) de Christopher Nolan


Por Samuel Lagunas 

 

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El cine de Nolan es un cine de sobrevivientes. Desde el anónimo escritor seducido por el pillaje (Jeremy Theobald) en El seguidor (Following, 1998) hasta las tropas aliadas en Dunkerque (Dunkirk, 2017) sus personajes, o bien, son ya sobrevivientes, o luchan por hacerlo. Sin embargo, hay en esta estela de protagonistas una transformación a partir de Interestelar (Interstellar, 2014) que culmina en Dunkerque: mientras que en las cintas previas la supervivencia era un problema individual y los personajes debían enfrentarse sobre todo a sí mismos —combate que se expresa radicalmente en El gran truco (The prestige, 2006) donde Angier (Hugh Jackman) debe asesinar a su doble después de cada show—, en Interestelar y en Dunkerque la supervivencia adquiere una dimensión colectiva: se trata ya no de identidades oscuras y fragmentadas sino de una parte significativa de la humanidad puesta en jaque. En Interestelar la científica Brand (Anne Hathaway) y el piloto Cooper (Matthew McConaughey) deben sacrificar su subjetividad —construida desde sus relaciones afectivas— en pos de la salvación de la especie. Hay, empero, todavía algunos conflictos personales y momentos de angustiosa introspección que se muestran en pantalla, pero ya sin la fuerza dramática y argumental de las cintas anteriores. En Dunkerque, Christopher Nolan va un paso más allá al obstruir cualquier acercamiento de los espectadores a la vida mental de sus personajes y aún a sus rostros, como ocurre en el caso del también anónimo piloto de uno de los Sptifire (Tom Hardy).

Si Interestelar es una película sobre el fin de la vida humana en la Tierra, Dunkerque es, ante todo, una película sobre el fin de la humanidad en su versión moderna Occidental. En la primera, el tema de la supervivencia fue representado en un tiempo futuro —distópico— donde la crisis ambiental ha vuelto insostenible la vida en el planeta y la única opción es salir de él. Y, contrario al doble aniquilado en El gran truco, hay en Interestelar un “doble” de la especie que hace posible esa huida. La película, en este sentido, se vuelve mucho más luminosa que toda la filmografía previa del cineasta inglés. Para Dunkerque el fenómeno de la humanidad salvándose a sí misma es rastreado en el pasado y el momento elegido para representar esa inflexión es una batalla en 1940 en la ciudad francesa con ese nombre. Las tropas aliadas se encuentran abatidas y acorraladas en la playa por el ejército alemán. Churchill, a fin de tratar de revertir esa “desastrosa” misión, envía a un grupo de navíos civiles a rescatar a los cientos de militares ingleses mientras aviones Spitfire combaten en el aire. Se llamó la Operación Dinamo. Nolan elige, para contar esta historia, nuevamente la dislocación temporal a partir de la segmentación en tres momentos de distinta duración: el muelle, 1 semana; el mar, 1 día; el aire, 1 hora. La estructura de tríptico ya había sido empleada por Nolan en El origen (Inception, 2010) donde la profundización en los niveles del sueño altera la percepción del tiempo, lo mismo que un agujero negro; y en la ya lejana El seguidor donde tres momentos de la historia en principio inconexos transcurren progresivamente hasta tocarse. La sensación en el espectador en Dunkerque no es tan confusa como en cintas previas, lo que provoca que toda la tensión se concentre en el hecho único de la supervivencia.

En “El muelle”, Tommy (Fionn Whitehead) logra salir ileso de la ciudad de una ráfaga de balas alemanas para de inmediato ver cómo un cúmulo de bombas caen del aire sobre las expectantes e indefensas tropas aliadas. Tras esta frenética e hipnótica secuencia conseguida gracias a la exacta edición del ya recurrente colaborador de Nolan, Lee Smith, y a la monumental fotografía de Hoyte van Hoytema, las peripecias de Tommy no decrecen y, en compañía de Alex (Harry Styles) y “Gibson” (Aneurin Barnard), su semana se convierte en huida de un barco que es hundido a otro que está por hundirse. En “El mar”, mientras tanto, la embarcación de la familia Dawson, dirigida por el padre, su hijo Peter (Tom Glynn-Carney) y el impulsivo pero inmaduro George (Barry Keoghan), obedecen prestos la orden de Churchill de viajar a Dunkerque para traer soldados de vuelta a casa. Finalmente, en “El aire”, tres Spitfire hacen frente a los aviones alemanes consiguiendo en esa subtrama algunas de las secuencias más destacables de la cinta. Sin duda, es en “Gibson” donde mejor se evidencian las intenciones de Nolan en la construcción de sus personajes ya que el peso no recae en su historia personal sino en el simbolismo que condensa. “Gibson”, un soldado francés que se hace pasar de soldado británico con tal de salir vivo de Dunkerque, es quien mejor encarna el desmoronamiento del “Viejo Mundo”: la ruptura de las lealtades. Por otro lado, el comandante Bolton que permanece en Dunkerque aún después de que todos los militares ingleses han sido evacuados, evoca una parte de ese “Nuevo Mundo” que se asoma en las declaraciones de prensa que Tommy y Alex encuentran en el periódico.

Es bien sabido que el fin de la Segunda Guerra Mundial trajo consigo la instauración de un “Nuevo Mundo” con Estados Unidos a la cabeza y la Unión Europea como promesa de reconciliación y solidaridad continental. Es en este punto donde hay quien ha señalado a Dunkerque como una crítica al momento que actualmente vive Europa: por un lado, la “huida” de Inglaterra ante el inminente colapso —el Brexit— y, por otro, las repetitivas tomas de chalecos salvavidas que apuntan al compromiso ético que la Unión Europea no debe olvidar en su trato con los migrantes que cruzan el Mediterráneo. No obstante, esta interpretación del filme se derrumba precisamente por el infundado optimismo sobre ese “Nuevo Mundo” que puede rescatar al “Viejo Mundo” de ahora. El estado ruinoso de Occidente se ha generalizado y ni los Estados Unidos ni la Unión Europea se vislumbran como posible vía de escape. En este sentido, resultan más “reales” los personajes rotos, atribulados y sombríos de las cintas previas de Nolan: desde Leonard (Guy Pearce) en Memento (2000) hasta Dom (Leonardo DiCaprio) de El origen pasando por la compleja versión de Bruce Wayne (Christian Bale) y aún por el ambiguo detective en Insomnia (2002) Dormer (Al Pacino). Y es que en Interestelar Nolan nos entrega una cinta de una humanidad que todavía no aparece, mientras que la humanidad sobreviviente de Dunkerque está en una agonía irreversible si no es que, en los diagnósticos más certeros, hace mucho que dejó de existir.