Memorias del subdesarrollo:

el paisaje cubano en forma de narrativa


Por Luis M. Rivera

Memorias del subdesarrollo:

el paisaje cubano en forma de narrativa


Por Luis M. Rivera

 

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Desde que supe que el paisaje sería el eje en torno al que rondaría el segundo número de Correspondencias. Cine y pensamiento, lo primero que me vino a la mente fue la imagen del crítico, cinéfilo —que puede ser el mismo— o cualquiera que se pare frente a una pantalla de cine, protestando porque la película en turno se trata de un cine —al que además se ha acuñado peyorativamente el término— “contemplativo”; un cine que no persigue al personaje sino que espera a que el personaje encuentre o abandone el encuadre, ese cine que se construye a partir de secuencias fijas y prolongadas, al que se ataca argumentando una pereza del realizador y no una falta de esfuerzo del espectador.

Aunque esto no se trata de una defensa de esa clase de realización, sí lo es de otras formas de representación paisajista ajenas a las convencionales, de las que aluden a distintas herramientas para contar un sitio, para plasmar una idea de lugar.

En la mayor de las veces y con suficiente razón, se vincula en automático al paisaje con la naturaleza, lo rural, algo que por ende descalifica a cualquier postal de espacios urbanos digna de una belleza equivalente. Es una constante escuchar la afirmación de que sólo es posible mirar el paisaje desde las alturas, de que sólo si el aire te pega en el rostro estás disfrutando verdaderamente de “la vista” de un lugar. No se toman demasiado enserio a los paisajes a ras de tierra, las extensiones marginales: un basurero de gran capacidad, una zona de decenas de viviendas hacinadas o una ciudad abandonada repleta de terrenos baldíos.

En el cine, la forma de acercar los paisajes a la cámara suele ser a través del espectáculo de la luminosidad, a través de tomas con lentes abiertos y vistas llenas de esplendor. Sin embargo, creemos que no es la única manera ni el único tipo de paisaje. Hay paisajes citadinos que se cuentan con palabras y emociones. De maneras múltiples: música, voz en off, diálogos cercanos y a la distancia, o sí, con imágenes pero que no tienen en el medio precisamente un horizonte que alcanzar, ni una paleta de azules que apreciar.

Generalmente se valora al paisaje cuando su exposición es de periodos variados y el tiro de la toma es profundo, cuando los colores son vívidos y los encuadres abiertos. Las películas —sobre todo las últimas— de Terrence Malick, quizá sean el ejemplo de lo que un amante del cine de Hollywood tiene como concepto de paisaje, y quizá se trate de un buen referente si nos cernimos a que basta el despliegue técnico y el estilo refinado de un director para alcanzarlo. De otra manera, el paisaje puede tomar decenas de caminos más, perspectivas que nos adentren a conocer otras tesituras de una cultura.

Memorias del subdesarrollo de Tomás Gutiérrez Alea es la película cubana que quizá mejor retrata el paisaje político y social de la isla durante los años 60, esos en donde el castrismo gozaba de su primera gran etapa y en la que Fidel Castro aún se hacía llamar Primer Ministro de la República de Cuba. «República. Luego vendría la permanencia».

No hay mayor referencia de Cuba en sus últimos 60 años que Fidel, y aquí dos retratos contados que nos brindan una claridad pavorosa de lo que fue una época de autoridad y luego, 50 años más tarde, una de decadencia negada por la necesidad de seguir presente. Uno en pantalla y otro en papel, pero los dos a través de las palabras, que son las que defendemos acá.

1. «Cuba libre e independiente, ¿quién iba a sospechar todo esto? Sin el aire imperial. Nosotros sabemos lo que hacemos, y sabemos cómo debemos defender nuestra integridad y nuestra soberanía. Y de todos será la victoria, patria o muerte. Venceremos». Eso decía Fidel Castro en una secuencia de Memorias del subdesarrollo en la que aparece dando un discurso por televisión. Una seguridad aplastante que rozaba en la soberbia.

2. «El 12 de enero [de 2015], desde algún lugar, Maradona muestra una carta que Fidel Castro le envía, donde lo menos importante es lo que la carta dice. Si Fidel Castro quiere decirle algo a Maradona, no tiene que enviarle una carta, no estamos en el siglo XIX. Con llamarlo al celular tiene. O con hablar por Skype (en caso de que tenga Skype, que el resto de los cubanos no). Maradona es el pretexto. La carta lo que busca es callar bocas. O destaparlas más, quién sabe». Esto escribe Carlos Manuel Álvarez Rodríguez en La Tribu. Retratos de Cuba (Sexto Piso, 2016), en uno de los primeros capítulos del libro. Una mediatización que ni el Fidel más globalizado hubiera aceptado en algún tiempo.

Gutiérrez Alea inserta esas palabras de Castro en una especie de intento de contraste con la visión que él busca dar de Cuba en la película. Coloca el discurso de Fidel como un bicho raro frente al soliloquio del personaje que interpreta Sergio Corrieri a lo largo de 97 minutos. Vemos dos caras que no son compatibles pero que sobreviven en un mismo espacio territorial.

Álvarez Rodríguez va más allá —un libro lo permite así— y en unas cuantas líneas nos habla de Fidel y su aún vigente fama mundial, de la necesidad de Castro por saberse vivo por el planeta, de la precariedad que viven los cubanos y de la permanente ambición política del castrismo para tener la razón.

Ahí están dos paisajes, dos maneras de contar a Cuba por medio de la narración, perfectamente trasladables uno al ámbito del otro. Aunque una manera no tenga nada que ver con el cine, la de Carlos Manuel, bien podría ser parte de la narración de un documental (como en gran medida lo es Memorias del subdesarrollo) en la que se cuente la Cuba de la apertura al mundo, la Cuba de Raúl Castro, la Cuba donde Barack Obama ya ocupa un lugar.

Luego, el mayor retrato sobre el paisaje que describe Gutiérrez Alea de la Cuba que él observa, es a través de palabras de su protagonista: «una de las cosas que más me desconciertan de la gente, es su incapacidad para sostener un sentimiento, una idea sin dispersión. Helena demostró ser totalmente inconsecuente, es pura alteración, como diría Ortega, no relaciona las cosas. Esa es una de las señales del subdesarrollo, incapacidad para relacionar las cosas, para acumular experiencia y desarrollarse. Es difícil que se produzca aquí una mujer trabajada por los sentimientos y por la cultura, el ambiente es muy blando. Todo el talento del cubano se gasta en adaptarse al momento. La gente no es consistente y siempre necesitan que alguien piense por ellos».

Nada más que agregar, de lo contrario lo arruinaríamos, ya lo estamos haciendo. La voz en off del personaje de Sergio Carmona retrata toda una perspectiva sobre la Cuba de esos años. La narración que se vuelve paisaje.

Por todo ello, parece necesario defender otro tipo de paisajes, esos que emergen desde las sílabas escalonadas y empatadas con la imagen. Ese paisaje que es posible narrar sin necesariamente verlo en su esplendor, porque las posibilidades cinematográficas no alcanzan, porque las necesidades creativas no lo requieren, o porque simplemente se trata de un manifiesto que tira de la narrativa para contar a la imagen.

En algún lugar de Cuba, alguien debería estar filmando la secuela de Memorias del subdesarrollo, una cinta donde se hable de la Cuba de ahora, de la Cuba que describe Álvarez Rodríguez en una de sus crónicas de La Tribu. «Por no correr riesgos, Cuba ha corrido el mayor de todos: no correr ninguno. Como si el gobierno nos hubiera entrenado durante décadas en la creencia de que la prueba de la Historia, la que había que librar, era un maratón, y de repente, con el inicio del deshiele, no. La distancia era —son ya— los cien metros planos, y competimos contra un país dopado».