La agonía del desencanto

Berserker (2015) de Pablo Hernando


Por Eduardo Cruz 

La agonía del desencanto

Berserker (2015) de Pablo Hernando


Por Eduardo Cruz 

 

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La cinta inicia con una trampa. Como si se tratara del final de una película anterior nos presenta las conclusiones de un extraño y violento asesinato. Elena, una chica sin conflictos aparentes, ha decapitado a su novio. Los detalles del caso son escandalosos e inauguran la intriga, pero esto es sólo una máscara, Berserker (2015) de Pablo Hernando, inmediatamente apuntará su interés en otra dirección.

Así como Agustín del futuro (2011), uno de sus primeros cortometrajes, no es una historia de viajes en el tiempo, Berserker no es una película de misterio ni de corte policiaco, sino más bien la disolución del género o la compresión del mismo en el sentido más práctico. Más cercana a films norteamericanos como The captive (2014) de Atom Egoyan, o Zodiac (2007) de David Fincher, encuentra sus posibilidades en el estudio de su entorno inmediato y construye una suerte de radiografía emocional de nuestro tiempo. En Berserker los departamentos semi amueblados (o amueblados con IKEA), las paredes desnudas y las luces pálidas en una Madrid que nunca se nos muestra como la metrópolis europea acostumbrada, son los síntomas visibles de una enfermedad profunda. El protagonista del film es Hugo Vartán, un joven escritor poco inspirado, atrapado en un contrato que le obliga a entregar una novela nueva en medio de una crisis creativa que lo tiene ensimismado. Hugo es introvertido, se entera mas bien de poco, es torpe, carece de tacto, y sin embargo es curioso. Cualidad indispensable. Su aproximación indirecta al caso le despierta el interés suficiente y lo saca del letargo para iniciar una averiguación en pos de culminar su nuevo libro.

Pero la resolución del caso no es el fin, es el medio. Sólo es un pretexto para estudiar el estado de las cosas. La trampa en el recurso. El desencanto es el virus. El desencanto de toda una generación ahogada en preocupaciones de orden material pero sin opciones, sin un porvenir claro: «Un tipo estuvo en coma durante 19 años, y cuando despertó ¿sabes qué fue lo primero que dijo?, Pepsi. Es triste.» En una larga secuencia a lo largo de una moderna carretera iluminada que nos lleva hacia la ciudad, el epítome del progreso, mientras escuchamos la voz de un personaje que permanece siempre en fuera de campo, se nos dibuja la atractiva idea del vacío, del escape. Todos los involucrados en el misterio eran consideradas personas brillantes, jóvenes con futuros prometedores que en algún punto fueron alcanzados por el miedo. Y lo mismo ocurre a Hugo, su curiosidad es una virtud inaceptable que debe ser apagada. No hay salida. De ahí la desazón, la sensación de sinsentido. El asesinato es sólo una historia dentro de la historia, y no conoceremos de ella más que la anécdota, las elucubraciones y suposiciones finales no aclaran tanto, y su resolución carece de importancia, porque en realidad, nada lo tiene. 

A pesar de todo, la cinta no es pesimista. Es más un retrato realista, sin disfraces, del desahucio actual, de la forma en que nos relacionamos: «Yo no soy policía, soy un tío normal, si me disparan se acabó, lo dejo.» En la historia nórdica berserker es el nombre de una clase de guerrero invencible, sobrehumano, que se lanzaba a la batalla sin miedo al dolor ni a la muerte, una figura casi mítica. Un modelo del que la sociedad moderna carece. Berserker, la película, no es una historia de héroes míticos sino de personas intentando sobrevivir a su tiempo.