Viajeros del tiempo

La idea de un lago (2016) de Milagros Mumenthaler


Por Eduardo Cruz 

Viajeros del tiempo

La idea de un lago (2016) de Milagros Mumenthaler


Por Eduardo Cruz 

 

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La desaparición de una persona deja secuelas que la muerte por sí sola no admite. La ausencia de un cuerpo y la imposibilidad de la despedida se funde con la esperanza de un regreso, aunque las posibilidades sean remotas. Ese estar y no estar se cuela en el recuerdo y se actualiza constantemente, materializándose no sólo a manera de pasado sino también en el presente y en el futuro. Es una presencia que no se marcha por completo, asiste a cada acontecimiento importante y trasmuta su esencia a los espacios y objetos que alguna vez lo contuvieron. ¿Cómo relacionarse con un espacio que evoca a un ser querido? ¿Cómo no apropiarse de él en el recuerdo?

En La idea de un lago (2016), Inés Acevedo se encuentra viviendo una etapa particularmente vulnerable debido a la realización de un libro de fotografía en el que rememora su infancia al tiempo que se prepara para dar a luz por vez primera. Estas dos circunstancias detonan un decisivo interés en su propia genealogía, en la relación con su padre y lo que su repentina desaparición, en tiempos de la dictadura, supuso para la dinámica familiar, interés que había censurado desde niña. La cinta usa las fotografías como dispositivo para volver sobre el tiempo, —la cámara “entra” literalmente en la fotos— y construye la relación de los personajes a partir de momentos y anécdotas ahí contenidas: toda la idea que Inés tiene de su padre surge de ellas. Así, la cinta alterna el presente con diferentes estadios del pasado y nos permite conocer varias versiones de Inés, no en función de descubrir como era antaño, sino como un desdoblamiento de la misma persona en otras, mujeres distintas viviendo la misma circunstancia, cada una con su manera de abordarla. ¿Quién de todas ellas es Inés? La memoria, en su constante revisión, se vuelve pregunta.

Ya desde el título se nos dice más de lo que pareciera; no se trata de un objeto concreto, solo de una idea de él, un relato de lo que fue. La idea de un lago, entonces, puede o no ser la idea de un padre ausente o la de una etapa que no se puede explicar, pero que se condesa perfectamente en la figura de este lugar, por la relación que guardan en el recuerdo. De ahí que el lago que vemos nunca sea real, o no en su materialidad concreta, sino sólo una memoria, la idealización de un fragmento de vida. En él el tiempo está congelado e Inés vive atrapada en sus límites, como flotando sobre una hoja de papel, al borde del naufragio, pero sin poder tocar tierra firme a falta de respuestas. Mumenthaler prefiere ahondar en esa sensación de deriva antes que otorgarnos certezas sirviéndose del color para hacer el énfasis; el azul verdoso, color del lago, inunda las imágenes. En las paredes de su habitación, en las sábanas de su cama, en su ropa, todo su espacio íntimo se lo grita. 

Un tema recurrente en el cine argentino de lo últimos años es la reivindicación de la intimidad familiar, y La idea de un lago se inscribe en ese mismo perfil: el regreso al nicho familiar, a los veranos de la infancia y a los espacios en donde la vida encontró su mayor goce son su materia prima. Es por eso que el tema de la dictadura en el film se aborda desde el interior. No en el hecho determinado sino en las marcas emocionales, en el vacío que perdura.