Vuelo y transparencia

Alba (2016) de Ana Cristina Barragán


Por Rafael Guilhem

Vuelo y transparencia

Alba (2016) de Ana Cristina Barragán


Por Rafael Guilhem

 

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Siempre procuro leer los textos de otros críticos y críticas de cine, pues considero que la reflexión fílmica y una posible discusión, surge en gran medida del diálogo y los disensos entre ellos. Es incluso una aspiración poder referirlos para enriquecer un fin conjunto: el pensamiento alrededor de las películas. En ese sentido, aprovecho para citar una oración que escribió Alonso Díaz de la Vega —un colega que admiro profundamente—, a propósito de Alba (2016), y sobre la que me gustaría trabajar: «más que inscribirse en la breve tradición del cine ecuatoriano, con Alba su directora logra comunicarse con el mundo entero».[1] La frase es infalible y, sin embargo, lo que Alonso encuentra como el logro de la cinta, a mí me resulta su mayor debilidad. De algún modo, Alba está completamente orientada a una cierta idea de universalidad, al grado de que podría filmarse en distintos lugares y seguiría operando igual. La idea de «comunicarse con el mundo entero», impide mantener al cine como «el lugar del otro», como dijera Serge Daney. También, desanima un enfoque singular que proporcione cierta opacidad a la realidad. No se trata de hacer cine ecuatoriano en una línea patriótica, pero sí mostrar lo que significa vivir en Ecuador, o cuando menos, en el lugar donde se propone la diégesis del filme. Ahora bien, ¿es una obligación de todo cineasta apelar al territorio desde donde se habla? Es discutible, pero no eludible. Alba, la película, es un objeto que entra en un circuito global de bienes, si se quiere, en una esfera alternativa como pueden ser los festivales de cine. No es mi intención atacarla, porque creo que la película tiene cualidades innegables, tan sólo poner en tela de juicio este aspecto en su proceder que seguramente corresponde a una visión de las cosas deliberada.

De modo que, hablar desde la nacionalidad del filme, me resulta poco provechoso, y creo en cambio, que abordarla desde el género de su directora Ana Cristina Barragán nos da algunos elementos importantes. Aquí hay que ser claros, o de otro modo sería un absurdo. No me refiero a una suerte de feminidad biológica o algún sustrato que está en toda mujer. Por el contrario, hay en esta condición social y cultural, una mirada que muestra lo que históricamente no ha sido mostrado (tal vez en esas coordenadas se halle la particularidad que me interesa). En este caso Alba —encarnada por una Macarena Arias de rasgos fieros y contundentes—, es una niña que se enfrenta a algunos cambios en su vida. Por un lado, las transformaciones corporales propias de la edad, y por el otro, el hecho de tener que irse a vivir con un padre al que desconoce por completo, luego de que su madre cae severamente enferma. Esta inadecuación, se acentúa en otros aspectos de su vida como la escuela donde difícilmente se relaciona con las y los niños de su edad. No es baladí que los personajes de Alba y el padre permanezcan en silencio de manera casi permanente, como dos seres solitarios que no logran formular con palabras la cotidianidad de los encuentros. Su inocencia en cambio, logra traducirse en una caracterización inteligente de la preadolescencia que, en apenas unos cuantos trazos, le da complejidad e incluso, contra todo presupuesto, aparece como una ramificación de la adultez. Son estas variables las que no permiten a la joven encajar con lo que la rodea, ni siquiera con su padre con el que al final tendrá un gesto de absoluta ternura y redención; sin la necesidad, una vez más, de una sola palabra. Ni mucho menos, de un drama desmedido o exacerbado.

Las tomas y los sonidos son de una ligereza encomiable; sostenida en una paleta de colores pálida y blancuzca, sobre la que pareciera todo puesto para desenvolver una trama sublime, y donde, sin embargo, hay un dejo de dureza siempre subyacente y contenido, como la atmósfera de un cuento de hadas donde la crueldad latente, es el sacrificio por donde tienen que transitar los personajes que descubren el mundo de los adultos. Esta paradoja entre lo hermoso y lo perturbador, hace que Alba haga dudar a nuestras certezas de la amabilidad que parece recibirnos en la textura de las imágenes. El contraste entre precisión y amplitud, por otro lado, es poco visitado por la mirada masculina dominante, que no parece observar cómo habitan los cuerpos y sus pequeños movimientos en el espacio, dándole un contorno, un peso y una consistencia. La de Ana Cristina Barragán en cambio, es una mirada arqueológica que rescata la profundidad que ocultan las cosas en apariencia insignificantes, pero que, en suma, son los elementos clave que estructuran y desestructuran cualquier vida, aun cuando no los consideremos a cabalidad. 

La cámara en mano sigue siempre los pasos de los personajes con una sensibilidad traslúcida, como si no le interesara el artefacto cinematográfico más allá de que permite acariciar una cierta transparencia (un recurso poco visto pero vital), que es otro elemento donde creo, se imprime una feminidad que siembra entre simplezas, una red de micro-sucesos casi imperceptibles —con el detalle y la escala microscópica enfocada a las vidas íntimas, casi interiores— pero de gran complejidad. Podríamos incluso emparentarla con algunas películas de Naomi Kawase, o con La fe del volcán (2001) de Ana Poliak, donde el cine es llevado a sus rasgos mínimos, al grado de separarse de su ontología tecnológica, y disponerse, como un delgado hilo de voz que ocupa los espacios descuidados e ignorados, a encontrar alguna mirada que viaja como atada a las endebles alas de una mariposa emprendiendo el vuelo.  


FUENTES:
[1] Alonso Díaz de la Vega, Alba, o la universalidad del destierro,
El universal, consultado el 1 de noviembre de 2017.