Grazie, mamma

Dulces sueños (2016) de Marco Bellocchio


Por Victor Villagómez 

Grazie, mamma

Dulces sueños (2016) de Marco Bellocchio


Por Victor Villagómez 

 

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Niño entre adultos taciturnos
y sus terribles niñerías,
niño por los pasillos de altas puertas,
habitaciones con retratos,
crepusculares cofradías de los ausentes,
niño sobreviviente de los espejos sin memoria.
Octavio Paz

¿Qué pasa cuando la mirada de un niño es más lúcida que la de un adulto?, ¿corresponde a una visión que encarna prejuicios o se refugia en la inocencia?, ¿un niño comprende mejor lo que nos vuelve humanos? Ese mismo niño, ¿puede explicarse totalmente a través de la sensibilidad de un director de cine?

Dulces sueños (Fai bei sogni, 2016) es la más reciente película de Marco Bellocchio —contemporáneo de otros directores italianos como Pier Paolo Pasolini y Bernardo Bertolucci— donde muestra al reflexivo y audaz Massimo, un niño que resulta distanciado de su madre por la muerte. Anhela tenerla cerca, tan cerca que desearía morir para estar con ella. Desea también, esa imagen que desde ahora falta a su vida, aquella que nunca tuvo tiempo para cobrar figura ante la repentina partida de su madre. Esta muerte insospechada y atroz, provoca reflexiones en Massimo sin que siquiera él tenga plena conciencia de éstas. Algunas de ellas se oponen a los dogmas religiosos, o, por lo menos, a cuestionar más allá de la fe. También provoca recuerdos de su madre bailando y cantando después de rezar de manera distinta a como lo hace el padre, observando cómo su deseo va más allá de lo que la religión pueda escuchar.

En Massimo re-encarna/re-encanta la infancia del mundo, de todos nosotros. Una infancia de sentimientos y de primeras experiencias con nuestra madre. Después de esa muerte, Massimo crece al lado de su padre y con la ayuda de Belfegor —un personaje de una serie que veía con su madre, y que a su vez provoca miedo en el niño al mismo tiempo que éste se esfuerza para perderlo—. Massimo crece y con él algunas cosas. Llegan los amigos que todavía tienen alguien que los quiere mientras él no comprende por qué ellos no valoran esa presencia. De pronto, todo cambia para el espectador que empatiza con Massimo al no saber cómo comportarse después de que él ve jugar a su amigo y su madre en una especie de pelea amorosa. Del mismo modo, crece un exaltado amor por el deporte, tiempo después de que su padre lo llevó a ver un partido de fútbol. Un amor que parecerá ocupar el que dejó su madre, y que lo llevará a escribir crónicas deportivas en un periódico, donde se entremezclará una carta de un lector que quejándose de su propia madre, trayendo a la mente de Massimo una vez más ese deseo intenso por haberla tenido a lo largo de toda su vida. Está presente el amor a Elisa, una médico que lo ayuda después de un ataque de pánico, y con la que tiempo después estará bailando en el aniversario de bodas de unos ancianos. Acaso esta escena remite con fuerza a Massimo de pequeño bailando con su madre que ya no está más. 

Dulces sueños es una película que trabaja el amor (que «es sentir gusto por la vida del otro»), el deseo, la pasión, la memoria, el miedo; en general, aspectos que nos vuelven humanos. Los trabaja en el aspecto formal, creando espacios con la cámara y con los cuerpos. Cuerpos fragmentados, cuerpos que desean y sobre todo, que crean una visión del mundo singular que emerge en un montaje de elipsis totales. Imágenes que van del pasado al futuro, y ese futuro que viaja a un tiempo no claro para el espectador; un tiempo que demuestra que, a fin de cuentas, ninguna historia es cronológica y lineal. Algunas de estas historias, pueden ser más complejas para la memoria que han ido elaborando a partir de sus experiencias, forjando imágenes propias que, por lo mismo, faltan en alguna realidad.

Los planos, son creados a partir del tiempo impreso en la pantalla, es decir, respetando el vestuario, la música, las miradas, las situaciones que suceden en esos años de los que nos hablan las imágenes. Se trata de una película que nos devuelve la mirada y nuestros recuerdos; dejándonos preguntas tan claras como aquellas que, inevitablemente, se hacen todos los humanos.

En mi casa los muertos eran más que los vivos.
Mi madre, niña de mil años,
madre del mundo, huérfana de mí,
abnegada, feroz, obtusa, providente,
jilguera, perra, hormiga, jabalina,
carta de amor con faltas de lenguaje,
mi madre: pan que yo cortaba
con su propio cuchillo cada día.

Octavio Paz