Bocetos de una guerra inacabada

Abril y el mundo extraordinario (2015) de Christian Desmares y Franck Ekinci


Por Samuel Lagunas 

Bocetos de una guerra inacabada

Abril y el mundo extraordinario (2015) de Christian Desmares y Franck Ekinci


Por Samuel Lagunas 

 

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Cavamos las primeras trincheras. El tiempo de los soldaditos de plomo
en hileras de cuatro, ocho o dieciséis se había acabado. Nos habíamos
convertido en cavadores que mantenían en buen estado sus propias
fosas comunes.
Jacques Tardi y Jean-Pierre Verney, Puta guerra (1914-1919).

Leo Puta guerra (1914-1919), quizá el trabajo más descarnado y honesto en toda la producción de Jacques Tardi. En él el personaje central, un soldado al que no le queda otra más que estar ahí, describe con horror y lucidez el día a día de la vida en las trincheras y la futilidad de los sanguinolentos combates. Para el anónimo soldado, en la guerra los hombres se convierten en bestias: «un rebaño de brutos acostumbrados a las heridas terribles, a las tripas abiertas, a los miembros arrancados del tronco.» A Tardi le ha obsesionado la guerra desde sus primeras publicaciones. Y las bestias. Su otra gran pasión son las heroínas. Allí está su personaje más conocido Adèle Blanc-Sec, mujer que lucha y escapa de criminales que pueden ser científicos locos o animales mutantes. Adèle Blanc-Sec es la hermana mayor de la más reciente heroína de Tardi: Abril. O al menos, así ha definido el dibujante la relación entre ambas: como hermanas: un par de mujeres que van a contracorriente en un mundo donde parece ser que sólo la guerra permanece.

Abril (Marion Cotillard) es la última descendiente de los Franklin, una familia de notables científicos que, generación tras generación, ha dedicado su vida a crear un suero que sea capaz de volver inmortal a quien lo tome. Pero el mundo de Abril no es el nuestro. Si a Tardi siempre le ha rondado la cabeza la pregunta sobre cómo sería Francia —y Europa— si no hubiera estallado la Primera Guerra Mundial, en Abril y el mundo extraordinario (Avril et le monde truqué, 2015), dirigida por Christian Desmares y Franck Ekinci, la interrogante se remonta a otra batalla decisiva en la historia del país: la guerra franco-prusiana de 1870. Tras un desastre científico que acaba con la vida de Napoleón III, el nuevo regente logra concretar la paz con sus enemigos y así se inicia un proyecto de cooperación europeo que, entre sus acciones, recluta a todo científico importante para que dedique su trabajo a los intereses militares del gobierno (sí: Tardi se ha esforzado en imaginar un mundo sin guerra, pero se ha vuelto a topar con ella en cada esquina). Quien se resiste a cooperar, es perseguido. Tal es el caso de los Franklin, quienes son cazados por el torpe detective Pizoni (Bouli Lanners), sobre el que recaen todos los slapsticks de la cinta.

Después de que una misteriosa nube negra atente contra el dirigible-teleférico que une a París con Berlín en el que viajaba Abril con sus padres y su gato Darwin (Philippe Katerine), Abril se verá forzada a crecer sola y a sobrevivir gracias al hurto y al escape, al mismo tiempo que continúa con la investigación familiar. Un inesperado reencuentro con su abuelo Pops (Jean Rochefort) le devolverá la esperanza de rencontrar a sus padres y llevará a ambos, junto con Darwin y el truhan Julius, a explorar un mundo subterráneo gobernado por reptiles que intentan utilizar el suero de los Franklin para acabar con la vida humana y rescatar el planeta de la extinción.

La imaginación de Tardi y de los directores nos lleva a un París atascado en la primera revolución industrial: la de la máquina de vapor. El hollín ha saturado el aire obligando a algunos a usar máscaras antigas para salir a la calle. La necesidad del carbón como combustible ha acabado con los árboles, de ahí que los escenarios sean tan grises como robóticos: llenos de artificios, de construcciones pesadas, de máquinas lentas. Ahí radica la gran propuesta temática y ética de la cinta: los avances tecnológicos solo son posibles cuando las y los científicos son plenamente libres, cuando no sujetan su trabajo ni su conocimiento a ningún tipo de régimen autoritario. Este himno a la autonomía del científico se convierte en una defensa de la autonomía del artista y de toda forma de expresión y pensamiento (no olvidemos que el caricaturista francés ya rechazó en una ocasión la Legión de honor, el máximo reconocimiento que otorga el gobierno francés a sus ciudadanos). Mientras que el abuelo Pops es presentado como el modelo de científico emancipado, Abril y Julius se convierten hacia el final en modelos de una humanidad distinta, en la que se puede elegir y pensar sin coacción. Precisamente, Abril y el mundo extraordinario resulta espléndida en su momentos más libres y más disparatados, (una vez que a la casa le salen pies —inobjetable guiño al castillo ambulante de Miyazaki— y comienza a moverse por todo París, la película entra en un maremoto de acontecimientos y ocurrencias tan frágil como efectivo), pero algo árida en su representación de lo convencional (todo el primer acto que ocurre en la ciudad, en este sentido, se siente lento aunque esté plagado de persecuciones). A pesar de ese escollo, la primera incursión de Tardi en el cine es una experiencia visual más que satisfactoria y provoca en los espectadores una reflexión siempre pertinente sobre el poder, la libertad, la unión y las responsabilidades éticas que tenemos con quienes nos rodean y con nuestro planeta.

Si Puta guerra (1914-1919) es una excelente puerta de entrada al universo gráfico de Tardi, Abril y el mundo extraordinario es la mejor forma de salir de él con un semblante no tan apagado y con una actitud mucho más esperanzadora, ya que, a pesar de que oigamos por momentos los estertores de muerte de la humanidad, sólo son falsas alarmas. La verdad es que todavía estamos aquí, sin rendirnos, y ésa ya es una buena noticia.