El color del dinero

Verde (2016) de Alonso Ruizpalacios


Por Eduardo Cruz 

El color del dinero

Verde (2016) de Alonso Ruizpalacios


Por Eduardo Cruz 

 

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El ser humano es indefectiblemente un ser de hábitos; el lugar en el que vive, el camino a la oficina y la hora en que suele comer o dormir marcan pautas en el día a día de cada persona. Una forma de inercia que genera estabilidad a la vez que una manera de encontrar un sentido y de organizar el estar vivo. Por esta razón, lo cotidiano establece seguridad. Es así que el rompimiento abrupto de la rutina convulsiona una vida: una mudanza, perder el empleo, un nuevo bebé, son situaciones que ponen a prueba la resilencia de una persona debido al gran cambio que significan, y porque en general, dichas rupturas traen consigo muchas otras.

En Verde (2016), Alonso Ruizpalacios ensaya, en apenas 22 minutos, los alcances del quiebre de una rutina en una situación límite. Su protagonista, Ariel, chofer de una compañía dedicada al transporte de valores, es responsable cada día de la seguridad de enormes cantidades de dinero. Labor que exige concentración, tenacidad y un estricto protocolo de trabajo, no solo por el riesgo sino también por la importancia de su realización. El filme, anecdótico, concentra su desarrollo narrativo en los instantes previos a un desfase en la operación que coloca a Ariel en la posibilidad, nunca antes imaginada, de acceder al dinero para sí, poniendo en jaque su posición moral respecto de su trabajo y su futura familia. El shock producido por este acontecimiento enorme, que no debía pasar, genera un hueco por el que se escapan sus preocupaciones y angustias más íntimas, las mismas que había logrado mantener a raya a partir de la repetición incesante de una rutina que le permitía no pensar y es este intersticio en el que para Ariel se dibuja la posibilidad de poner fin a sus desvelos.

En ese sentido, el filme podría entenderse como un juego de velocidades, internas y externas al plano, que comprenden la ansiedad y el reposo. Ya desde la secuencia inicial la cinta nos anticipa el vértigo, pero inmediatamente la cotidianidad se impone en forma de conversaciones casuales entre Ariel y sus compañeros, de tomas frontales que buscan sólo el reconocimiento y la confesión de los personajes, dando el tiempo para organizar la calma. Previo al desfase mecánico, el tiempo se ralentiza, cada elemento al rededor de Ariel que tendrá un papel en el juego se posiciona sobre el tablero, y en el momento del robo ocurre una re aceleración total del tiempo en el plano, la dimensión sonora y el movimiento de cámara persiguen el tropel interno de Ariel, y el tiempo del espectador se modifica en función de ello. A partir de entonces, y hasta que la normalidad sea apenas restablecida, cada sonido alrededor cobrará la importancia de una posible amenaza, y la imagen, el ritmo de una respiración exaltada, hasta que lentamente recobré el aliento.

Ruizpalacios es un director siempre interesado por la experimentación formal, ya desde cortometrajes como Café paraíso (2008) o El último canto del pájaro Cú (2010) y en los guiños a la Nouvelle vague en Güeros (2014), su único largometraje hasta el momento, se percibe una preocupación por las posibilidades discursivas del montaje. En este caso, resulta además interesante que el cineasta logra trascenderse a sí mismo e instrumentaliza los medios de la forma puramente cinematográfica en función de lo que está contando y crea momentos —como la escena de la ecografía impresa que cobra movimiento— que contribuyen a consolidar el relato.