Confesiones de un cineasta

Autocrítica de un perrito burgués (2017) de Julian Radlmaier


Por Eduardo Cruz 

Confesiones de un cineasta

Autocrítica de un perrito burgués (2017) de Julian Radlmaier


Por Eduardo Cruz 

 

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En entrevista, la cineasta argentina Lucrecia Martel sentenció alguna vez: «El cine padece un mal, está en manos de una sola clase social».[1] Dicha aseveración, atinada como pocas, podría sin embargo aplicarse a casi cualquier disciplina artística a lo largo de la historia. Desde las Academias en la antigüedad, pasando por los monasterios medievales, en el sistema de mecenazgos del Renacimiento, las galerías en el siglo XIX y por supuesto, las ferias y bienales en el periodo postmoderno, han servido de escaparte para lanzar las carreras de grandes creadores, personas que, antes o después, forman parte de una exclusiva élite. El cine, a pesar de su promesa de democratización y del avance tecnológico, sufre también de la hegemonía de clase detrás de su manejo. ¿Qué implica esto para los discursos y las preocupaciones que atañen a la imagen cinematográfica? ¿Acaso, durante todo este tiempo, hemos estado viendo solamente miradas privilegiadas?

Partiendo en el punto opuesto a El otro lado de la esperanza (Toivon tuolla puolen, Aki Kaurismaki, 2017) pero de alguna forma abordando las mismas preocupaciones y con similar registro humorístico, la más reciente cinta del alemán Julian Radlmaier Autocrítica de un perrito burgués (Selbstkritik eines bürgerlichen Hundes, 2017) traza, hacia dentro y hacia fuera del filme, una reflexión sobre la validez moral de los discursos políticos propagados desde la cúspide del seno burgués, en este caso desde la vida de un joven cineasta berlinés, cuya carrera estancada lo tiene en medio de una crisis económica que le motiva a preparar una película sobre el sueño comunista. Esta situación planteada en el inicio del filme, probablemente más común de lo que creemos, irremediablemente hace surgir un par de preguntas: ¿puede un cineasta alemán, privilegiado como pocas personas en el mundo, hacer un filme que en esencia explore un discurso «anti capitalista»?, ¿para hacer una película «anti-capitalismo», es necesario exigirle al autor no pertenecer a la burguesía? La resolución a dicho cuestionamiento puede resultar tramposa. A la vista de los tiempos que corren extrapolemos la idea: ¿podría un cineasta hombre, heterosexual, cisgénero, hacer una película honestamente feminista? La respuesta obvia en este caso, pero tal vez también en el anterior, sería sí. El conflicto en ambas situaciones parece tener que ver con la capacidad de empatía, relación con la propia otredad y con un profundo análisis de lo que nuestros modos de vida implican en la vida de otros. En Autocrítica de un perrito burgués, el problema principal de su protagonista —y causa del castigo que lo convierte en perro—, resulta porque sus planes de realizar dicho filme no pasan por cuestionar sus privilegios, sino que surgen de su obligada mudanza a una granja de manzanas para poder trabajar, y de su interés por conquistar a Camille, una chica que recién conoce.

Con un marcado tono de fábula infantil, que Radlmaier construye con cuidado a partir de encuadres simétricos, filmando a sus actores a la manera de un retrato, en un perfecto contraste con el fondo de colores saturados y un lúdico uso de fragmentos musicales, la cinta se desarrolla como una velada lección de teoría marxista en forma de comedia, manejando complejísimos términos de manera sencilla, que recuerda al Godard de La chinoise (1967). En la granja de manzanas, punto climático del filme, Radlmaier pone en operación un caldo de cultivo a partir de un grupo de personajes que reúnen la mayor parte de elementos que integran la sociedad alemana contemporánea, generando en este encuentro de estereotipos encantadores —incluyendo una versión actual de San Francisco de Asís— un cúmulo de relaciones inesperadas que ponen en jaque las ideas preconcebidas alrededor de conceptos como proletariado, revolución, comunismo, espíritu político, conciencia de clase, entre otros.

El filme, que comienza en Berlín y que después de una peregrinación por Italia termina en un supuesto Festival Internacional de Cine de Venecia en el que Julian, —personaje y director a la vez— presenta al fin su propia película. Puesta en abismo de ida y de reversa que revela el peso de los discursos emitidos sobre las personas de a pie sobre las que teorizan y decisión que pone en cuestión su propia posición frente al conflicto y lo aleja, en apariencia, de la autosuficiencia moral. Al final del día es imposible no ser parte del sistema, se escribe y se filma siendo parte de él. La pregunta que queda es: si eres de los afortunados en tener la oportunidad, ¿qué harías con ello? 

 


NOTAS:
[1] Iván Pinto Veas, «Lucrecia Martel», en laFuga, 17, Chile, 2015, <http://2016.lafuga.cl/lucrecia-martel/735> [consulta: 13-02-2018].