Marcello y el rescate de lo inútil

Bella y perdida (2015) de Pietro Marcello


Por Ivonne Villalón 

Marcello y el rescate de lo inútil

Bella y perdida (2015) de Pietro Marcello


Por Ivonne Villalón 

 

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La más reciente película del historiador de arte napolitano, Pietro Marcello, toma su nombre de una estrofa de Nabucco, de Giuseppe Verdi, que canta: «mia patria sì bella e perduta». En ópera, aunque habla del exilio hebreo en Babilonia, hizo de la patria italiana un himno y de la nostalgia por la tierra natal, un verso. No hay exilio libre de nostalgia, ni exento de crítica.

Bella y perdida (Bella e perduta, 2015) es un delirio fabulesco y nostálgico que concurre en un no lugar similar al del exilio: la frontera entre la tierra añorada y la actual, entre el documental y la ficción, entre la realidad y el mito. El guion conjunto de Marcello y Maurizio Braucci, aunado a la fotografía de Salvatore Landi, danzan en una superposición de dimensiones poéticas audiovisuales cargadas, a la vez, de denuncia política. En Carditello, al sur de Italia (tierra natal del actor Tommaso Cestrone), un humilde pastor se vuelve voluntariamente defensor del castillo borbónico del pueblo. Pese a la indiferencia estatal y contra la Camorra, que no ha parado los saqueos de arte en el Castillo. A la par, rescata y adopta a Sarchiapone —un búfalo macho condenado a la muerte por no ser productivo en la economía—. A su muerte, Pulcinello, mediador mítico entre los vivos y los muertos, llega para salvar al búfalo, ahora huérfano. Entre derivas filosóficas y paisajes dignos de postales, recorrerán juntos las tierras italianas, tan bellas como perdidas, entre intereses de la mafia, la ineptitud del Estado y el rezago económico.

Pulcinello renuncia a su inmortalidad, y con ello, Sarchiapone es arrojado a su mortal destino. En esa lágrima de búfalo, se oyen los ecos de Robert Bresson en Al azar de Baltasar (Au hasard Balthazar, 1966), pero más fuerte aún, se escucha el clamor de una de las principales denuncias del filme: la relación entre hombre y naturaleza, marcada más por la depredación y el desecho, que por la convivencia. Así planteado, es cierto que «en un mundo que niega tu alma, ser búfalo es un arte». Sin nada más que su tenacidad y unas cuantas ovejas, Tomasso surge como un héroe ruinófilo —un casi santo que vela por lo inútil en un mundo donde todo ha de dar ganancias para merecer la vida—. Una vez más, Marcello propone un personaje que recuerda al viejo de Il passaggio della linea (2007) o a Enzo Motta de La bocca del lupo (2009), todos hombres reales, valientes y decididos que viven a contrapelo, pagando altos costos por oponerse al sistema que rige su tiempo.

Filmada en 16mm, Marcello secunda a Tomasso en su defensa formal de lo obsoleto, lo descartado, y lo convierte en poesía. Ambos ven el arte en lo que otros califican de ruina. Por más que el ser humano insista en devorar otros seres humanos, en depredar la naturaleza y descartar lo sublime, Marcello voltea la mirada a los pastores. Con los ojos plagados de una nostalgia crítica, Marcello gira la vista hacia el pasado de lo que alguna vez fue un oasis napolitano, y señala el futuro que no llegó y que se plasma en las ruinas presentes. Partiendo del Tomasso de nuestros días hasta los pastores de principios del siglo XX, la fábula de Bella e perduta se revela como un alegato en favor de la vida, un manifiesto de amor por la tierra natal, tan bella como perdida. Cabe recordar que «las fábulas y sueños, además de imaginar, deben decir la verdad».