Promesa de eternidad

Llámame por tu nombre (2017) de Luca Guadagnino


Por Eduardo Cruz 

Promesa de eternidad

Llámame por tu nombre (2017) de Luca Guadagnino


Por Eduardo Cruz 

 

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El siciliano Luca Guadagnino es un cineasta interesado en el drama de las altas esferas sociales en Italia. Una breve revisión a sus películas muestra que en que su obra reciente confluyen dos temas: por un lado la vida de personajes enormemente privilegiados, no solo en el ámbito económico, sino también cultural y simbólico, cuya rutina, resuelta gracias a la estabilidad que dicho privilegio proporciona, se derrumba con la aparición de algún personaje extraño. Y por el otro, el deseo nunca antes experimentado que este desconocido desata en ellos con su llegada. Si en Yo soy el amor (Io sono l’amore, 2009) retrataba el conflicto de una mujer madura, madre de una acomodada familia en Milán, que cae rendida ante el amigo extranjero que su primogénito trae consigo de la universidad, y en Cegados por el sol (A bigger splash, 2015) se asoma a los apuros de un grupo de millonarios, alejados del mundo en una isla italiana, y en el juego de relaciones que tejen entre ellos al saberse lejanos de las preocupaciones comunes, su más reciente filme, Llámame por tu nombre (Call me by your name, 2017) explora la incertidumbre que surge del descubrimiento del deseo como fuerza que rige el mundo.

Elio, un bien educado adolescente con refinado gusto por la música y literatura, pasa el verano con sus padres en una vieja casa en la Riviera italiana. Al mismo lugar llega Oliver, un bien parecido universitario estadounidense, para realizar practicas con el padre de Elio, un reconocido arqueólogo. Entre Oliver y Elio surge una relación que, si al principio pareciera antagónica —incluso por la fonética de sus nombres— bajo la superficie esconde admiración y necesidad de cercanía mutua. Como en Teorema (Pier Paolo Pasolini, 1968), cinta que también exploraba la vida de la alta burguesía italiana de la segunda mitad del siglo pasado, la llegada de Oliver —l’usurpateur—fascina y encanta a todos a su alrededor. A diferencia del filme de Pasolini —además de que este presagiaba el hundimiento de las clases altas— el origen del visitante no es divino ni misterioso, pero su relación con Elio, aunque «secreta», genera un tiempo de excepción, un momento y lugar idílico en el que todos los miembros de la familia quedan atrapados. La casa y algunos espacios, como el río o el centro del pueblo, aparecen como extensión de un sueño irrepetible. De ahí que cada segundo transcurrido parezca un paraíso. Todo lo ahí ocurrido opera con las reglas del deseo e instaura en el espacio un ánimo particular. Guadagnino, con delicadeza y sensibilidad, utiliza la cámara para crear una promesa de eternidad, recorriendo con parsimonia los detalles del paisaje o el interior de las habitaciones, cargando la imagen de un efecto de suspensión del tiempo y otorgando al sonido la labor de retomar la continuidad del presente.

La aparente ausencia de conflicto no debe entenderse como una despolitizada representación de la homosexualidad, al contrario, Guadagnino insiste en construir su narrativa desde la óptica de la exploración del deseo, una postura ya por sí sola suficientemente política. ¿Cómo se expresa el deseo? La cinta traza, a través del montaje, relaciones entre las bellas esculturas con las que trabaja el padre de Elio y los jóvenes y sensuales cuerpos de sus protagonistas. Como en las fotos de la secuencia de créditos inicial, el cuerpo de Oliver es fragmentado a través de los ojos de Elio; su espalda, manos y rodillas, la ropa que viste y los objetos que usa a diario le contienen en su totalidad, convirtiéndose en objetos de culto.

El guion, sofisticada adaptación del también cineasta James Ivory, opta por prescindir de diálogos sobre explicativos. En el filme nada se dice de manera explícita, privilegiando las miradas y los silencios por sobre la palabras. En Llámame por tu nombre Elio y Oliver encontrarán, más allá del cuestionamiento de sus preferencias sexuales, una forma de trascender el tiempo y la confirmación, no dicha, de que la libertad existe en el otro.