FICG 2018: Los ojos de un niño

Restos de viento (2017) de Jimena Montemayor Loyo


Por Eduardo Cruz 

FICG 2018: Los ojos de un niño

Restos de viento (2017) de Jimena Montemayor Loyo


Por Eduardo Cruz 

 

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La mirada infantil sobre el mundo es un tema pocas veces bien resuelto en el cine. Si bien existe todo una producción alrededor del público infantil, el mismo se encuentra atravesado, en general, por nociones preconcebidas acerca de lo que los niños miran o se cree que deben mirar, indagando más bien poco en lo que eso significa. Podríamos definir dos posturas al respecto: por un lado, irritantes niñas y niños que llevan la voz de la madurez y la razón, comportándose como adultos en miniatura sin más, y por el otro, personajes tontos, simple y llanamente por el hecho de ser menores. En ambos casos, la complejidad de la mirada infantil es abolida y suplantada por la que los mayores proyectan sobre ellos.

No obstante, recientemente estrenaron dos cintas que, si bien no van dirigidas al publico infantil, destacan por su tratamiento de la infancia y la aproximación legítima que hacen de su mirada: la norteamericana Proyecto Florida (The Florida Project, Sean Baker, 2017) y la catalana Verano 1993 (Estiu 1993, Carla Simón, 2017), exploran, cada una a su modo, el proceso que el niño enfrenta en pos de la comprensión de duras problemáticas adultas, sin romantizar ni esencializar el conflicto. En sintonía con estas películas, la cineasta mexicana Jimena Montemayor Loyo, estrena su segundo largometraje, Restos de viento (2017), cinta que explora el duelo y el exilio a través de los ojos de un par de inquietos hermanos, Ana y Daniel, y el vinculo que forjan a partir de la repentina muerte del padre y la distancia de una madre que, de tan deprimida, resulta ausente. Este triángulo se complementa con la figura de un extraño espíritu, poco original metáfora del dolor y la confusión que impregna el momento —recurso similar al usado por Juan Antonio Bayona en Un monstruo viene a verme (A monster calls, 2016), por ejemplo—, que subraya innecesariamente el trágico destino del padre, y que sin embargo funciona como detonador del desarrollo emocional del más pequeño de los protagonistas.

A pesar de los diálogos, por momentos anodinos, Restos de viento crece por su cuidada dirección de actores —rasgo poco común en el cine nacional— y la delicada cinematografía de María Secco, que revela con una cámara danzante aunque siempre cerca de los cuerpos, como testigo inquisidor, la deriva que aqueja a Carmen, madre y viuda, extranjera en tierra ajena, aislada y hundida sin tener claro cómo continuar viviendo ni cómo sacar a flote a los menores a su cargo. El enfrentamiento y consecuente amparo que ocurre entre esta mujer rota y sus hijos, sutil pero contundente, da a los personajes infantiles una caracterización digna y conmovedora.

Si los niños son comúnmente más francos, no será porque no manejen una igual gama de emociones que cualquier otro ser humano sin diferenciación de edad, sino porque en general, carecen de experiencias de comparación, y ello implica mayor tiempo para procesar el acontecer diario. El duelo, como lo propone el filme, será de todas formas un proceso doloroso y puntiagudo que, sin embargo, no resta inocencia ni alegría, sino por el contrario, aporta madurez emocional sin importar el momento de la vida en que tenga que enfrentarse.