FICG 2018: La contundencia del concreto

Tierra firme (2017) de Carlos Marqués-Marcet


Por Eduardo Cruz 

FICG 2018: La contundencia del concreto

Tierra firme (2017) de Carlos Marqués-Marcet


Por Eduardo Cruz 

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Hay personas que viven en botes. Y tan importante como elegir en qué código postal vivir, decidir prescindir de él es también una decisión de primer orden. El espacio que habita un individuo determina, en el antes y el después, las relaciones que guarda con el mundo. Vivir solo o en pareja, en casa de tus padres o en un continente distinto ponen en evidencia los hilos que se tejen entre una persona y lo que conforma su entorno. Dentro de los grupos sociales el dónde y el cómo indefectiblemente establecen el quién. En esa disyuntiva parece encontrarse el trabajo del joven cineasta catalán Carlos Marqués-Marcet.

Si en su opera prima, 10,000 km (2014), la distancia impuesta por motivos laborales entre los personajes operaba como un protagonista más, origen de la discordia, en su más reciente cinta, Tierra firme (Anchor and Hope, 2017), vuelve a ensayar sobre las relaciones amorosas a propósito del la dinámica que el espacio carga sobre las personas. En este caso, invierte la ecuación en varios sentidos y voltea la mirada hacia una pareja de mujeres homosexuales, Eva y Kat, cuya apacible y aparentemente perfecta relación se ha establecido en un muy bien decorado bote en las citadinas orillas, siempre intercambiables, de un canal en Londres. Su estilo de vida poco usual se contrapone, sin embargo, a la caracterización de la pareja, que no escapa de la generalización: mientras Eva representa en cada momento a la inocencia y el ímpetu de los sueños por realizar, Kat pareciera cumplir el estereotipo de tomboy, mujer masculina, rejega y de tratos toscos. La diferencia entre los caracteres de los personajes se instaura y concilia desde el primer minuto del metraje, secuencia en la que la noche se vuelve día con solo cruzar un túnel. La armonía del conjunto se ve interrumpida con la llegada de Roger, compañero de juergas de Kat, —personificación de la heterosexualidad masculina absoluta en el mundo, aunque compresivo y paternal—, el deseo cada vez más impaciente de Eva por tener un bebé y la loca idea de poder unir fuerzas y utilizar la gratuita virilidad del recién llegado para inseminarse y conformar una familia feliz. No obstante, la maternidad para Kat implica una transición de la vida natural a la industrial, una especie de domesticación de su «espíritu libre».

La cinta, construida en su mayoría solamente con dos planos —general y medio— sostiene el tono de su narrativa en el apartado visual, integrándose a una tendencia indie-pop del cine industrial británico contemporáneo heredera, en mayor o menor medida, de la visualidad de Wes Anderson o los videoclips de Lana del Rey: la sofisticación de su gama cromática, la importancia de la selección tipográfica, el manejo de la pista musical como complemento indisociable de ciertas tomas, y el uso de diálogos recitados a la velocidad del rayo, cual certezas y con entonación de sitcom, que cintas como Submarine (Richard Ayoade , 2010), Beginners (Mike Mills, 2010) o God help the girl (Stuart Murdoch , 2014) entre otras, han convertido en marca, pueblan el filme de Marqués-Marcet y debilitan su pretendida reflexión sobre las maternidades subversivas, pues la relación que establece con la realidad no deja de ser más que una fantasía burguesa de la homosexualidad femenina y los modos alternativos de habitar la ciudad: las chicas, aunque de aparentes ideas de bien colectivo, no dejan de ser absurdamente privilegiadas, incluso en su condición sexual.

Contada en cuatro capítulos, que abarcan las supuestas diferentes etapas de una relación, la cinta padece de la necesidad de contarlo todo. ¿Cuando debiera acabar un película? En este caso el final es tal vez el síntoma más claro del problema general del filme: perfectamente bien realizado a nivel técnico, pretende dejar la puerta abierta a las posibilidades, pero cuando la imagen corta a negro, su exceso de certezas en lugar de permitirnos flotar sobre un río, tiene la contundencia del concreto.