Los restos de la noche

Una noche en Ayotzinapa 43 (2015) de Rafael Rangel


Por Rafael Guilhem 

Los restos de la noche

Una noche en Ayotzinapa 43 (2015) de Rafael Rangel


Por Rafael Guilhem 

 

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Bienvenido a lo que no tiene inicio,
bienvenido a lo que no tiene fin.
Bienvenido a la lucha eterna por ser mejor cada día.
Maestros de la Escuela Normal Raúl Isidro Burgos

No hay conflicto en la actualidad donde no se involucren las imágenes. Los hechos se moldean entre luces y sombras: algunos se quedan sedimentados en la historia con más fuerza y visibilidad, mientras otros oscurecen su memoria en pocos segundos. Todo suceso se somete, de manera permanente, a la contienda por su significado, peso y veracidad. En esta arena, el Estado y otros centros de autoridad invierten continuamente grandes flujos de poder simbólico con el único fin de mantener intacta su versión de la realidad. Entre tanto, hay movimientos clandestinos de contrainformación, tráfico de opacidades e íconos insurrectos. Un caso emblemático, del que se desprendieron largas batallas de representación, ocurrió la noche del 26 de septiembre de 2014, con la desaparición de 43 estudiantes pertenecientes a la Escuela Normal Raúl Isidro Burgos en Ayotzinapa, Guerrero. El acontecimiento permaneció por mucho tiempo en el centro de la agenda pública mexicana, donde los unos y los otros, los escépticos y los insistentes, saturaron los medios de sospechas y acusaciones, algunas más influyentes que las demás. De las imágenes, se desprendieron más imágenes que, a su vez, se multiplicaron, en muchas ocasiones, para oponerse al discurso oficial que distorsionaba las noticias sobre el paradero de los alumnos normalistas (basta ver el descaro de La noche de iguala [2015] de Jorge Fernández Menéndez y Raúl Quintanilla). Por fortuna, cobró figura el documental Un día en Ayotzinapa 43 (2015) de Rafael Rangel, una especie de contracampo a todas aquellas reiteradas vistas inquisidoras y fugaces que no contemplaron, ni por un segundo, la posibilidad de otorgar a los sujetos involucrados el derecho a una imagen más allá de la apariencia; pensando sobre todo, en lo que significa una imagen ante la desaparición de sus referentes.

Podemos mencionar dos momentos del filme que dejan entrever el funcionamiento de sus principios. Uno, en la primera secuencia: una serie de tomas de un trayecto que comienza a la luz del día en lo que parece ser un lugar cosmopolita (grandes autopistas, puentes, y un alto flujo de autos), y que finaliza por la noche con la llegada a la Escuela Normal Raúl Isidro Burgos, después de haber atravesado caminos cada vez más solitarios, angostos y terrosos. Con esto se logra, sin apenas una palabra, un pacto ético frente a la realidad. El viaje, consiste en un proceso de acercamiento. Al avanzar en el auto se atraviesan círculos sociales, políticos, económicos, estéticos y se enfatiza una preocupación por comprender otros modos de vida. En segundo lugar, una imagen atroz —presentada en algún fragmento del documental— que muestra al normalista Julio César Mondragón Fontes desollado y con el rostro irreconocible. ¿Cómo presentarla sin que contenga el amarillismo que la caracterizó en su circulación por las Redes Sociales? El matiz estriba en la periferia de la imagen: antes de que aparezca, ya se ha trazado un camino fílmico, se han propuesto coordenadas y contextos que permiten no dejar sola a la imagen, otorgándole un posicionamiento. Estos dos ejemplos, que podrían ser otros, perfilan el reconocimiento de una poética de la mirada; un movimiento preocupado por convocar al tratamiento reflexivo de lo que desfila ante nuestros ojos.

Una vez dentro de la escuela, Rafael Rangel registra los espacios y los objetos. Decide alejarse del álgido lapso que marcó aquella fatídica noche, para concentrarse en el punto posterior a la tempestad, donde solo queda un aire gobernado por la densidad de las ausencias. Dos alumnos, Daniel y Ernesto, con el rostro descubierto, nos guían por los pasillos y las anécdotas, como elaborando un croquis propio. Muestran su organización, sus deberes y su vida cotidiana. Todo lo que estarían haciendo con normalidad los jóvenes si no se les hubiera condenado a una liminalidad que no es vida ni muerte, tan sólo desaparición y agonía.

¿Qué imágenes nos faltan y cuáles nos sobran?, ¿cómo construir imágenes que devuelvan vida y permitan la justicia? A mitad de la película, observamos a los normalistas incendiando camionetas de la policía; rompiendo vidrios y rayando los muros con consignas. Es el albor de la rabia y el estruendo de las bandas de guerra. Rafael Rangel ha logrado ir hacia dentro de las imágenes, pasar al otro lado para capturar, con delicadeza, lo que no tiene inicio ni fin: «la lucha eterna por ser mejor cada día».