La arquitectura como vínculo emocional

Columbus (2017) de Kogonada


Por Martín Julio Vázquez 

La arquitectura como vínculo emocional

Columbus (2017) de Kogonada


Por Martín Julio Vázquez 

 

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Seguramente se han encontrado con alguno de los videoensayos realizados por Kogonada, y es que antes de proclamarse como guionista y director, el creador coreano empezó a ganar cierta popularidad gracias a estas piezas audiovisuales sobre grandes autores del cine; desde los sonidos de Darren Aronofsky, hasta la perspectiva one-point de Stanley Kubrick, pasando por el equilibrio en el cine de Wes Anderson.

Esa disección e indagación que realizaba más allá de ver el panorama completo e interpretarlo, fue lo que le permitiría explorar cómo algunos de los más grandes directores cinematográficos expresaban y plasmaban sus ideas, sentimientos y emociones; aunado a una profunda admiración e interés hacia el trabajo de Yasujiro Ozu, sobre todo hacia la forma que tenía por crear conexión y humanidad a través del tiempo y espacio dentro de lo moderno. Pero sería hasta la visita de Kogonada a Columbus, Indiana —ciudad que alberga grandes obras de los más reconocidos arquitectos modernos. Basta mencionar a Harry Weese, Eliel Saarinen, Ieoh Ming Pei, o el estudio Skidmore, Owings and Merrill—, que reventaría la idea para su primer largometraje.

Columbus (2017) es una cinta que propone una conexión entre la forma, el espacio y el tiempo a través de la relación entre Jin (John Cho), un traductor de libros en sus treintas, que por momentos parece estar buscando sentido a su vida y que va de visita a la ciudad para cuidar a su padre que se encuentra en coma, y Casey (Haley Lu Richardson), una joven de 19 años, bibliotecaria, apasionada por la arquitectura, que no ha podido entrar a la Universidad ya que necesita estar al pendiente de su madre ex-adicta. Y es a partir de compartir un cigarro que nace una conexión entre ambos personajes quienes, a través de pláticas sobre algunos de los edificios de la ciudad, acompañados del ocaso veraniego, y bajo un ritmo que aguarda y medita, van exponiendo sus problemas, lo que sienten, su pasado y hacia dónde quieren ir.

Éste es uno de los puntos más destacados que alcanza la película, el hilo conductor, donde si bien nos centramos en la construcción y desarrollo de la pareja, ésta se ve envuelta de composiciones geométricas que se plasman a través de planos simétricos y secuencias contemplativas. Incluso hay hermosas escenas donde los personajes parecieran ser un elemento más dentro de lo arquitectónico y no al revés. Además, es importante mencionar la diferencia en la percepción que cada uno tiene sobre la arquitectura: Jin la observa de manera formal, pura y estudiosa, siendo el vínculo más directo con su padre, mientras que Casey al no tener estudios, la recibe de forma mucho más emocional, incluso por momentos le brinda la paz y calidez que no tiene en sus demás aspectos, fungiendo como una relación directa a la vida que lleva con su mamá.

A pesar de los extremos, se deja en claro la lucha por la libertad que ambos desatan, así como el rumbo que buscan para sus vidas. Resulta sumamente interesante el contraste emocional con lo frío de las edificaciones, pero también la manera que el director liga las características de la arquitectura moderna como la esencia minimalista y el uso de espacios vacíos con la profunda sensibilidad y ausencias de sus personajes, jugando con la emoción, el espacio, lo que está presente y lo que sucede cuando eso deja de estarlo. Y viceversa. 

Columbus resulta una obra que primeramente rompe el cliché romántico y nos enseña que los paisajes y entornos son más que un acompañante bonito. Pero sobre todo, es un ensayo por el amor a la arquitectura, y un retrato de dos personas imperfectas y estancadas que sufren pero no se conforman, que se encuentran a través del otro, a través de la simpleza de compartir las pasiones, lo que se ama y se escucha del otro. Es una cinta cuya coartada se equilibra entre lo simétrico y lo emocional.