Un Estados Unidos que se niega a ver

El proyecto Florida (2017) de Sean Baker


Por Olmedo Altamirano 

Un Estados Unidos que se niega a ver

El proyecto Florida (2017) de Sean Baker


Por Olmedo Altamirano 

 

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La creencia según la cual las personas de más edad saben más de la vida, porque supuestamente tienen más experiencia,
se nos inculca a tan temprana edad que nos aferramos a ella pese a que la realidad demuestra a menudo lo contrario.
Alice Miller

Aunque el cine no es un espejo de la realidad, tampoco se encuentra alejado de ella. A través de sus planos, diálogos, sonidos (también silencios) y paleta de colores, logra capturar un fragmento para luego convertirlo en una metáfora por descifrar y apreciar sensorialmente. Es una idea que va acorde a lo que propone el cine de Sean Baker, un director que ha asumido esta postura al relatarnos historias de aquel Estados Unidos que siente vergüenza de mostrarse.

El proyecto Florida (The Florida Project, 2017) deslumbra por su fluidez, una cámara que va al compás de Moonee, Jancey y Scooty, niños que han creado sus propios códigos y reglas, construyendo una realidad ajena a la que acomete a los adultos, pero a la cual implícitamente se encuentran atados, puesto que son un producto del acontecer social que atraviesa el país. En medio de este escenario cada vez más anárquico, el compañerismo entre los personajes es uno de los motivos que ayuda a que se puedan sobrellevar mejor sus vidas.

La película trae a acotación otro filme estadounidense, Gummo (1997), escrita y dirigida por Harmony Korine. Ambas películas parten el mundo desde dos miradas: aquella de los adultos, quienes abnegados a un futuro que no resulta prometedor van diluyendo ese faro protector, invirtiendo los roles tradicionales en donde los mayores debían ser guías de los menores; y la de los niños que, asumiendo las imperfecciones de los adultos, adoptan otra lectura de la vida. Mientras Korine lo aborda con pesimismo, Baker adopta el camino contrario, retratando en su protagonista, Mooenee, una inocencia que no debe confundirse con ingenuidad.

Los colores juegan su rol dentro de la construcción de esta mirada inocente, creando una ilusión que pretende esconder lo que hay por debajo. Con sus tonos pasteles, ya sea rosado, amarillo o púrpura, nos hacen fantasear con un mundo ameno que, sin embargo, solo maquilla las imperfecciones de un Estado que ha fracasado. Es aquí donde la semiótica entra a jugar, dado que nos ha hecho creer que decorando el mundo de cierta forma, en este caso como si de un cuento de Disney se tratara, vamos a lograr engañar nuestros sentidos de la crudeza de lo real. En ese sentido, podemos recalcar la importancia del color en la escena donde Moonee y compañía incendian la casa abandonada que fueron a irrumpir. Un vecindario de hogares coloridos pero derruidos por el tiempo, donde se refleja la desgracia que significó la caída de la burbuja inmobiliaria en 2008. Una llama que se erige simbólicamente, sepultando los malos recuerdos de aquella crisis que temerariamente los adultos aceptaron como un error propio, pues aunque se mostraban satisfechos con la quema, eran incapaces de borrarlo de su memoria.

Esta característica no es exclusiva de El proyecto Florida. En su trabajo anterior, Tangerine (2015), se evidencia cómo las tonalidades en sus cuadros ayudan a personificar los espacios trabajados. Si con Orlando quiso recrear un cuento de fantasía, para Los Ángeles es el amarillo el que mejor manifiesta la agitación de la ciudad, y el calor que acompañó a los protagonistas a medida que se iba desvaneciendo con el correr del largometraje. 

Ahora bien, lo recalcable del director es cómo su entendimiento de la realidad del país fue alejando la cámara de la mirada optimista con la que se veía a Estados Unidos. No hablo de ahora, donde todos parecen asombrarse con los giros que han ido ocurriendo, sino del anterior periodo cuando se obviaban los defectos del país bajo la emblemática figura de Hope que acobijó la presidencia predecesora. Tanto El proyecto Florida como Tangerine nos traen una perspectiva más sincera, menos ilusoria, donde el desempleo, racismo, homofobia y desilusión son incluidos. Una mirada que convierte inteligible lo que acontece actualmente, para impedirnos quedar estupefactos como lo hicieron los turistas brasileños al registrarse en el Magic Castle; un imaginario del sueño americano que aún parece sostenerse en este lado del continente, pero el cual ya hacía tiempo abandonaron en su país natal.