El sufrimiento como una de las bellas artes

Tras el cristal (1986) de Agustí Villaronga


Por Alonso Aguilar 

El sufrimiento como una de las bellas artes

Tras el cristal (1986) de Agustí Villaronga


Por Alonso Aguilar 

 

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En esencia, el cine se trata de sentir. Ya sea con los sobresaltos más primarios o con profundas reflexiones sobre la naturaleza del ser, desde su concepción las películas han conjugado distintas dimensiones sensoriales como diálogo directo con aquel que las ve. Dentro de las posibilidades que implica esta inmersión, surgen aquellas propuestas cuya razón de ser se gesta desde la ruptura de los límites establecidos. Es a lo que se refería el infame director estadounidense Nick Zedd cuando en su manifiesto del Cine Transgresor decía que «todos los valores deben ser cuestionados. Nada es sagrado».

En aquel entonces se hablaba de un «terrorismo al buen gusto» acuñado por el cine de explotación de mentes retorcidas como la de John Waters, pero más allá del sensacionalismo efectista del shock-value, la subversión moral no es inherentemente excluyente a un razonamiento estético matizado. Lo demostraba Pasolini en la devastadora exploración del fascismo sádico en Saló o los 120 días de Sodoma (Salò o le 120 giornate di Sodoma, 1975) y luego Takashi Miike cuando llevó al límite la depravación del hedonismo en Audition (Ôdishon, 1999), pero justo en el medio existe una adición olvidada dentro de este canon. Tan distintiva formalmente como retorcida a nivel conceptual, Tras el cristal (1986) de Agustí Villaronga es una apoteosis para la confrontación como arte.

Desde sus momentos iniciales, el filme sumerge en un universo de pesadilla que se construye desde el realce de la realidad atroz de los campos de concentración Nazis. Las tonalidades azules de la paleta y los movimientos danzantes de la cámara evocan una perspectiva onírica que hipnotiza desde su estética expresionista y posiciona desde una mirada determinada, donde los matices dramáticos de la iluminación, los pulsantes sintetizadores de la banda sonora a lo John Carpenter y el registro imponente de las actuaciones generan un distanciamiento necesario ante la brutalidad de la narrativa, pero que no por ello se amedrenta ante la posibilidad de incomodar.

A través de su atmósfera ominosa y la crudeza lírica de sus representaciones de crueldad, Tras el cristal encuentra poesía a la hora de afrontar la naturaleza cíclica e inescapable del abuso. La figura autoritaria y la sometida pueden ser intercambiables, pero la vulnerabilidad que paulatinamente carcome el espíritu se torna en una constante. El fetiche sadista del doctor alemán Klaus por la tortura de niños, y su eventual dependencia de la enigmática figura de Angelo luego de ser recluido a un pulmón de acero, convierten la narrativa en una espiral de decadencia y tormento psicológico donde cada giro aleja más y más de la catarsis.

Cuando se está enclaustrado dentro de las paredes simbólicas de la violencia sistemática, la muerte cesa de ser una preocupación y se convierte más bien en una utopía. La tortura de Angelo a Klaus hace que lo que parece un sueño inalcanzable rápidamente sea reemplazado por los vestigios de la memoria y el creciente resentimiento que nace de la opresión. Una idea romantizada que se banaliza al punto de meramente suplir un retorcido deseo carnal que no diferencia entre lo sexual y lo fúnebre. A falta de herramientas para encontrar consuelo en lo trascendental, la corporalidad se vuelve en sinónimo del ser, pero lejos de ofrecer un escape, esto significa la reclusión en el epicentro del dolor.

Lo que hay tras el cristal en el filme de Villaronga está alejado de cualquier tipo de gratificación instantánea, pero aún en la desolación apabullante de su tesis, su maestría en el manejo del lenguaje ofrece finalmente algo a lo que aferrarse: el valor estético y tangencial del arte.