Falsas dicotomías

No soy una bruja (2017) de Rungano Nyoni


Por Eduardo Zepeda

Falsas dicotomías

No soy una bruja (2017) de Rungano Nyoni


Por Eduardo Zepeda

 

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Ningún individuo, al nacer, se encuentra libre de ser recibido por la cultura que lo arropa. Es a partir de ese encuentro que su vida comenzará a tener sentido al mismo tiempo que esa vida y ese sentido, muy en sus adentros, son posibles debido a una contradicción que muestra, al desplegarse, tanto las posibilidades como los límites con que puede desarrollarse dicha persona en el seno de la cultura que le ha acogido entre sus brazos.

Abordar tal contradicción es fundamental para vislumbrar cómo el individuo se manifiesta, además de esbozar qué aspectos de la cultura pueden modificarse a partir del ejercicio de su libertad. Un intento muy concreto para comprender esta contradicción lo encontramos en No soy una bruja (I Am Not a Witch, 2017), primer largometraje de la cineasta Rungano Nyoni.

Asimismo, explorar esa contradicción implica mostrar no solo cómo una cultura —en un sentido laxo del término— dota de sentido su mundo, sino cómo dentro de ese mundo a sus integrantes también les es otorgada una identidad, en este caso en forma de palabra. Pero la palabra nunca es aislada y como toda identidad considerada fija, el individuo marcado por ella tendrá un rol práctico específico que, al realizarse, reafirmará como consecuencia las relaciones del mundo al que pertenece. En el caso del filme y de Shula —la protagonista— su vida estará marcada por una identidad arbitrariamente impuesta; su cultura la ha señalado como «bruja», de tal modo que vivirá como las demás «brujas» de su pueblo y de la ciudad. Al igual que ellas, su vida se limitará a realizar las labores que le han sido socialmente asignadas: habitar un lugar específico del pueblo, trabajar en los terrenos cultivados de su comunidad, fungir como atractivo exótico de los occidentales y formar parte de un sistema de justicia tribal que se encuentra vinculado a la burocracia local.

Es importante recalcar, sin embargo, que la sociedad donde vive Shula no es encontrada —por decirlo de una forma un poco peligrosa— libre de una influencia externa radical: en el filme encontramos dos formas de lo social que conviven y se vician mutuamente. Es interesante el retrato que intenta hacer Rungano Nyoni de su sociedad, misma que sigue dando a las «brujas» un rol social —algo impensable en la actualidad de nuestras sociedades occidentalizadas—, al mismo tiempo que la sociedad occidental mercantiliza a las brujas como atractivo turístico: un encuentro que, más allá de intentar condenar unilateralmente a la sociedad de Shula, muestra el sinsentido en el que puede caer ambos modos culturales con sus correspondientes consecuencias políticas, su hibridación o el dominio de una sobre la otra. En todo la película es notorio el esfuerzo que Nyoni imprime a las secuencias encargadas de retratar esto, algunas veces con o sin éxito emotivo, pero sí con un evidente intento de demostrar el absurdo que las alimenta.

Volviendo al tema inicial de este texto, es muy importante, no solo por su belleza sino por su carácter liberador, la secuencia final del filme. El hilo o cordón, punto de inflexión que mantiene atadas a la mujeres consideradas «brujas», únicamente permite dos destinos, ambos fatales para quienes hayan sido señaladas por su comunidad: si lo conservas amarrado a la espalda eres «bruja» y vivirás como tal; si te lo quitas te convertirás en una cabra y vivirás o morirás de ese modo. Dicotomía falsa en donde los caminos no responden a las posibilidades que la potencia de la contradicción permite, y que limitan el acto de libertad del individuo. La sequía azota al pueblo, las mujeres ya no quieren ser brujas. En ese instante los listones vuelan con el viento, la lluvia cae, las mujeres cantan. Quizá la pequeña Shula se ha ido, sin embargo, ellas han descubierto un nuevo camino ajeno a la falsa dicotomía que negaba su libertad.