Del paisaje y la espera

Wiñaypacha (2017) de Oscar Catacora


Por Eduardo Cruz 

Del paisaje y la espera

Wiñaypacha (2017) de Oscar Catacora


Por Eduardo Cruz 

 

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En el preludio de su novela Zama, Antonio Di Benedetto enuncia una de las más bellas dedicatorias jamás escritas: «A las víctimas de la espera». Un gesto amable hacia aquellos que, como a su personaje, las circunstancias les condenaron al margen de sus propias vidas. En Wiñaypacha (2017), resplandeciente ópera prima de joven cineasta peruano Oscar Catacora, en la que el apabullante paisaje andino reclama el abandono de una pareja de ancianos, la espera por el regreso del hijo pródigo se instala como único guardián de la continuidad.

En medio de la montañas el mundo opera con otro orden. El día a día a Willka y Phaxsi, dos viejos septuagenarios, no obedece a los intereses de occidente y resiste en su sencillez: cada mañana pasean a sus animales por el pasto, recogen hierbas y leña, por la tarde comen a cielo abierto mientras conversan y cuando se da el caso, rinden culto a sus creencias. Ninguna preocupación parece afectarles salvo el hecho de que Antuku, su único hijo, partió a la ciudad en pos del progreso para no volver. El conflicto surge con un sueño de Willka que anuncia su regreso, premonición inconclusa y fatídica que sella el futuro. A partir de entonces cada suceso posterior afectará y empeorará la situación de los ancianos hasta llevarlos al límite. «¿Qué error hemos cometido?», claman al cielo en un par de momentos, pero nadie escucha su grito. Su único verdugo es el olvido.

Contrario a dicha sencillez, la cinta —reconocida por ser la primera hablada por entero en aymara, idioma nativo de la región, y que propone a través de la defensa del lenguaje la protección de una cultura y su cosmovisión—, recurre a la grandilocuencia estética para establecer su discurso. A pesar del ligero tratamiento documental, los diálogos y planos están perfectamente calculados. Mas allá de sus declaradas influencias del cine clásico —asiático y europeo—, la película inevitablemente se vincula, en el apartado formal, a un cine mucho más contemporáneo. El paisaje en Wiñaypacha condensa la melancolía y la espiritualidad de las más recientes cintas de Oliver Laxe (Mimosas, 2016) y Tatiana Huezo (Tempestad, 2016), por mencionar ejemplos recientes, para dotar al filme de la atmósfera justa para el trágico trascurrir de los acontecimientos. Por su lado el tiempo interior del filme opera con el ritmo de la vida de sus protagonistas, ancianos de movimientos lentos, alejados de las prisas de la «vida civilizada», dotando a cada plano de una partícular dinámica, de un devenir propio.

El único final posible para la pareja de ancianos será el derrumbe y una vez más el paisaje, único testigo desde el inicio, será el custodió de su condena.