La mirada perdida

Tormentero (2017) de Rubén Imaz


Por Eduardo Zepeda

La mirada perdida

Tormentero (2017) de Rubén Imaz


Por Eduardo Zepeda

 

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El futuro es lo que hacemos en el presente al mismo tiempo que dicho presente es el remanente de las acciones que realizamos en el pasado. Los momentos se presentan y en su aparecer simultáneo escogemos uno de ellos. Algunos muestran con mucha, poca o nula anticipación sus consecuencias. Y es precisamente en su nula espera que la bifurcación provocada por su aparición puede pasar de ser una situación maravillosa o sin importancia a convertirse, inesperadamente, en algo insoportable.

Así, en las secuencias iniciales de Tormentero (2017) un cuerpo camina en medio de una fuerte tormenta. Entre la crecida vegetación la tenue luz que emana de una lámpara antigua permite vislumbrar la humanidad de un individuo que dibuja fragmentariamente sus contornos en la oscuridad: es el cuerpo de una persona madura, de un hombre entrado en años. «Yo insistí que era petróleo», son las palabras que introducen su aparición y su futuro advenimiento en héroe nacional, y son esas mismas palabras las que explican su decadencia y abandono en ese futuro que en su pasado se mostraba maravilloso o sin importancia. Dicha mancha en el mar la pudo haber descubierto cualquiera, pero fue Romero Kantún quien la vio e insistió en que no se trataba de una simple mancha de aceite. En efecto, era petróleo. Y esa intuición que después se volvió verdadera fue la que marcó su destino convirtiendo su vida en un abismo donde las sombras convergen, los demonios lo atraviesan y la culpa de su comunidad lo carcome.

Ante el inesperado hecho —haber encontrado petróleo— la primera intuición, casi obvia, que se presenta, es la riqueza propia de un momento de suerte, de una bifurcación inesperada. Sin embargo, un logotipo de PEMEX aparece como una guadaña que es capaz de cortar las alas a todo aquel que sueñe con los beneficios del «oro negro» más allá de las élites que habitan los puestos de la Institución. Varias secuencias muestran las plataformas petroleras en una especie de trance: flotan en medio de un límite donde mar y cielo se traspapelan, se confunden o se pierden. Pero su majestuosidad es engañosa, puramente virtual. Su realidad nauseabunda es desenterrada cuando el héroe nacional es invitado a una fiesta donde escorts, el alcohol y el lujo de los directivos se derrama al mismo tiempo que sus carcajadas penetran los oídos de un pobre y envejecido Kantún. Es a partir de este singular momento que comprendemos parte del orígen de su mirada perdida, de su caminar deambulante y de su consumado alcoholismo.

La grandeza de Tormentero radica no solo en abordar un momento histórico para el país, sino en el intento de adentrarse a los problemas del cambio radical ocasionado a una comunidad pesquera. Porque si bien es verdad que la economía local fue modificada, es en Romero Kantún, el héroe nacional, donde los cambios imperceptibles hacen mella. Su cuerpo se muestra fuerte a pesar de que ha envejecido. No obstante, si por su mirada y su presente delirio en alcohol fuera posible adentrarnos en lo profundo de la superficie de su cuerpo, es preciso reconocer que por dentro se encuentra destrozado, su rumbo está perdido, sus anhelos desgastados: en sus ojos la realidad de sí mismo ya no existe. Es precisamente en la exploración a Kantún, a su piso lleno de sombras, donde la riqueza de Tormentero fluye oníricamente. 

Mientras un don Romero Kantún reposa en el suelo de su casa ahogado en alcohol, un plano-secuencia muestra cómo un Kantún sobrio lo contempla. Y así como la belleza onírica de los paisajes inunda en ocasiones los espacios oscuros que le carcomen, don Romero Kantún se encuentra en la calle, camina hasta llegar a un muelle, quita la vieja cadena de una antigua puerta que le evita el paso, se desplaza hasta la superficie de la última tabla que lo separa del mar, y abre su brazos en un intento de fundirse con aquello que se muestra inmenso, de abrazar el amar y el cielo que aparecen infinitos, de sentir en su cuerpo aquello que le ofrece el horizonte y, en un intento quizá desesperado, aprehender un poco de alivio y tranquilidad para los anhelos que una mancha de petróleo le arrebató, que le modificó la vida a su comunidad, y que le carcomen como sombras tal y como una mancha oscura, en algún momento de su vida, se atravesó en al azul intenso, en medio del horizonte, en medio de su camino, momento preciso en el cual, sin saber las consecuencias, insistió que era petróleo.