Segunda naturaleza

Nuestro tiempo (2018) de Carlos Reygadas


Por Eduardo Zepeda

Segunda naturaleza

Nuestro tiempo (2018) de Carlos Reygadas


Por Eduardo Zepeda

 

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Uno de los aspectos fundamentales que ha provocado gran interés dentro del pensamiento occidental, es el de intentar comprender qué es lo que nos diferencia de la vida animal. Desde la ruptura con un gregarismo acartonado a partir de una capacidad creativa inmanente a nosotros, hasta la consideración moderna donde el pensamiento y la razón fungen como diferencia esencial, la importancia de encontrar el límite que nos distancia respecto a lo natural, lo animal —lo Otro— ha sido imprescindible. Es en ese límite difuso donde se enarbola un punto de comprensión sobre nosotros mismos, pero también es el lugar sobre el que se construye una segunda naturaleza: la Cultura. Nunca dejamos de ser animales, y saberlo sirve como punto de inflexión para asumirnos como animales atravesados y moldeados por un conjunto de relaciones sociales, muchas de ellas cuestionables y en ese sentido, prescindibles. Este problema no es ajeno al cine, y Nuestro tiempo (2018) de Carlos Reygadas, en muchos sentidos, se sitúa en esa encrucijada.

La historia general del filme es la siguiente: Juan, un poeta que cría toros de lidia, invita a Phil, un norteamericano inversionista, a su rancho para hacer negocios. Ahí Phil conoce a Natalia, la pareja de Juan, con la que comienza una relación extramarital. Después Juan, complaciente con las relaciones abiertas, allanará el camino a Natalia respecto a otros encuentros carnales (no sin antes refrendar su ego como si fuera un toro de lidia que tiene como pretexto el amor). La historia secundaría gira en torno al enamoramiento imposible de su hijo respecto a una chica. Si bien es cierto que dichos temas —el amor, la sexualidad (animal) y la incomunicación en pareja— ya habían sido abordados en la filmografía de Reygadas, la precariedad de su más reciente filme radica en la superficialidad, a partir de estos tópicos, de la exploración de aquello que en ocasiones definimos como «complejidad humana», pero que en tanto frase que dice todo y nada, termina por convertirse en una abstracción vacía.

Desde luego en la película hay momentos de paroxismo en que la interioridad humana —ese pequeño resquicio inmaterial que nos habita— se desborda hacia lo físico, de tal modo que el deseo inesperado del amante es plasmado en secuencias a partir de la lentitud del tiempo respecto a su encuentro, del recuerdo del encuentro carnal con él, así como momentos formales estéticamente rescatables como dos toros violentando sus cuerpos en medio de un campo cuya neblina los protege, los acaricia y los invita a luchar por su territorio. Lo mismo podría decirse sobre la mirada del amante respecto a su amada acompañada por palabras de amor, porque, en efecto, ¿qué dice la mirada, más allá de las palabras, a partir de su lenguaje propio? Aun así, la deficiencia de Nuestro tiempo es más profunda, no asible solo a partir de un juicio moral o político, sino que al querer habitar la contradicción donde Cultura y Naturaleza confluyen, el filme cae en un riesgo inevitable: quedarse en el tabú e invertir demasiado tiempo en las manifestaciones superfluas sin llegar a plenitud, en ningún momento, al núcleo real de lo que se anuncia y se pretende explorar.

Entre actuaciones acartonadas, largos diálogos o textos cargados de lugares comunes; sentimentalismos superficiales, secuencias sin sentido (una cámara atada a un avión), un voyerismo incomprensible, egos masculinos y escenas sexuales vacías (por ejemplo, la relación sexual mantenida después del restaurante), así como yuxtaposiciones cuya relación implícita entre lo animal y lo humano es evidente, los pocos destellos que habitan la cinta se desvanecen y se ahogan en un mar de superficialidad sin límites. 

Quizá la única fortaleza del filme radica en su secuencia inicial. En ella un grupo de niñas y niños juegan en una laguna. Reygadas es meticuloso y recorre sus cuerpos, ya sea en reposo o en contacto con otros cuerpos. El juego inocente deja de serlo cuando el descubrimiento de su sexualidad es inminente. Esa pequeña secuencia donde el universo sexual comienza a ser descubierto a partir del juego, es el único resquicio donde la verdadera tensión y campo de posibilidades son aprehendidos en comparación al mar posterior de banalidad, donde los pequeños destellos rescatables son sofocados por la película en su conjunto en tanto abstracción vacía.