Vivir la memoria

Roma (2018) de Alfonso Cuarón


Por Eduardo Zepeda 

Vivir la memoria

Roma (2018) de Alfonso Cuarón


Por Eduardo Zepeda 

 

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Adentrarse en la memoria es un viaje de dos aspectos —no necesariamente jerarquizables entre sí, pero reconocibles en tanto aquello que la vida proporciona a la memoria, mantiene su lugar como huella significativa del tiempo gracias a su aproximación—, los recuerdos navegan entre la neblina de los años y, dependiendo del campo al que pertenezcan, pueden ser inmensos o pequeños, a la vez que profundos o superficiales; su reconocimiento puede ser inmediato o de difícil rememoración, su rastro puede desaparecer o no del todo, pero están allí, en ese resquicio llamado memoria. Sin embargo, lo realmente importante de su rastreo es el momento en que nos remitimos a ellos para otorgar sentido a nuestras vidas a partir de la aprehensión a la que los sometemos. Es en ese sentido en que los dos aspectos que menciono tienen un papel fundamental, aspectos que también nos permiten aproximarnos a Roma (2018), la más reciente película de Alfonso Cuarón.

Porque los recuerdos se viven como remanentes sensibles de aquello que sucedió, que fue vivido, incluso cuando no lo fue de forma directa, más sí como herencia sensible de una entidad colectiva así como por las consecuencias desatadas a partir de su acontecimiento, es que en ellos descansa una especie de euforia, un caos contenido proclive a su interpretación. Es en esa interpretación donde la sensibilidad también es comprendida racionalmente. Porque ante la plurivalencia o caos desatado en el seno del recuerdo eufórico, el recuerdo racionalizado actúa desde la aprehensión ordenada de lo vivido. Por ello no es extraña la reconstrucción meticulosa del pasado en cuyo asidero Roma propone lo que algunos han denominado «hiperrealismo». Es en esa reconstrucción infinitamente detallada donde encontramos esbozada la forma más acabada del recuerdo racional, textura de la imagen y reconstrucción del recuerdo donde lo sensible da paso a una versión detallada de aquello que alguna vez existió. Es en los amplios planos secuencia, en los automóviles, en los programas de radio o en los acontecimientos políticos del momento donde es posible encontrar esa forma intelectiva del ser humano. Para una reconstrucción así desde luego que el blanco y negro son fundamentales, no por la densidad y profundidad exploratoria que su textura permite, sino porque en Roma son utilizados para otorgar a la imagen un acartonado matiz arqueológico, acartonamiento que es reflejo de la pobreza aproximativa de la contradicción que intenta explorar pero que al mismo tiempo traiciona.

Es así que en cada uno de sus fotogramas es posible rastrear el olor de la maldita trinidad mexicana: el Estado del partido único, la histórica identidad nacional mestiza del proyecto intelectual político burgués y los remanentes de la moralidad porfiriana y posrevolucionaria, al mismo tiempo que la ciudad es retratada en uno de sus aspectos modernos, como codificación de espacios donde la movilidad no cesa, el comercio fluye, la resignificación del espacio público acontece y las zonas periféricas terminan siendo el lugar donde ella vomita a aquellos que no acepta, pero que no se da el lujo de rechazar por completo. Y así como no los rechaza, en el mejor de los casos los vuelve invisibles, los asimila en falsas oportunidades políticas o los vuelve seres humanos de poca monta, ajenos al proyecto nacional, al final de todo, sirvientes. Es aquí donde las virtudes de Roma florecen, pues hace visible todo aquello que sólo es aprehensible con la luz de su «hiperrealismo» en tanto reproducción racional holística de todo lo existente. Porque permite contemplar el terrorismo de estado, la moral machista y paternalista de los regímenes sociales en turno y la sumisión abnegada de aquellos que ante su exclusión no encuentran otra salida más que la entrega. Pero así como en este «hiperrealismo» encuentra su virtud, es por él que aquello que lo habita no dinamita a plenitud en aquello que sugiere, de tal modo que el filme parece proponer un humanismo abstracto, más no del todo crítico.

Es por ello que al final sus conflictos son resueltos en un afán condescendiente, digamos inclusivo; sí de reconocimiento al otro más no de desnaturalización a fondo, es decir, radical. Son curiosas las secuencias de la hacienda, de los sirvientes festejando un Año nuevo en la atmósfera invisible de lo ornamentalmente feo, lugar donde pronunciar un simple «¿ya vas a hablar inglés?» es resultado de la distancia propiciada ante la negación al lugar que se les a dispuesto, o de los pobladores envenenando al perro del hacendado por un conflicto de tierras, o del viaje vacacional cuyo fin es incluir. Sin embargo, aún más curiosa resulta su resolución: en ellas las distancias son eliminadas para apagar un incendio en medio del bosque o todos vuelven del viaje vacacional en aparente unidad, ocupando armoniosamente el lugar al que cuasinaturalmente pertenecen: unos a la sala, otros a la cocina o la azotea.

Desde luego, el más reciente filme de Cuarón es necesario, estéticamente imponente. Pero frente a él y su condescendencia resulta más pertinente explorar la otra parte de la memoria, esa parte eufórica, caótica, mucho más crítica, mucho más abierta a lo posible, misma que Roma apunta, pero no explora y subsume con un final a modo, reconciliador, traidor de todo aquello que presentó en secuencias anteriores y que parece más un recurso narrativo que nace de un humanismo a modo, intento genuino de romper con un parásito que nos habita, pero cósico en tanto naturalizador de lo indeseable. Lo que Roma impele es a rastrear la memoria a partir de otras sensibilidades, a partir de otras formas del recuerdo, saber cómo otros grupos viven aquello histórico que nos habita e intentar aniquilarlo colectivamente.