Funcional/Disfuncional

Give Me Liberty  (2019) de Kirill Mikhanovsky


Por Rodrigo Garay Ysita

Funcional/Disfuncional

Give Me Liberty  (2019) de Kirill Mikhanovsky


Por Rodrigo Garay Ysita

 

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Este chofer podría no parar nunca. Se llama Vic y es un aficionado a la música de alta fidelidad. También es hijo de familia y es fumador, pero nada de esto importa frente a la faceta que lo hace lucir de verdad, al menos en Give Me Liberty (Kirill Mikhanovsky, 2019): la de un engrane humano sin descanso. Como pieza de un mecanismo monstruoso y musicalmente articulado llamado película, pero también llamado Milwaukee, Vic es el rostro (y las piernas y el corazón desvelado) de lo que podemos llamar función. La función es una actividad con propósito, un hábito mecanizado que mantiene las cosas en su lugar. El propósito particular del joven es conducir una camioneta de asistencia médica que lleva a personas con distintas discapacidades de un lugar a otro, y no es un trabajo que realice especialmente bien.

Hay un sinnúmero de potencias en su contra. A diferencia de Connie Nikas en Good Time (Josh & Benny Safdie, 2017), su alter ego en muchos sentidos, el héroe de Give Me Liberty es un agente del orden. El orden, como sabemos, es enemigo del caos. Hace falta ser muy necio o muy ciego, o ser reloj suizo o reloj biológico, para combatir la entropía diariamente, pero Vic ha decidido recibir un salario por esa lucha. El día de enredos que vemos en pantalla, en donde llevar a una chica con esclerosis a su destino parece imposible, se alarga porque los obstáculos más inimaginablemente caprichosos ocurren uno tras otro: mudanzas imprevistas, un funeral ruso que se quedó sin transporte, regalos olvidados e incidentes callejeros, uno detrás de otro en fila perfecta, como si esperaran su turno para arruinarle la vida a los pasajeros. A través de este desfile de accidentes, el universo le pide a Vic que deje de funcionar.

Él persiste, por supuesto. No tanto por empeño, que sí tiene, sino por momentum. Su camioneta es una fuerza cinética que no puede ser detenida. Así puede pensarse también la razón de ser de su buena voluntad, pues aunque es un tipo desesperado y claramente defectuoso, la abnegación le viene con naturaleza. Quizás no es que sea necio; ayudar al prójimo no tiene que ver con la intención individual y es, por tanto, una causa mayor. Aunque no lo parezca, eso puede ser un problema.

Entre las ganas de seguir adelante y los contratiempos orquestados por algún demonio fuera de la lógica, el desastre está a un grado del punto de ebullición, tanto para Vic como para la ciudad entera, pues mientras sucede la muerte, el canto y la manejada en este día nefasto, hay gente marchando y tomando las calles de Milwaukee. En Güeros (2015), de Alonso Ruizpalacios, una masa de estudiantes se manifiesta en el clímax, estallando al mismo tiempo que el destino de Sombra con un sentido de júbilo y predestinación. En Give Me Liberty, la protesta llega para reventar la paciencia del conductor con menos alegría: el sonido de las calles furiosas llega de la nada como una agresión al plano, como un vistazo al horror de la humanidad cuando ésta tiene rienda suelta (porque la humanidad es joven y está llena de rabia). La protesta callejera es un resumen bastante exacto de la contradicción que sostiene al montaje y al dinamismo de Give Me Liberty: su función es ser disfuncional. Desorden organizado para desestabilizar un orden que ya no sirve. 

Si hay que dedicar un gordo párrafo a los tecnicismos, que sea aquí y que sea de una vez. El ritmo de la travesía está determinado por un estira-y-afloja entre sonidos armónicos y sonidos caóticos. Close-ups en ráfaga —de los enfermos, casi siempre— montados entre capturas fugaces de un bólido y su paso por las calles de una ciudad engañosamente pasiva, acompasados —los rostros deformes, dulces, enojados o confundidos— por una red creciente de gritos, cánticos, conversaciones, ensayos de acordeón y voces furiosas en el radio. La polifonía fuera de campo y de sincronía, acosando la cabeza dispersa del chofer mientras intenta concentrarse en los cien destinos de un itinerario improvisado; él debería tener una dirección única, pero los diferentes orígenes del sonido complican la dimensión de su mundo con multilateralidad. Y el tiempo está igual de disperso por la arbitrariedad de la elipsis. La contraparte armónica está en el soundtrack, como en el tributo simbólico a Elvis y su Rock Around the Clock (culminado en un recital que resalta más que ninguna otra escena el espíritu de trabajo social de la película, emparejándola con lo que muy vagamente podríamos llamar «cine de la beneficencia» estadounidense, el que va desde la fijación plástica de los Safdie hasta la abstracción espacial de Sharon Lockhart, por ejemplo), pero también en el panorama completo de esta banda sonora asincrónica: en una ecuación en donde el estrés y la preocupación no son factores, el ruidero que acompaña a Vic en el camino tiene su propia musicalidad.