Lo inmaculado, lo pedestre y lo sublime

Fortuna (2018) de Germinal Roaux


Por Astrid García Oseguera

Lo inmaculado, lo pedestre y lo sublime

Fortuna (2018) de Germinal Roaux


Por Astrid García Oseguera

 

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En una pequeña choza ubicada en un macizo alpino, hay una niña que se acerca al rostro de su burrita y le confiesa que es su mejor amiga, su única confidente y compañera; el animal sólo la observa con los ojos cautivos que cualquier criatura domesticada posee. Para Fortuna, quien tiene apenas catorce años, esta declaración no es vana ni gratuita: desde que arribó a Lampedusa, perdió por completo el contacto con su familia. Junto a otros refugiados, habita en un hospicio católico suizo. Afuera de ese mínimo santuario que comparte con Campanita, su burra, no hay más que kilómetros y kilómetros de nieve, un panorama tan blanco e inmaculado que horroriza.

Pensar el cine es un acto imparable y a veces entorpecedor. Ver una película en ocasiones es una lucha continua por intentar no caer en los propios lugares comunes que alguien que escribe de cine se ha forjado. Al mirar Fortuna (2018), estos mecanismos, que pueden favorecer la rápida categorización mental de un filme ―quizá una forma penosa de reducir el cine a su forma más mercantil―, dibujan a través de las primeras secuencias del segundo largometraje de Germinal Roaux lo que aparenta ser una de esas cintas clasificadas como coming-of-age, donde la fuerza protagónica de la narrativa se encuentra al borde de experimentar un cambio profundamente significativo en la vida: la transición de la adolescencia.

Sin embargo, estos esquemas mentales se equivocaron al señalar que Fortuna no sería más que una película donde las pulsiones sexuales, la mutación corporal y la emancipación mental o física del seno familiar formarían un intrincado relato que descubre el fin de la infancia y el inicio de la perversión de la adultez, pues bastó un puñado de secuencias para develar que el conflicto se convertiría en un ejercicio de profunda reflexión en torno a las fronteras geopolíticas, la religión y, de manera mucho más introspectiva, la soledad. 

Es común que en el coming-of-age el protagonista del relato tenga una revelación que cambie su concepción de la vida para definir así el devenir de su destino, un elemento fundamental del género dramático de la pieza, donde la toma de consciencia es necesaria tanto para el espectador como para los personajes.[1] Estas características se presentan en Fortuna: una niña se separa de su familia en un país desconocido, se enfrenta a la soledad y, a través de duros golpes existenciales ―abandono, desasosiego, incertidumbre―, la perspectiva que tenía sobre la vida da un abrupto giro.

En ese sentido, el filme nace de los esquemas de aquel subgénero, pero Roaux opta por retorcerlo y moldearlo en una obra que reinventa estos cánones y los colma de ópticas más abstractas, casi poéticas. No se conforma con abordar lo sexual, lo corpóreo o lo familiar, sino que toma como base estas aristas y construye un entramado profundo de dilemas morales y existenciales enmarcados en lo político, lo religioso y lo pasional.

Lo hace a través de distintos niveles. Primero está el contexto sociopolítico: Fortuna proviene de Etiopía y ahora reside como migrante en un país que no es el suyo, en una situación donde la policía se olvida de lo humano y entra a media noche al refugio católico para llevarse abruptamente a los habitantes ilegales. Esto tensa la circunstancia de la niña, pues, a pesar de tener los papeles necesarios que le permiten quedarse en el país, el temor de ser aprehendida por la policía no radica solamente en su seguridad individual: Fortuna está embarazada.

Es ahí donde nace lo pasional; la chica conoce a Kabir, un refugiado africano que le dobla la edad. La inminente y aterradora soledad de Fortuna la impulsa a buscar amparo en los brazos de alguien capaz de empatizar con ella, de entender lo que se siente caminar sola en una tierra desconocida, cobijada solamente por la infinita nieve. De esta fugaz entrega se embaraza y con ello surge un ambiguo destino, agridulce y peligroso: abortar y quitarle un peso de encima a su amante (quien podría ir a la cárcel por pederastia), pero sellar así su destino como caminante solitaria o, al contrario, quedarse con un bebé que se podría convertir en su única compañía y familia, pero que entorpecerá inexorablemente su lucha por sobrevivir.

Enmarcando esta situación se encuentra la religión, el ámbito que presenta la mayor contradicción: la iniciativa de la Iglesia de ayudar a los refugiados se fractura por el riesgo político que la presencia ilegal de los compañeros de Fortuna implica para los sacerdotes. Ellos deciden poner un alto al apoyo, develando así que la devoción religiosa no es más que una forma de vida terrenal que también tiene como único objetivo sobrevivir y entregar toda esperanza a un tótem redentor y sublime: el ciego amor, que no resulta muy diferente de los intentos de Fortuna para sobrevivir. Como le susurra a Kabir una vez que devela el secreto de su embarazo: «Si no me amaras, ya estaría muerta».

Al mirar Fortuna, nacen preguntas que quizá en un coming-of-age no surgirían, pues el desenlace de estas obras casi siempre se encuentra articulado, de manera positiva o negativa, sobre el destino final del protagonista. Aquí no queda muy claro cómo resolverá Fortuna su situación, si se convertirá en madre, si escapará del hospicio o si seguirá buscando a su familia, pues es imposible conocer hasta qué punto la tremenda sabiduría que cabe todavía en su inocencia la salvará del inhóspito mundo de la adultez. Lo único que sabemos es que en algún lugar de los Alpes hay una niña que tiene una burrita, que caminan juntas por la nieve y que se miran con enternecedora complicidad en medio de lo impío y lo divino. 


FUENTES:
[1] Virgilio Ariel Rivera, La composición dramática. Estructura y cánones de los 7 géneros, México, Escenología, 2004.