El creador amnésico

Antes del olvido (2018) de Iria Gómez Concheiro


Por Leonardo Olmos

El creador amnésico

Antes del olvido (2018) de Iria Gómez Concheiro


Por Leonardo Olmos

 

TAMAÑO DE LETRA:

El olvido es lacerante. El proceso donde el arte pasa por el inobjetable juicio de su entorno y por los años que transcurren severos, deslavando cualquier vestigio de mano humana para convertir obras en objetos inanimados. El arte que refleja el espíritu de su creador para representar sus emociones y para que quien visualice su trabajo encuentre una catarsis donde pueda verse reflejado. El humano detrás de la obra, aquel que pasa a ser un mero arquetipo, y el mundo deja de recordar como un organismo vivo.

El olvido en la inmundicia iluminada con focos reciclados de muchos años atrás que acompañan a cabizbajos comensales en una pulquería de mala muerte en el centro de la Ciudad de México, enmarcando la figura de Fermín (Leonardo Alonso), un diablero solitario viviendo en una vecindad a punto de ser evacuada. En esa pulquería, con borrachos que gruñen y mientan la madre entre dientes, y tenderos desdentados que ignoran con sonrisas condescendientes la tristeza de sus clientes que solicitan, por lo menos, miradas compasivas, mientras una destartalada rocola reproduce Sin ti, la emblemática canción de Los Panchos, capturando la melancolía de Fermín y librándose de los letárgicos tiempos muertos que se sentían eternos minutos atrás. El diablero canta y se pasea por el local con dolor en su voz y con la viscosidad del pulque en sus manos.

Mugre, soledad, melancolía y tiempos muertos: elementos que la realizadora Iria Gómez Concheiro utiliza para rendir homenaje al sentido de pertenencia de miles de ciudadanos que han sido despojados de sus viviendas, con autoridades arrancando sus techos para dejarlos bajo la inclemencia de la lluvia contaminada de la gran urbe. En Antes del olvido (2018), película coral donde infinidad de personajes están a la espera del momento en que su historia sea demolida por trámites burocráticos, la expectativa es simplemente la antesala al inframundo donde todos quedarán relegados por el desalojo. El inframundo del arrimado que termina en el patio de alguien más en otro tiempo de espera para otra trágica solución. El estado del recóndito infierno donde la falta de vivienda sólo es una carga más sobre las espaldas de madres con hijos secuestrados, niñas abandonadas, adolescentes que encuentran una familia en las calles y en el crimen, o excampeones de boxeo cuya economía decadente les obliga a volver al ring en contra de las indicaciones de los médicos.

El respeto hacia la realidad de personas que lo han perdido todo es evidente y la consciencia social de los realizadores por la situación filmada, palpable: con locaciones reales situadas en el centro de la turbulenta ciudad, la película logra un escenario que se siente pertinente. Narrativamente, se va un poco hacia el lado contrario. Un caso curioso donde la forma y la estética deslucida y gris que refleja la situación psicológica de los personajes contrasta con la tibieza con la que sus argumentos son expuestos en pantalla, presentándolos como estereotipos que dialogan leyendo líneas fabricadas e inorgánicas que servirían para reafirmar la esencia didáctica de su tesis: el sistema voraz que vapulea a la ingenua e inocente clase obrera, mostrando villanos malencarados y robustos provenientes de oficinas gubernamentales, quienes se burlan cínicamente de los ciudadanos que tendrían que ayudar, esto mientras acarician sus bigotes y sueltan un bufido malévolo. Metáforas obvias: campeones que mueren al mismo tiempo que un bebé nace, el ruidero de las calles contrastado con la tranquilidad utópica del interior de la vecindad, la burbuja macabra e hiperviolenta que encierra a la Ciudad de México, alejándola de los etéreos terrenos circundantes: estos elementos, lejos de problematizar la dura temática o aclarar su postura social, terminan por entorpecer su propia línea y por relegar a sus protagonistas a burdas representaciones ideológicas, cuando a buenas intenciones se quería lograr un acercamiento humanista.

«Sin ti, qué me puede ya importar si lo que me hace llorar está lejos de aquí», canta el trío en esa rezagada pulquería en la que Fermín solloza sus penas y teme a la amenaza de ser borrado en el instante en que la brigada de policía lo saque de su casa, al igual que el filme mismo amenaza con olvidar las inquietudes de su variedad de personajes una vez que la naturaleza de su estructura coral pase su enfoque a alguien más, malmirando en su paso a otros sujetos con mayor riqueza, como lo es doña Elvirita, una anciana con aguerridos ideales que en épocas pasadas formó parte de un grupo de oposición. Quizá —y esto es sólo una teoría—, la película como tal no tiene la responsabilidad de preservar la humanidad de personas cuyo futuro es incierto y que ni siquiera pueden conservar su propia identidad ni esclarecer su cosmogonía, puesto que fuerzas mayores ya se las han arrancado de las manos. Quizá, como aquella canción en la rocola, el dolor en el olvido es inclemente cuando la esperanza es robada por alguien más, alguien en quien se había depositado confianza. A fin de cuentas, Antes del olvido habla sobre ese momento de silencio lúgubre antes de una explosión que eliminará cualquier atisbo de vida humana en un lugar en específico; lo que fue, deja de importar; el artista tomará un nuevo proyecto con distintos tratamientos y el recuerdo se desvanecerá. 

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