La renovación del vampiro

Clavel, lirio y rosa  (2018) de Maju da Paiva


Por Eduardo Cruz 

La renovación del vampiro

Clavel, lirio y rosa  (2018) de Maju da Paiva


Por Eduardo Cruz 

 

TAMAÑO DE LETRA:

Como tantos otros géneros, el cine de horror en sus mejores momentos ha servido para sublimar los temores colectivos de su tiempo. Los hombres lobo, fantasmas, brujas, vampiros y científicos locos condensan, en su singularidad, un temor común y específico. El Nosferatu de F.W. Murnau (Nosferatu, eine Symphonie des Grauens, 1922) no tiene las mismas connotaciones que el Nosferatu de Werner Herzog (Nosferatu: Phantom der Nacht, 1979), por ejemplo, pues cada uno metaforiza temores distintos, congruentes a su periodo. En ese sentido, bastaría asomarnos en el cine de horror contemporáneo para indagar en los más profundos temores actuales.

El cine brasileño de los últimos años ha multiplicado su producción y con ello se han diversificado los géneros que aborda. Clavel, lirio y rosa (Cravo, lírio e rosa, 2018), cortometraje de Maju da Paiva, resulta de este fértil contexto. Cercana en su aproximación desde el cine de género a Blanco sale, negro queda (Branco sai, preto fica, 2014) de Adirley Queirós y en la misma línea de horror de la reciente Las buenas maneras (As Boas Maneiras, 2017), de Marco Dutra y Juliana Rojas, da Paiva juega con la figura del vampiro para hablarnos de un problema mayor y de aplastante actualidad, no sólo en Brasil, sino en toda Latinoamérica: el feminicidio.

Cécilia, una niña de doce años, descubre el cuerpo de una mujer asesinada. Su hermana mayor, Sara, intenta explicarle para tranquilizarla: son vampiros, le dice. El problema es que nadie sabe cómo detenerlos. El entorno enrarecido en permanente tensión nos advierte algo a priori. Ya en el diálogo que abre el filme se nos presenta a la vez un misterio y una dinámica; con la pantalla en negro, escuchamos una conversación entre monstruos que se nos revela luego como una cómica charla sobre disfraces, pero, inmediatamente después, vemos en un primerísimo plano el rostro ensangrentado de un cadáver. Esta relación dialógica entre lo dicho y lo no dicho, entre lo visible y lo invisible, permeará en adelante —si los asesinos son vampiros, la sangre es sólo tinta—, generando la sensación de que lo malo pasa ante los ojos de todos, pero sin ser visto. El fuera de campo toma una dimensión social y apunta a la esencia del conflicto.

No es casual que los pocos hombres que aparecen sean hostiles; el policía, el niño que molesta a Cécilia en el colegio y el adolescente que acosa a Sara, todos parecen ser vampiros. La amenaza es real y aun así se muestra velada. «¿Crees que vendrán por mí?», pregunta Cécilia y, ante la incertidumbre, su hermana calla. Después de todo, las chicas siguen enamorándose de los vampiros en las películas y nadie hace nada al respecto. 

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