Ecologías ficcionales

Tarde para morir joven (2018) de Dominga Sotomayor


Por Vanja Milena

Ecologías ficcionales

Tarde para morir joven (2018) de Dominga Sotomayor


Por Vanja Milena

 

TAMAÑO DE LETRA:

Los filmes de Dominga Sotomayor habitan siempre en un corte temporal preciso y de carácter extraordinario donde algo pasa en un grupo familiar que modifica para siempre el estado de las cosas y cuyos efectos se deslizan suavemente a nivel emocional para sus protagonistas: la separación definitiva de los padres ante la mirada de Lucía durante un road trip de fin de semana largo en De jueves a domingo (2012) o el quiebre de Martín con su novia durante una escapada a la playa ante la presencia de su madre y un desastre natural en Mar (2014). En este caso, Tarde para morir joven (2018) se sitúa en esa semana mágica después de Navidad, en víspera de Año Nuevo, donde el panorama principal de grandes y chicos en Santiago es descansar y disfrutar de las tardes de verano en la piscina, comiendo sandía antes que el calor y el smog se vuelvan tan insoportables que obliguen a todos a refugiarse en la playa más cercana.

Durante este break de fin de año, el filme retrata un momento y un lugar que ya no existen y sólo le pertenecen al recuerdo. El primer verano luego del fin de la dictadura militar y el comienzo de la llamada «transición» democrática que comenzaba en Chile entre 1989 y 1990. Alejada de la ciudad, en plena precordillera, comenzaba a instalarse y crecer la Comunidad Ecológica de Peñalolén: un grupo de personas constituido principalmente por familias progresistas con vocación ecológica, espíritu artístico y condiciones económicas suficientes para huir de la ciudad e instalarse en esta zona alejada de las comodidades urbanas como luz, agua y transporte público, siguiendo un ideal de vida de cercanía con la naturaleza a través de normas de habitabilidad poco invasivas y eco-friendly.

El filme intenta reconstruir la memoria personal de su directora, quien fue parte de este proceso, a través de dos ejes principales; por un lado, la capacidad de rememorar o reconstituir objetual y sensitivamente la época a través de los elementos plásticos y estéticos del filme. La fotografía deslavada a cargo de Inti Briones, los cientos de objetos, marcas, ropas, cortes de pelo y looks a cargo de la dirección artística de Estefanía Larraín llenan el filme de referencias noventeras (lo que, sumado al protagonismo y despliegue actoral de niños y jóvenes, recuerda a la reciente Verano 1993 [Estiu 1993] de Carla Simón). El estado emocional se extiende también por medio del sonido: la banda sonora (Santiago del Nuevo Extremo, Nadie, Mazzy Star, The Bangles, Los prisioneros) a veces desplegada en largas escenas musicales que se alejan de lo anecdótico, del punto de giro o de la pericia técnica, constituyendo más bien momentos donde la cotidianeidad del filme se hiperextiende y referencia la estética de los videoclips de la época, como también la presencia constante de radios de fondo donde suenan canciones de protesta para los padres o pop anglosajón para los niños.

Por otro lado, el filme busca dar cuenta del espíritu colectivo sobre el cual se gestó este proyecto, primero, por medio del carácter coral de la cinta como también por la permeabilidad espacial entre el paisaje y sus personajes. La idea de una comunidad orgánica está en el ir y venir de las personas y los animales allí reunidos, que se despliegan entremedio de eucaliptos, espinos, litres, quillayes y matorrales, los suelos de tierra o cubiertos de hojas secas, paja, piedras, rocas y polvo. El cielo azul delineando los contornos de los cerros, el brillo del sol, las nubes y la ciudad a lo lejos. El paisaje de la precordillera es otro protagonista de la película que, vestido de tonos pasteles, parece abrazar a sus protagonistas en un todo orgánico donde humanos y no humanos se encuentran íntimamente relacionados. Así se configura una distribución y disposición espacial casi coreográfica donde Sofía, Lucas y Clara descubren y enfrentan los primeros amores, las decepciones con los padres, el miedo a que todo puede cambiar y el impulso vital por desear ese cambio más que a nada.

Dominga Sotomayor concretó un coming-of-age con la estética del recuerdo que conjuga la mirada de los niños de su ópera prima y la experimentación formal de su segundo largometraje, para generar una permeabilidad con el espacio y el momento de la filmación. Tarde para morir joven no es sólo el título más rockero de la filmografía de Sotomayor, sino su proyecto más ambicioso, donde el cine crece y se expande, donde todas las cartas son jugadas en favor de la ficción para encender algo que parece de otro lugar. 

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