Cuánto pesa el cielo

Titixe (2018) de Tania Hernández Velasco


Por Federico Galindo

Cuánto pesa el cielo

Titixe (2018) de Tania Hernández Velasco


Por Federico Galindo

 

TAMAÑO DE LETRA:

El acto artístico puede responder en una medida a nuestra necesidad de escapar a la muerte. Ciertas expresiones (la pintura y la literatura, por ejemplo) se salvaguardan del tiempo de la vida huyendo de él; crean, como lo sugirió Bazin,[1] con el trazo o con la palabra, un universo temporal autónomo. Para el cine es diferente: su cercanía con la vida es inmediata puesto que logra registrar el cambio de lo vivo y resucitar sus fantasmas; mas, si su tarea se detuviera aquí, se limitaría a representar únicamente las apariencias y no la esencia de las cosas. Al cineasta le queda entonces la labor de realizar en el tiempo corrupto del cine una búsqueda de lo real; sin embargo, si precisamente la vida es su pincel, ¿cuándo podría mirar lo ausente, lo invisible, la muerte?, ¿en dónde encontrar la realidad que escapa a los cuerpos?

Un agonizante cielo azul es el plano inicial de Titixe («las sobras», en algunas regiones del centro de México), primer largometraje documental de la mexicana Tania Hernández Velasco. Su abuelo, Valentín Velasco, un trabajador arduo de la tierra, ha fallecido recientemente. Nadie heredó sus años de sabiduría sobre el trabajo de campo, por lo que ahora sus tierras representan una carga económica fuerte. En la imagen, la cámara fija se limita a mirar, asume lo perdido: es el cielo quien realiza todo movimiento. Incluso el tiempo nos parece suyo, como si hubiera eternizado voluntariamente uno de los mil instantes anteriores al anochecer. Para la abuela de la autora es casi inevitable tener que tomar la decisión de vender los terrenos; sin embargo, una creencia local devuelve la fe a Hernández y a su familia: cuando un campesino fallece, la siguiente siembra en sus tierras es muy productiva, como si su espíritu se quedara a trabajar el campo una última vez. Una buena cosecha podría hacerles posible un futuro agrícola. Titixe se plantea entonces como la relación entre dos fuerzas: el cielo y la tierra. Corresponde a la primera crear el tiempo; a la segunda, trabajar y esperar. Una tercera, la del cine, viene a posibilitar una ósmosis entre ambas, intentando en cierto modo realizar la leyenda local y revivir el espíritu de quien antaño se enfrentara con las tempestades celestes.

De pronto es de día: sin distinguir aún al hombre que esparce las semillas a través de los surcos, la cámara se enfoca en sus manos y pies que trabajan la tierra en movimientos repetitivos. Al cabo de un momento, del plano sonoro florece un ritmo que no escuchábamos antes, como si hubiera brotado del polvo y los cencerros, por unos breves segundos, la sabiduría de Valentín Velasco. Pronto descubrimos que se trata de un tío de la directora. «Sus ojos, me recuerdan a sus ojos», narra Hernández en off. En Titixe, la representación de lo ausente no se subordina al parecido: en una escena posterior, un hombre mayor canta una melodía sobre las lejanías; por un momento, desconocemos si se trata del fantasma de su abuelo, pues la propia autora se confiesa víctima de una ilusión. Al cabo de unos segundos, descubrimos que se trata de otro tío idéntico a Velasco. Ninguno de los cielos sublimes que vemos a lo largo del filme son del dramatismo de la mirada que, cuando recién ha dejado de cantarse esta melodía, cae sobre la atribulada madre de Hernández, nublada en angustia, como una promesa de que la paz jamás regresará. Entonces Velasco está verdaderamente presente, porque el cielo y la tierra se han vuelto espejos para sus emociones y para las de su nieta. Invisibles para nosotros, la autora y su abuelo conviven con sus tristezas y alegrías en memorias: el cielo se oscurece y Hernández narra la única historia que, dice, hizo llorar a su abuelo al contarla, sobre una ocasión en donde decidió tirar al barranco una cosecha de calabaza por su injusta valoración.

La fluidez del cambio en el reino vegetal escapa a la mirada humana. Jamás podríamos dar cuenta absoluta de cada instante en el que crece una planta de la manera en que vemos correr los cuadros de un filme: aunque estuviéramos en el lugar de una siembra, el crecimiento se nos revelaría por etapas y no continuamente. Hay un momento en el que Hernández platica que fue su abuelo quien la sacó por primera vez a bailar, precisamente con la canción que se torna fuerte cuando nos acercamos a la tierra: «…trigueñita hermosa, linda vas creciendo, como los capomos que se encuentran en la flor…». Sucede todo como si las flores se proclamaran conscientes de su cambio, revelándolo por medio de la imagen sonora que evoca un recuerdo. Algo análogo sucede a mayor escala con Titixe: quienes viven en la invisibilidad agrícola mexicana son pocas veces representados mediante sus caras, nunca por las de quienes perpetúan su sufrimiento; por el contrario, en los interminables rostros de la naturaleza y de sus brazos que la trabajan, se cede el espacio a sus esperanzas, a sus recuerdos y al respeto por un trabajo tristemente irrecuperable.

A pesar del noble y arduo esfuerzo que han hecho los Velasco, la cosecha es demasiado escasa como para pensar en un futuro dedicado al cultivo. La tierra debe venderse; al área de siembra debe hacérsele una quema. Se escuchan campanas de luto, una tras otra. La historia se acerca a su final. Sería imposible saber si el fuego del cielo distante incendia las hojas secas o si es la tierra quien incendia el cielo. Mientras tanto, la cámara ha descendido, desvía del cielo su mirada: lo único que queda es el titixe, volver a visitar nuestros lugares, lo que quedó de ellos; lo único que queda es el cine: volver el tiempo.  


FUENTES: [1] André Bazin, ¿Qué es el cine?, España, RIALP, 2016, p. 23-30.

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