Tiempo y nostalgia

Wildlife (2018) de Paul Dano


Por Olmedo Altamirano

Tiempo y nostalgia

Wildlife (2018) de Paul Dano


Por Olmedo Altamirano

 

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Tiempo


El error está en intentar comprender el mundo en términos
de cosas en lugar de eventos: es decir, ignorar el cambio.

Carlo Rovelli[1]

 

La consecución de imágenes y acciones que son esencia del cine corroboran la relación analógica que éste posee con la realidad. El fluir de acontecimientos evidencia el tradicionalismo que, anclado a ideas absolutas y estáticas, ignora el cambio. Por este motivo, las películas son una forma de debatir y cuestionar los prejuicios que moldean el pensamiento e invitan a nuevas formas de interpretar el mundo.

Al entrar en la posmodernidad, se cuestionaron los conceptos que han sustentado las costumbres, como es la idea de familia. Institución que, alejada de la noción estricta de consanguinidad, amparada por la figura de un padre y una madre, se ha abierto a una amplia configuración de lazos. Bajo esta línea acontece Wildlife (2018), primer largometraje que dirige el actor estadounidense Paul Dano y que explora la disgregación de la familia Brinson, conformada por Jerry, Jeannette y su único hijo, Joe.

La historia, basada en la novela homónima de Richard Ford y que por instantes rememora a Los 400 golpes (Les quatre cents coups, 1956) de François Truffaut, está ambientada entre los años cincuenta y sesenta en un pueblo de Montana. La trama se descubre a través del rostro de Joe, una lectura apoyada en la utilización del primer plano que refleja la desolación e impotencia ante la inminente disrupción familiar.

Wildlife es la inane lucha contra lo irreversible que se refleja en Jerry, personaje que reúne atributos patriarcales y que, en su afán por insistir en una relación rota, expuso a su familia a una sucesión de mudanzas por diferentes partes del país, buscando su propia redención y para conseguir el respeto, mas no el amor, de sus cercanos. Sin embargo, esta situación detona en su más reciente fracaso en Great Falls. A razón de esta situación, la película refleja lo absurdo de la sociedad norteamericana que, amparada en quimeras como el «sueño americano», plantea la construcción de vínculos eternos e inalterables. Una apuesta incoherente con el desarrollo de la vida misma, ya que, al estar sujeta al tiempo, está ligada también a la entropía.

La entropía es la medida del desorden, es la lectura del tiempo a través de la observación de los diferentes estados en que se encuentra la materia. Es por medio de la oscilación entre microestados ordenados y desorganizados que fluye la vida. Un torrente impulsado por la energía que, en este caso, serían la pasión o el amor, entre otros sentimientos que dan forma a las relaciones. De aquel estado fijo quiere huir Jeannette, cuyos anhelos fueron negados para ocupar el rol de ama de casa y cuyas decisiones quedaron subordinadas a las de su esposo. La frustración de una vida supeditada la llevará a tomar decisiones impulsivas y egoístas que al final repercutirán en la voz ignorada de esta historia: Joe.

El calor, energía que cataliza el cambio de las cosas en el tiempo, será metáfora de este relato. Por lo tanto, a medida que la familia Brinson fracciona, a varios kilómetros de aquel pueblo toma lugar un incendio que extenderá sus insoslayables llamas por los gélidos bosques, creando nuevas estructuras de vida.

Asimismo, la relación con el tiempo es personal e intrínseca a cada evento. Es por esa razón que, mientras se desarrolla la historia, el director ofrece planos generales del pueblo, demostrando que dentro del gran bucle que es aquel sitio hay diferentes sistemas permutando.

 

Nostalgia


La nostalgia es, pues, el sufrimiento causado
por el deseo incumplido de regresar.

Milan Kundera[2]

 

Joe será el héroe nostálgico que, a pesar de los entrecortados diálogos que entabla para intermediar en la relación de sus padres, se niega en principio a aceptar que aquella concepción de familia que tenía ya solo radica en la memoria.

Su proceso de madurez es paulatino. Él no se relaciona con muchas personas dado su timidez y, ante la ausencia de sus padres, quienes daban orden en el hogar, él irá asumiendo ese rol. Joe es el producto del fracaso de las ensoñaciones norteamericanas que, incumpliendo las promesas tácitas que ofrecían, trastocó los roles de la generación siguiente.

Al observar la inconsistencia laboral del padre, que huye del hogar para ayudar como socorrista en el incendio, y la precariedad salarial de la madre, Joe decide cooperar en la casa aceptando un cargo como ayudante en un estudio fotográfico. En el tiempo que desempeña esta labor, él ve en las fotos una forma de retratar la nostalgia, de guardar para sí mismo un instante que no volverá. En esta dinámica, Joe apela a la preservación de esa memoria frágil que añora una vida pasada, que creía cálida y amena. A pesar de que la historia reitera su voz ignorada frente a los caprichos de su padres, Joe se abraza al dolor de la ignorancia[3] que es la nostalgia y los invita a tomarse una última fotografía de los tres. 


FUENTES:
[1] Carlo Rovelli, El orden del tiempo. Anagrama, España, 2018.
[2] Milan Kundera, La ignorancia. Tusquets Editores, México, 2000.
[3] Íbid. p. 10.