Colonizar la ficción

Zombi Child (2019) de Bertrand Bonello


Por Jorge Negrete 

Colonizar la ficción

Zombi Child (2019) de Bertrand Bonello


Por Jorge Negrete 

 

TAMAÑO DE LETRA:

Durante la ceremonia inicial de la 51 Quincena de los Realizadores en el Festival de Cannes, se llevó a cabo un homenaje al estadunidense John Carpenter, director de hitos como Sobreviven (They Live, 1988) o La cosa (The Thing, 1982), donde el cineasta reflexionó sobre la revalorización que se le ha dado a sus películas como piezas u objetos «de culto» y lo inservible de dicho mote. Carpenter afirmó que de eso «no podía vivir», con pragmatismo y total franqueza, virtudes que le han dado a sus películas una vigencia sobrecogedora en el mundo contemporáneo. Las distopías que filmó se convirtieron en presagios que habrían de reestructurar la realidad; la ficción se convirtió gradualmente en la mejor forma de entender nuestro entorno.

Una de las figuras recurrentes en esta edición del Festival de Cannes ha sido la del zombi, como en la película de apertura The Dead Don’t Die (2019), de Jim Jarmusch; Atlantique (2019), de la senegalesa Mati Diop, y Zombi Child, del francés Bertrand Bonello. Las tres comparten líneas temáticas y exploran facetas distintas de la curiosidad que dicha figura despierta para explicar —sin afán de hacer sociología, sino una suerte de semiología histórica— cómo es que el muerto viviente ilustra la pasividad y la dominación colonial, particularmente las películas de Diop y Bonello.

Mientras que Atlantique podría ser considerada como el estado de trance, Zombi Child es un impoluto ritual, cerebral y cosmopolita, de dicho estado. A manera de tesis y usando como marco teórico los escritos del historiador Patrick Boucheron, Bonello plantea que los zombis sí son capaces de razonar, incluso son capaces de pensarse a sí mismos; la diferencia es que dicho raciocinio se ve activado por la voracidad y la necesidad de abandonar dicho estado. En cada persona contagiada se busca una salida o, cuando menos, la urgencia de encontrar una cura para salir del trance, concebido aquí como un oscurecimiento de la libertad.

Zombi Child explora dicho estado a través de la relación de Francia y Haití alrededor de Clairvius Narcisse, un hombre haitiano de 40 años que en 1962 fue supuestamente convertido en un zombi después de tomar tetrodotoxina, un ingrediente común en brebajes vudú. Narcisse desaparece durante 22 años para regresar supuestamente aliviado a su pueblo en 1980. La película de Bonello se estructura en estos dos tiempos y en un tercero situado en la Francia contemporánea, en donde la nieta de Narcissus acude a una prestigiosa escuela para mujeres.

A partir de nociones como la sororidad, el vudú y la apropiación cultural, Zombi Child ofrece una vía para la justicia social: el final del estado de trance. Como en L’Apollonide (2012) o Nocturama (2016), Bonello realiza un sofisticado ejercicio de reflexión histórica con toques ensayísticos que cuestiona duramente el papel de su cultura y su país en la colonización del deseo, de los cuerpos y hasta de la ficción misma, todo con una volátil mezcla de repulsión y atracción que determina la forma en que se dan los vínculos entre colonizador y colonizado.

Con riguroso control de su puesta en escena, Bonello se mueve de Francia a Haití variando tonos y formas que evocan cintas de cineastas tan dispares como Raoul Peck (Meurtre a Pacot, 2014) o Brian de Palma (Carrie, 1976), así como fuentes literarias y folclóricas. Zombi Child resulta un fascinante híbrido que, junto a The Dead Don’t Die y Atlantique, aborda la forma en la que la ficción ofrece modelos para interpretar y estructurar la realidad después del liberalismo y su gradual podredumbre. Estas películas presentan un mundo que se ha ficcionado como aquellos imaginados por Carpenter, un visionario que desprecia su visión, no por su calidad moral, sino por no ser lucrativa. Un hombre coherente y libre a final de cuentas. 

El folclor permite una forma de iluminar la libertad que el abrumador liberalismo ha oscurecido durante más de dos siglos, un antídoto para la ficción colonizada que permite incluso al zombi más sumido en estado de trance tener la capacidad de recordar. En Zombi Child, la memoria es el primer paso a la libertad. 

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