De animales y jaulas

El despertar de la fiera: Dogman (2018) de Matteo Garrone


Nov 28, 2019

TAMAÑO DE LETRA:

…poesía tardía que no llegas
a decir ni la mitad de lo que sabes
no callas lo que puedes, ni reniegas
de este cuerpo casual en el que no cabes.

José Saramago, Há-de haver

Una de las cualidades más fascinantes del cine de Matteo Garrone es su capacidad de conjugar, dentro de la misma obra, una representación de la realidad sumamente física y concreta y, a la vez, una fuerte tendencia a la abstracción. El del cineasta romano es un cine de conflictos, de dialécticas y de distancias, muchas de las cuales encuentran cabida en el espacio que corre entre la esencia de una cosa y su imagen. Así, si desde un punto de vista más abstracto esta distancia puede corresponder a la que separa la realidad de su percepción —como en El embalsamador (L’imbalsamatore, 2002), Primo amore (2003), Reality (2012) y por lo menos un episodio de Gomorra (2008)—, en su vertiente más concreta se traduce en un discurso sobre el cuerpo, humano o animal, y su contenido: de nuevo El embalsamador y Primo amore, pero también El cuento de los cuentos (Il racconto dei racconti – Tale of Tales, 2015). El despertar de la fiera: Dogman (2018), la más reciente entrega de Garrone, guarda evidentes afinidades con todas las películas mencionadas, pero sobre todo con las primeras dos: como en ellas, la trama está fuertemente inspirada en un hecho real caracterizado por la ambigüedad de una relación con tintes sadomasoquistas, y la profesión del protagonista se presta perfectamente a una interpretación más conceptual del suceso en cuestión.

En la historia de Marcello, propietario de una estética canina en un escuálido suburbio frente al mar con fuerte presencia criminal, los elementos fundamentales de la acción son tres. El primero son los perros, fuente de trabajo y objeto de infinito amor para el protagonista, pero a la vez un símbolo: casi siempre grandes y casi siempre encerrados en jaulas, su presencia nos habla del elemento animal intrínseco en cualquier ser humano, capaz de emerger en determinadas circunstancias. La cocaína, en cambio, es el elemento que une trágicamente a Marcello con Simone: el primero se la vende al segundo, construyendo sobre estas bases una especie de amistad claramente asimétrica. La droga también tiene una doble función: a nivel narrativo, se trata de uno de los ejes centrales, especialmente del desenlace; a nivel simbólico, su función es la de propiciar el afloramiento del elemento animal en Simone, joven violento y problemático quien, bajo su efecto, se transforma en una bestia imprevisible e intratable que arrastra consigo al pobre Marcello. El tercer elemento, no menos importante, es el paisaje. Espléndidamente fotografiado por Nicolaj Brüel con tonalidades frías, el Villaggio Coppola (suburbio de Caserta, símbolo de especulación edilicia, marginación social y presencia mafiosa) ya había sido utilizado por Garrone como ambientación de El embalsamador y aquí es presentado como un suburbio de Roma, pero su función no cambia. Caracterizado por sus edificios escuálidos construidos frente a una larga playa, constituye la ambientación perfecta para enmarcar una historia de degradación humana en un contexto de degradación social y paisajística: un uso del paisaje muy parecido también al de Gomorra.

Producto de este contexto son tanto la rabia y el nihilismo de Simone, crecido en una situación familiar no más alentadora, como la soledad de Marcello, hombre solo y tímido, cuyas esperanzas de salir adelante se aferran a la relación con su adorada hija Alida, al respeto que le tienen clientes y vecinos, y al amor hacia los perros, que constituye la fuente principal de sus ingresos al mismo tiempo que le proporciona sus únicas amistades confiables. La fragilidad de esta situación quedará patente en el momento en que las tendencias (auto)destructivas del primero echan a perder los esfuerzos del segundo por llevar una vida aceptable y respetable, con resultados terribles e inesperados.

Cargada de una sensación de ineluctabilidad desde las primeras y premonitorias imágenes de un pitbull encadenado, El despertar de la fiera: Dogman acumula tensión, al igual que su protagonista, hasta el punto en que ésta se vuelve inaguantable, explotando en un final a la vez onírico e hiperrealista. Al igual que los perros (y que todos nosotros, parece querer decirnos Garrone), Simone y Marcello son dos animales enjaulados en su condición social: la diferencia es que, si el primero descarga continuamente su rabia, a menudo alentada por la cocaína, el segundo no tiene la menor sospecha de su naturaleza más violenta hasta que es empujada a aparecer. Perros y jaulas se convierten entonces en metáfora, al igual que las imágenes en las que vemos a Marcello salir del agua tras su sesión de buceo, hablándonos del conflicto entre el exterior del ser humano, su parte social, y el interior, su parte animal, siempre dispuesta a salir al descubierto. Como es costumbre en el cine de Garrone, la dimensión puramente anecdótica del relato queda rebasada por su lenguaje cinematográfico, capaz de conferir a sus imágenes una dimensión conceptual que en ningún momento las destituye de autenticidad o de realismo. La obsesión perenne del cineasta romano, es decir, la eliminación de la distancia entre forma y contenido, revela una vez más (como en Primo amore, probablemente su obra más teórica al respecto) su dimensión metalingüística.

TAMAÑO DE LETRA:

 

  • Bacurau
  • Retrato de una mujer en llamas
  • Los muertos no mueren
  • El automovil gris
  • Sanctorum