Acto de contrición

Los dos papas (2019) de Fernando Meirelles


Dic 16, 2019

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Hacia el final de Le moine (1972), la película de Ado Kyrou escrita por Luis Buñuel y Jean-Claude Carrière, un monje —interpretado por Franco Nero— es perseguido por la Inquisición después de sostener relaciones carnales con una emisaria del Diablo y unirse a sus huestes como un poderoso aliado. Cuando dicha alianza se consuma, la película da un audaz brinco temporal del siglo XVIII al Vaticano contemporáneo, cuando una audiencia recibe calurosamente al monje que se ha transformado en un flamante Papa, una figura que con el tiempo ha perdido credibilidad, mas no poder, la misma que pretende ser desmitificada en Los dos papas (The Two Popes, 2019), del cineasta brasileño Fernando Meirelles.

Las contradicciones que encierra la figura papal tratan de abordarse en la película de Meirelles a través de un recorrido por la década que vio a Joseph Ratzinger convertirse en Benedicto XVI (Anthony Hopkins) y a Jorge Bergoglio en el Papa Francisco (Jonathan Pryce), pero, ante la necesidad de un retrato imparcial, se impone la necesidad de empatía. Más que apelar a la noción del perdón católico, Los dos papas apunta a la simpatía como un atajo al perdón y a la reivindicación, dejando prácticamente impune a la institución religiosa.

La postura abiertamente anticlerical de Buñuel y Carrière, más provocativa que aguda, crea un significativo contraste cuando se llega a Los dos papas, cuyas faltas, particularmente los vínculos de Bergoglio con la dictadura argentina en los años setenta, se justifican bajo la ingenuidad de un sacerdote que desconoce de argucias políticas y que, bajo presión, se apega con mayor rigor a las reglas. La película pretende generar un retrato balanceado de sus dos figuras protagónicas buscando al conservador en Bergoglio y al progresista en Ratzinger, pero parece quedar cohibida ante la investidura papal, un disfraz que exhuma poder y que convierte a la persona en personaje.

A diferencia, por ejemplo, del Papa ficticio interpretado por Michel Piccoli en Habemus Papam (2011), del italiano Nanni Moretti, los papas de Pryce y de Hopkins se resguardan astutamente bajo un abrumador carisma que, lejos de humanizarlos, los inserta en otro mecanismo de ficción. La interpretación y la caracterización tienen como fin generar certeza, dejando de lado cualquier ambigüedad, una cualidad necesaria cuando se habla de un personaje histórico, pero Meirelles los trata como celebridades, no como hombres.

Si en Habemus Papam Moretti usaba el psicoanálisis como una herramienta para escindir al hombre de la figura hallando su vulnerabilidad, Meirelles está mas preocupado por crear una crestomatía, una recreación de hechos cuyo fin no es exponer ni revelar, sino la expiación, la máxima de la iglesia católica que en esta película pide como indulgencia por sus pecados, a lo sumo, una vergüenza efímera. En las conversaciones que entablaron ambos papas antes de la crisis que llevó a Ratzinger a renunciar, los crímenes son minimizados y el tabú de la pederastia apenas mencionado y concentrado en la palabra «Padre Maciel».

Los crímenes de ambos hombres y de la Iglesia Católica ocupan simultáneamente el centro y la periferia de Los dos papas, que además de estar dirigida y visualizada con complaciente mediocridad, pretende, a través del uso de «lo ordinario» (comer pizza, ver el futbol amistosamente, tomar refresquito de naranja), vincularnos como espectadores a figuras que concentran un enorme poder y cuyos actos de «humildad» ostentan una carga más retórica que práctica. La gran reforma de la Iglesia no yace dentro de la Institución, sino fuera de la misma, un aspecto en el que Ratzinger parece ser más hábil que Bergoglio.

En las primeros minutos de la película, durante la recreación del Conclave para la elección del sucesor de Juan Pablo II, uno de los cardenales, citando a Platón, le dice a Bergoglio que una de las características de un buen líder es no querer serlo. La cuestión es que, en este caso, más que liderazgo, estamos ante la peligrosa convicción que el poder otorga, indisociable de su vínculo con la maldad y, peor aún, su indulgencia. En ese sentido, quizá en estos tiempos, la sátira de Buñuel y Carrière se convierte en un retrato más fiel del papado que los intercambios de dos hombres unidos, más que por un credo, por simple y llana política.

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