La función que no se ve

Matinée (1977) de Jaime Humberto Hermosillo


Feb 12, 2020

TAMAÑO DE LETRA:

Lunes, probablemente, de honores a la bandera en una primaria de Aguascalientes. La cámara se posa sobre Aarón, que toca su trompeta con un gesto solemne. Luego se desplaza hacia donde la escolta marcha y de entre ellos surge otro niño, Jorge, quien se acerca a Aarón para susurrarle algo al oído y después regresar a su lugar. Un iris se posa sobre él y da inicio la Matinée (Jaime Humberto Hermosillo, 1977).

El título hace referencia a la primera función en una sala de cine, pero aquí funge también como el primer recuerdo de esa elusiva relación que entendemos como cinefilia. Después de la secuencia inicial, Aarón y Jorge se escapan de la escuela para poder ir al cine local, que presenta, entre otras películas, Las aventuras de Robinson Crusoe (Robinson Crusoe, Luis Buñuel, 1954), pero, antes de poder entrar a la sala, son detenidos por la prefecta de la escuela, quien ya tiene a un número considerable de menores rapaces que pretenden cambiar la educación por el cine.

Lo que Aarón y Jorge ignoran es que, aunque no podrán ver una película, podrán protagonizarla. Su cinefilia deja la pasividad y adopta una agencia inusual. Meter de contrabando a Aarón en el camión de mudanzas que usa Don Pablo, el papá de Jorge, para trabajar con el fin de viajar a la Ciudad de México inicia como una ocurrencia inocente que va escalando hasta llegar a tener implicaciones profundamente personales para los protagonistas y, mientras los adultos alrededor parecen estar siguiendo diligentemente las reglas impuestas por Hermosillo, Jorge y particularmente Aarón se toparán con una reveladora verdad: son más sabios en la aventura que en el juego.

La mirada es infantil, pero el mundo se despliega en toda su complejidad, como en las obras literarias de Robert Louis Stevenson o películas como Los contrabandistas de Moonfleet (Moonfleet, 1955), de Fritz Lang, en la que un niño huérfano termina al cuidado del líder de un grupo de contrabandistas en la Inglaterra del siglo XVIII, así como con el mismo afán libertario pero de menor locuacidad en Zazie en el metro (Zazie dans le metro, 1960), de Louis Malle.

Las reglas se marcan desde el inicio y es así como las acciones se acentúan y son ejecutadas con la seriedad que un juego demanda. Las secuencias de Matinée oscilan de un polo a otro y su funcionamiento se asemeja al de un metrónomo con precisión hipnótica. En esta tónica, Hermosillo hace disrupciones que, de tan simples, pudieran pasar desapercibidas, pero que marcan los giros por los que el filme va pasando, como el revólver que aparece a cuadro mientras Jorge busca los papeles que el conductor del camión le pide cuando están a punto de ser secuestrados. Este momento marca la aparición de la banda de ladrones liderada por Aquiles y Francisco, quienes planean un atraco a la Feria de Chapultepec un lunes. Después de secuestrar el camión, los ladrones amordazan a Don Pablo y se llevan a Jorge como cómplice. La entrada de Jorge vuelve a virar la tónica hacia otro extremo y del asesinato a sangre fría del chofer del camión ahora pasamos a Aquiles, Adolfo y Jorge montados en el Ratón Loco y pasando el tiempo impunes antes de cometer el asalto, escapar y asesinar a un policía en su salida. Nunca deja de ser un juego, el miedo no se hace presente y la película se sigue narrando con la misma cadencia, su movimiento.

Una vez cometido el atraco y ya seguros de haber evadido a la policía, los ladrones abandonan el camión, en el que Aarón sigue oculto, y deciden irse juntos en un automóvil que poco después se atora en lodo. Cuando todos se bajan a empujar el auto, Don Pablo mira de reojo la bolsa con dinero que han dejado los ladrones y, una vez sin obstáculos, la arranca con la intención de quedarse con el botín. Segundos después, el auto derrapa y termina volcándose y explotando en llamas. Ahora Jorge es huérfano, pero la película no se detiene en ese drama. Es más, dicha condición es obviada y todo continúa.

Es en este giro cuando Matinée solo se dedica a pasar el tiempo, y la anécdota del robo desaparece con la misma rapidez que los billetes en el fuego. Vemos a los ladrones con juegos de mesa mientras Aarón y Jorge leen historietas, ocultos en una cabaña en el bosque. Ante el tedio, Adolfo revela que pretende convertirse en el representante artístico de Aquiles y que el mismo es un consumado bailarín. Ante la incredulidad de los niños, Adolfo comienza a bailar con jubilosa energía que evoca el baile de Anna Karina en Vivir su vida (Vivre sa vie: Film en douze tableaux, Jean-Luc Godard, 1962), así como la indiferencia de hombres concentrados en su propio pasatiempo.

Cuando Aarón enferma, debe ser llevado a la ciudad nuevamente, donde conocemos a la madre de Aquiles, quien desea fervientemente que su hijo se case con todas las leyes de Dios y, en tal esfuerzo, le presenta a su vecina Anita, una maestra de primaria que se siente fuertemente atraída por Aquiles y que, literalmente, compra a Aquiles para que pase a su departamento por 100 pesos. Mientras Aquiles está en el departamento de Anita, Aarón juega a ser la mamá de Aquiles, fantasía que se verá satisfecha más adelante cuando Aquiles lo nombre como su «secretario particular». Esa primera sugestión del deseo es la que subyace en el contexto de Matinée, una película que Sigmund Freud diría está en perpetua latencia. Toda relación de deseo es sugerida y nunca explícita.

Como la relación del pequeño John y Jeremy Fox en Los contrabandistas de Moonfleet, la complicidad entre Aarón y Aquiles rebasa la aventura y el juego, pasando a tener implicaciones afectivas con una velada coloración perversa que provocan que tanto Jorge como Francisco, sintiéndose desplazados, decidan acusar a sus antiguos compañeros con la policía de lo que será su nuevo gran atraco: un asalto chingón a la Basílica de Guadalupe. Jorge los denuncia, no porque quiera vengar a su papá, sino para recriminar el rechazo de Aquiles o, mejor dicho, que lo hayan sacado del juego.

«¿Te acuerdas qué bien nos la pasábamos en la cárcel?», pregunta Francisco a Aquiles en su cuarto de hotel una noche antes del último plan, con la esperanza de recuperar la relación que tenían cuando estaban presos. La naturaleza de tal relación únicamente deja lugar a la especulación, misma que hace eco de una secuencia cerca del inicio en la que Aarón busca a Jorge en los baños de la escuela y, mientras habla con él, se escucha otro niño diciendo: «Parecen novios». A esta escena le sigue una lección en la Iglesia local en la que los niños aprenden sobre los siete pecados capitales. Curiosamente será la envidia la que represente el punto de quiebre para el juego y para la película misma.

Cuando Aquiles y Francisco, disfrazados de sacerdotes, ven frustrado su nuevo plan, Aarón los sigue de cerca ofreciéndole a San Antonio trece monedas de plata para que Aquiles pueda salir ileso. Todo termina trágicamente para Francisco y Aquiles mientras que los jóvenes protagonistas regresan a Aguascalientes. Los roles de la secuencia inicial se han revertido, suena la misma banda de guerra, pero ahora Jorge se adhiere a las reglas de la sociedad, traicionando el juego, mientras Aarón, desilusionado, anhela la continuidad de la aventura.

Matinée va contra el tiempo: los adultos adoptan una postura lúdica frente a sus circunstancias mientras que los niños ven la simpleza de su mundo tornarse compleja. Más que romperse, su inocencia se disocia. Aunque la cinta guarda ciertas similitudes con la ominosa Los cuatrocientos golpes (Les quatre cents coups, 1959), en ella François Truffaut le arrebata su infancia a Antoine Doinel, mientras Hermosillo permite que sean sus personajes quienes decidan cuando perderla. El último plano de Aarón escapando en el tren le ofrece algo que Truffaut no le permitió a Doinel en el famoso plano congelado con el que cierra Los cuatrocientos golpes: una huida o, más bien, una desconocida cantidad de días de pinta para, en alguno de ellos, poder escapar nuevamente al cine.

Jorge y Aarón nunca tuvieron la oportunidad de ver la película por la que se escaparon de la escuela, sino de experimentarla en carne propia para que seamos nosotros, los espectadores, quienes podamos disfrutarla. Cuando están en el hotel, Francisco llega al cuarto de Aquiles y Aarón lo recibe con la solemnidad de su rol de «secretario particular»; ante la situación, Francisco ironiza diciendo: «Me pregunto quién esta tomando más en serio su papel». Matinée abraza con libertad su naturaleza lúdica, tal como esas funciones de cine diurnas que nadie puede ir a ver porque hay obligaciones que cumplir, sea estudiar o trabajar. Las funciones invisibles son siempre las más divertidas.

TAMAÑO DE LETRA:

 

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