Entre lo que se muestra y se dice

Rapsodia en agosto (1991) de Akira Kurosawa

TAMAÑO DE LETRA:

Rapsodia en agosto (Hachi-gatsu no rapusodî, 1991), de Akira Kurosawa, tiene el poder de hacernos recordar lo que no hemos vivido. Entre planos generales y medios, tomas fijas y paneos, el cineasta japonés aborda a tres generaciones de una familia que sobrelleva las consecuencias de la guerra 45 años después del bombardeo estadounidense sobre la ciudad de Nagasaki.

Sumergirse en la trama es descubrir la experiencia de la abuela Kane y la apropiación de su historia por la voz narrativa de su nieta mayor, Noboru. Gracias a su relato, entendemos lo que sucedió en Nagasaki, sin necesidad de que la imagen nos manifieste los estragos y el infortunio. Un paralelismo entre el pasado y el presente identificado entre lo que se muestra y lo que se dice por medio de relatos analépticos, donde la temporalidad fílmica se fragmenta.

Desde un mirador, los tres nietos de Kane se enfrentan a una Nagasaki tranquila, segura y sin ningún rasgo visible del terror y la destrucción. Un lugar que en un tiempo anterior estuvo en ruinas. Noboru es consciente de ello y afirma: «Bajo esta preciosa ciudad hubo otra Nagasaki que sucumbió a la bomba que lanzaron sobre ella». En un breve recuerdo, ajeno a nuestra narradora, se nos advierte que la desgracia ha caído en la suerte del olvido.

Tras las experiencias de las generaciones anteriores, Noboru captura en su narración los eventos traumáticos y sensibiliza a los más pequeños de su familia. Juntos siguen el rastro de aquellos relatos individuales que no aparecen en la historia oficial, y confirman que la vida después de la bomba jamás volvió a ser la misma. El exterminio atómico no diferenció entre clase social ni edad.

En un momento más personal y significativo, los nietos de Kane rememoran lo que su abuelo vivió en la escuela donde trabajaba. Un lugar cuya única huella de aquel tormento se encuentra en un juego infantil deformado, que sobresale para evitar la omisión histórica. Aquí los contrastes son evidentes, pues en la composición del encuadre se aprecia un motivo y un fondo, el monumento y la ciudad, el pasado y el presente.

Este viaje a la ciudad de Nagasaki se convierte en un recuento que oscila entre la memoria familiar y la memoria colectiva. Mientras los jóvenes atraviesan un puente, el resto de la gente pareciera ir a contracorriente; sin embargo, ellos avanzan con un paso firme hacia el encuentro con sus antecesores. Visitan lugares donde supuestamente se «mantiene viva» la memoria de las víctimas. No obstante, las estatuas devastadas, los monumentos y los edificios solo se muestran como un atractivo turístico. José Enrique Rodó ya había vaticinado la desmemoria de los turistas con su intención de hacer hablar a las esculturas florentinas en Diálogo de bronce y mármol (1916). Dichas esculturas eran atormentadas por el gentío que las acaparaba:

David: ¿Cuál es tu mayor suplicio?

Perseo: Oír el comentario de los viajeros.

David: ¿Cuáles de los que te miran te comprenden?

Perseo: Los que vienen trayendo en el alma una idea con qué compararme, y que generalmente permanecen mudos.[1]

Por su parte, Kurosawa hace hablar a sus estatuas en ruinas a través de planos fijos y la voz en off de Noboru, quien, con la expresión: «Parece que están llorando», transmite el sentido inicial que hace que estos vestigios sean testimonio inerte del pasado. A esta escena se suma la música extradiegética Stabat Mater, R. 621 de Antonio Vivaldi, que refuerza la atmósfera de desolación y pérdida.

Los monumentos se ocupan de cumplir la misma función: recordar. En este caso, un paneo recorre una gran estela negra que fija el lugar donde cayó la bomba atómica, y se detiene en el reflejo de los jóvenes, considerando su posición como observadores fuera de campo. ¿Ellos ven o son vistos? Sin duda, la vida anterior de aquel sitio los confronta.

Su recorrido continúa entre diversas esculturas donadas por otros países. Las formas varían tanto como los lugares de procedencia. Mujeres, niños y palomas blancas son las representaciones más comunes. Los planos medios y los planos detalle permiten exaltar el pacifismo que emerge de las figuras. Todo lo anterior es interrumpido por una afirmación de Shinjiro: «No hay ninguna de América». Una denuncia abierta que confronta e incomoda a quien esté a favor de las políticas armamentistas de dicho país.

«Hoy en día, para la mayoría de las personas, la bomba cayó aquí hace mucho tiempo. A medida que pasan los años, todos olvidan hasta los sucesos más terribles». La fuerza de la oralidad de Noboru está en la voz en off, el recurso más utilizado en esta secuencia, pues funge como una conciencia humana antitética de las imágenes del presente. Esto alimenta el doble relato que configura el contraste de dos tiempos en un mismo espacio, el cual ha sedimentado sus propios acontecimientos

A lo largo de esta secuencia, Kurosawa reconcilia las dicotomías: vejez y juventud, pasado y presente, historia oficial e historia de vida, memoria y olvido, y pone en entredicho lo peligroso que puede resultar la omisión de un trauma. Con base en el lenguaje cinematográfico, abre el diálogo y parece reescribir el discurso de la memoria colectiva de Nagasaki como experiencia viva, mostrando el espíritu —en el sentido que le es otorgado por Walter Benjamin— de épocas pasadas, lejos de la simple anécdota histórica.

*Este texto fue escrito como parte del seminario de crítica de cine del Centro Cultural de España en México y Correspondencias.

TAMAÑO DE LETRA:

 

  • 14_Sanctorum_04
  • 18_MS Slavic 7_03
  • 11_Pajaros de verano_02
  • 02_El silencio es un cuerpo que cae_02
  • 16_24Frames_03

NOTAS Y REFERENCIAS:
[1] Francisco Cabrera. Italia: Guía de contemplativos. México, Libros de México, 1967, p.40.