El personaje inexistente

Nomadland (2020) de Chloé Zhao

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El centro del filme es Fern (Frances McDormand), cuyo pueblo desaparece al clausurar la fábrica que empleaba a todos sus habitantes. Poco antes del despoblamiento, su esposo había muerto debido a una enfermedad. Sin hijos, sin comunidad, acercándose a la vejez, Fern decide comprar una furgoneta, habilitarla para vivir en ella y recorrer el Medio Oeste norteamericano mientras se ocupa en empleos temporales y variados. Los viajes que la llevan de un lugar a otro no tienen rumbo más que su antojo. A veces se acerca a personas semejantes que también viven en el camino. Los encuentros esporádicos crean amistades duraderas, las dificultades súbitas la reencuentran brevemente con su hermana. El dilema de Fern es decidir entre su libertad nómada y la acogedora vida familiar, que en varias oportunidades le abre las puertas. La resolución, por supuesto, la indica el título.

El acompañamiento de la naturaleza, los colores fríos y el espacio agigantado disponen un entorno emocional sinestéstico que pretende contagiar el ánimo de Fern (cuyos motivos más profundos nunca salen a la superficie) con la artificialidad abstracta de imágenes compuestas, ensimismadas y decididas a afectar por medio de sumas y transposiciones tan sentimentalistas como falsas. Así, la libertad que inspira a Fern es un paisaje abierto que un largo plano abre horizontalmente, presentando el cielo enorme, las montañas, el desierto y la nueva comunidad de amigos que ella ha hecho, a la vez que se escucha una melancólica melodía de piano dirigiéndose directamente al sentimiento. ¿Qué se ha ganado? Nada, excepto la oportunidad de refocilarse en una idea de pertenencia y belleza cuya expresión pide que le creamos antes de que se nos presente alguna prueba.

Momentos semejantes son recurrentes, y su presencia —enfatizada por la pésima banda sonora; simple, genérica y monótona; de Ludovico Einaudi— proporciona la clave emocional del personaje de Fern: no hay nada en ella suficiente para transmitir el amor por la libertad que la película asume. MacDormand, actriz capaz, construye la personalidad de Fern a partir de manierismos, particularidades, detalles que se suceden sin apelar a otra cosa que a su excentricidad. No hay mucho material para desplegar el motivo actual de los personajes. La fuerza de estos depende por completo de la personalidad que los actores son capaces de esquematizar, lo cual produce momentos genuinos y agradables, especialmente en el caso de Linda y Swankie, cuya situación mucho más definida —una se enfrenta a la muerte, la otra ha decidido volver a casa para siempre; ambas, más viejas que Fern, deciden el ocaso de su vida— adquiere un peso que incluso en los planos más insulsos, que se dirigen a ellas como si fueran testimonios clínicos, produce un valor dramático completamente ausente en el personaje de Fern. En otros casos, como en el personaje de David, la homogeneidad de sus deseos y la previsibilidad de su carácter presumen una declarada función expositiva.

La actuación de MacDormand es un esfuerzo constante por construir una personalidad capaz de suplir lo que el relato no otorga al personaje: una verdadera elección. La mayor parte de los problemas a los que Fern se enfrenta no le exige que tome una decisión sobre sí misma y su destino. Revela facetas de su estilo de vida o sirve para indicar las huellas de su pasado, pero no cimbra su ser, no la obliga a ahondar en sí misma. Todo es claro de antemano porque nada se ha puesto en cuestión. Si la película solo pidiera que se acompañara a Fern en su deriva, que se compartiera su sentido de independencia, que se disfrutara su vagabundeo con la misma libertad con que ella lo vive, quizá se habría abandonado la insistencia emocional que, incansable, pretende comunicar el sentimiento atribuido a Fern. Este, sin embargo, la elude, enterrado debajo de una personalidad efervescente, pero sin consecuencias, al grado de que, si nos preguntamos qué ha sido de ella, por dónde ha pasado o hacia donde se dirige, la respuesta es la misma que ya sabíamos: hacia ninguna parte.

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