El placer de perderse en el bosque

A Metamorfose dos Pássaros (2020) de Catarina Vasconcelos


Ene 20, 2021

TAMAÑO DE LETRA:

Quien tiene las flores no necesita a Dios.
El guardador de rebaños, XXXVI
Alberto Caeiro

A Metamorfose dos Pássaros es un poema sobre una parvada de seis pájaros; una madre que se transforma en árbol, que deviene en bosque, y un padre árbol, marinero, con raíces largas que flotan errantes en el mar. También es un poema sobre seis fantasmas, una muerte y un hombre ausente. Comparte la naturaleza cambiante de los héroes y heroínas del poeta Ovidio, sin embargo, a diferencia de la mayoría de sus personajes, los de esta película no pasan por la transformación con un sentido etiológico. Las imágenes y los diálogos no pretenden rastrear el origen ni esclarecer las causas de los problemas que envuelven la historia, pues, como dice la directora, «inventamos mitos para lo que no podemos explicar».

El gran mito al que se enfrenta Catarina Vasconcelos —directora y personaje— es el dolor por la pérdida de la madre; la de ella, así como la de su padre. Ambas, su madre y su abuela, han pasado por el mundo, sembrado sus raíces en la tierra y permeado con su presencia fantasmal el espacio vacío de los hogares y corazones donde vivieron. A Metamorfose dos Pássaros es un largo poema en el que voces de cuerpos fragmentados, voces sin rostro, recitan cartas, construyen versos y tejen significados en las imágenes que recrean el pasado. Las cartas activan los recuerdos, dan vida al tiempo extraviado de la memoria, transportan al mundo íntimo de la correspondencia, de la conversación entre dos personas.

Esta historia de esa familia de aves es la historia de Jacinto (Henrique), João, Pedro, Teresa, Nuno y José. Crecieron a la sombra que proyectaban los brazos, como ramas, de su madre Beatriz. Ella, en su amor gigante, inmenso como la naturaleza misma, que cubre y que recorre todo el planeta, los cuidó y guardó todos sus recuerdos en casa. Hizo de su hogar un museo de la infancia en un afán absurdo por detener el tiempo, por fijar el único instante en el que los padres tienen derecho sobre sus hijos, en la premura de guardar los recuerdos infantiles para el padre, Henrique, que no los podía ver crecer, pues estaba en su propia odisea, surcando el mar. Los hermanos, los nacidos, habían sido sacados del vientre de su madre, arrojados a la «no-eternidad»,[1] y Beatriz, angustiada por el paso inclemente del tiempo, por el deseo de volar de sus queridos pájaros, hace de ella y de su hogar un bosque en el que ellos puedan vivir. Las imágenes de la casa son la representación de la memoria como un museo antiguo y hermoso. Planos fijos en los que vemos el orden exagerado y absurdo, producto de la añoranza más que de la realidad. Los colores son cálidos, el grano y la textura de las imágenes abrazan la mirada con la ternura del amor que Beatriz sentía por sus hijos y por su esposo, el marinero ausente.

La muerte de Beatriz, la muerte de la madre, de todas las madres, es la muerte del lenguaje. Ella es el alfa y el omega de Jacinto; su inicio en la vida, que es el inicio en el lenguaje, arranca con la palabra madre. La muerte se lleva no solo el cuerpo, sino también las palabras. Después del último suspiro, en voz muy baja, Jacinto pronuncia por última vez la palabra madre. Parece que el árbol, sobre el cual él y sus hermanos se columpiaban, se ha marchitado. Sin embargo, el cuerpo de ella, entregado a la tierra, devuelto a la gran madre, se funde con el bosque, con la naturaleza. La madre, inicio y final, se vuelve eterna. A través de las palabras de su hijo, percibimos lo invisible, la presencia de Beatriz, en todo lo visible: en el campo, en los árboles, en los ríos, en los deltas de los ríos, en las montañas, en el cielo.

La madre, que es a su vez diosa panteísta, envuelve todo el paisaje con su presencia, se vuelve una con el espacio. Jacinto olvida el lenguaje de los humanos y abraza el lenguaje de los pájaros, aquel que su nana Zulmira le mencionó en su infancia. El lenguaje de los pájaros se adquiere solo en el despojo del cuerpo humano. Allí, surge la posibilidad de chirriar como las aves y de ver en la naturaleza el retrato de su madre.

Catarina Vasconcelos, hija de Jacinto (cuyo verdadero nombre es Henrique, como su abuelo, pero a quien ella decide rebautizar, transformándolo en flor dentro del jardín que es su película), también sufre la pérdida de su madre, Ana. La experiencia de su padre es insumo narrativo, es la posibilidad de trazar líneas que la unen a esa parvada ya adulta. Las palabras de ella, que repiten el patrón del espectro sin cuerpo, de la voz sin boca ni labios, se superponen a las de su padre o se mezclan en ritmos musicales. En su discurso, que discurre como la recitación de un poema, queda clara una cosa: el recuerdo muere junto con las personas, el olvido es un camino monstruoso y tenebroso, pero la naturaleza es el baúl donde podemos guardar nuestra memoria y fijar nuestra presencia, nuestro paso en el tiempo.

Entre la inmensidad de hermosas imágenes que construye Vasconcelos, hay dos que quedaron fundidas en mi sentir. La primera es la de ella, directora, en un paisaje nebuloso, yermo, en el que un árbol ha caído. Suena la Chaconne de Johann Sebastian Bach, movimiento que, según ella, fue escrito no solo como elegía a la esposa muerta, sino como una pieza mágica capaz de levantar a los muertos. Catarina camina por ese paraje, se detiene ante el árbol e intenta ponerlo en pie. Su esfuerzo se acentúa con el ritmo del violín. Las ganas de retroceder el tiempo y restablecer la vida resultan infructuosas. Finalmente, Catarina deja caer el tronco, vencida en su esfuerzo por levantar la muerte y hacer que renazca la vida. Sin embargo, el instante, el triángulo que forman Catarina y el árbol, como una Atlas luchando contra la imposible tarea de sostener el mundo entero, resulta ser la condensación de una de las mayores preocupaciones de la película: la esperanza de fijar todo y poder vencer a la muerte.

La segunda imagen, que francamente es una serie de imágenes, está cerca del final. La casa donde los tíos, el padre y la abuela de la directora habían crecido ha sido ocupada por plantas. El hogar, la idea de hogar, permanece, pero el espacio se transforma. De casa pasa a ser bosque, así como los niños se convierten en pájaros; la madre, en árbol, que a su vez pasa a ser bosque y posteriormente montaña, para luego ser la naturaleza entera, o el padre que de hombre pasa a ser mar. Las plantas son el resultado de todas aquellas semillas que la madre, durante su vida, fue regando y escondiendo en los rincones del hogar. Ella, que era símbolo de ese espacio familiar, del retorno a casa, se transforma en la casa misma, en el bosque donde podrá acoger a sus pájaros, y a los hijos e hijas de su propia familia, por siempre.

A Metamorfose dos Pássaros resulta la historia de las transformaciones, del tiempo que nos hace mudar de cuerpo, pero que, como el batir de las olas, arrastra siempre consigo la esencia. El dolor y la pregunta sobre cómo lidiar con la pérdida de un ser tan amado no resultan en una respuesta evidente, sino en el planteamiento de un enigma. El enigma se esconde en los objetos de la casa, que tienen «su voz propia», como dice Henrique, el esposo de Beatriz. El enigma se resuelve buscando en los planos de la naturaleza la presencia no evidente de la madre. El enigma se transita en la película, que es toda una casa y un bosque, donde una parvada, una familia, escribe con ramas, escombros, cenizas y recuerdos, toda su historia. El secreto y placer de la película se encuentra en entregarse a ella y perderse en el bosque de sus imágenes.

TAMAÑO DE LETRA:

 

  • The Viewing Booth
  • Elmer Gantry_2
  • After Yang
  • Memoria
  • Diarios de Otsoga

NOTAS Y REFERENCIAS:

[1] «De ella fue sacado/ hacia el mundo/ hacia la no-eternidad». Wisława Szymborska, «Nacido» en Poesía no completa, Ciudad de México, Fondo de Cultura Económica, 2017, p.154.